Katiana Murillo (murillo.katiana@gmail). 15 marzo

Para llegar a la tierra de las aguas eternas no hay otra forma que caminar. Este sitio mágico es lo que significa Chirripó en lengua indígena Cabécar, el pico más alto de Costa Rica, el cual se yergue a 3.820 metros sobre el nivel del mar.

Quienes lo han conquistado saben que es precisamente allí, cuando se está por encima de las nubes frente a majestuosas montañas, enormes rocas milenarias, lagos glaciales azulísimos en medio de páramos y la línea de dos océanos en el horizonte, que todo cansancio desaparece frente a la euforia de la hazaña personal de haber llegado.

El Chirripó es como la vida. Igual que cuando hay un desafío, un sueño, algo importante que superar o alcanzar. Porque no importa de quién se trate, la posición que se tenga o los medios de los cuales se disponga: para llegar a la Tierra de las Aguas Eternas hay que hacerlo caminando, ya sea con ilusión o con miedo, porque también es una prueba. Se necesita mucha resistencia y voluntad.

Pronto llega la primera cuesta del recorrido. En el trayecto al Chirripó se llama Termómetro porque es la prueba inicial para medir quiénes verdaderamente continuarán o se quedarán ahí; un punto donde es normal cuestionarse qué tan bien preparado o preparada se está para continuar porque hasta respirar es una carga.

Quienes continúan ven, sin embargo, que el ascenso se va haciendo cada vez más llevadero a medida que el cuerpo se calienta y el corazón se acostumbra a un ritmo continuo. Cada kilómetro recorrido resulta ser un aliciente tanto para el cuerpo como para el alma.

Se avanza sin problemas, el camino se abre por un bosque encantado de enormes robles, bromelias de colores intensos y musgos que cuelgan de las ramas, mientras que el sonido metálico del pájaro campana resuena en la espesura como un grito de ánimo para el corazón.

Es la parte del recorrido donde hay confianza, se disfruta y se siente que todo es posible aun cuando ya existe cierto cansancio y dolor al caminar. Todo mejora aún más cuando a la mitad del trayecto emerge un refugio como el oasis perfecto para recuperarse, tomar una pequeña merienda, reabastecerse de agua y descansar los pies adoloridos.

Lo que muchos no saben es que la otra mitad del recorrido es la más dura. En el Chirripó está marcada por la Cuesta del Agua, de dos kilómetros de extensión. Es ahí donde el sol empieza a quemar con más fuerza y el bosque va abriéndose paso a una vegetación cada vez más achaparrada, el páramo, que no permite refugio.

Luego de momentos difíciles que se hacen eternos, el paisaje se abre y el recorrido se torna llevadero en medio del esfuerzo, con la franja azul del océano Pacífico a las espaldas como recordando que la belleza también se puede disfrutar en medio de las dificultades.

Se llega al Monte sin Fe, a más de 3000 msnm, donde, no obstante su nombre, lo peor parece haberse superado. Falta poco para llegar al albergue, ubicado en el trayecto final de la subida al Chirripó y enclavado frente a una de las montañas más emblemáticas y misteriosas del parque nacional: Los Crestones. Cuando ya en un recodo del camino se observan esos enormes gigantes de piedra, la sensación de haber sobrepasado todas las dificultades es inminente.

Pero no se puede estar más equivocado: un pequeño letrero anuncia el inicio de la Cuesta de los Arrepentidos. Semejante nombre no augura nada positivo y es inconcebible, hasta vivir ese cansancio en carne propia, que algunos caminantes decidan regresar cuando están prácticamente por arribar.

El sol del mediodía ya arremete sin piedad y el cuerpo carece de las fuerzas necesarias siquiera para seguir un ritmo, cualquiera que sea. Lo que queda es el poder de la mente: el luchar contra la debilidad y la falta de fe. “Dios te da la fuerza”, dice una de las piedras del camino; otro letrero habla de la fuerza de voluntad que supera todo cansancio extremo.

La cuesta es sinuosa y empinada y pareciera no acabarse nunca. En ese momento hay que sacar fuerzas del interior para no pensar en lo que se siente, sino en lo que se está a punto de lograr. Es una decisión personal, nadie puede hacerlo por otro. Se trata de un camino interno.

Finalmente, cuando toda esperanza parece perdida, en el último tramo de la cuesta aparece el albergue, el sitio perfecto para descansar y recuperarse.

La cima del Chirripó está, sin embargo, cinco kilómetros más allá, lo que representa dos horas más ascenso. Incluso, el último kilómetro se hace muy vertical mientras devela una cumbre cada vez más estrecha y escabrosa. Pero el paisaje en ese punto es sobrecogedor, no solo por la belleza natural de esas formas geológicas originadas hace millones de años, sino por lo que se está a punto de lograr.

Solo resta un último esfuerzo y la felicidad se hace plena cuando se da el paso final y se siente ese aire de altura resoplar en la cima anhelada, donde ondea la bandera de Costa Rica y un letrero anuncia que se llegado al sitio más alto del país.

Es en ese instante que desaparece cualquier cansancio y frustración. Allí, absolutamente todo momento duro cobra sentido, porque no solo resultó ser una prueba de fuego para el cuerpo, sino una que abrió también la mente y el corazón como nunca antes.

Sin duda, hay muchos Chirripó en nuestra vida, con caminos muy similares, incluso peores, pero con resultados definidos por el grado de voluntad, fe y persistencia que tengamos. Quienes se atreven y avanzan pese a los desafíos, son también quienes logran llegar a la tierra de las aguas eternas.