Katiana Murillo. 3 noviembre
Ilustración: Dominick Baltodano
Ilustración: Dominick Baltodano

Recuerdo cuando por primera vez tuve la oportunidad de visitar el Museo Reina Sofía en Madrid. Desde que estaba en la universidad y el arte universal se encontraba en los libros que un profesor de Bellas Artes nos llevaba a los estudiantes de comunicación para conocer las diferentes corrientes y su relación con el momento histórico, ya tenía esas enormes ganas de estar frente al original de tantas obras maestras.

Quería admirar y comprender en vivo, por ejemplo, el humanismo del arte renacentista, el impresionismo con aire de campo de Monet y el delirio surrealista de Dalí.

Así que cuando me fui de mochilera a Europa, los museos eran una parada obligatoria en todas las ciudades de mi itinerario y Madrid no era la excepción. Había que ir al Museo del Prado, pero también al Reina Sofía donde, entre sus muchos tesoros, estaba el famoso Guernica de Picasso.

Y allí me encontré de pronto una mañana de invierno, de pie ante ese enorme cuadro desgarrador, que tanto revela sobre la Guerra Civil Española y las atrocidades que representan para el ser humano las guerras. Estaba viendo el original. Era impresionante. Ninguna imagen, por más detallada y fiel, sustituía el estar ahí. Me senté en el suelo con mi mochila al lado y recorrí con mis ojos cada rincón de esa pintura con la emoción que trae siempre el tener algo deseado por primera vez.

Tenía un rato de estar mirando la pintura cuando llegó un grupo de escolares de segundo grado para escuchar la explicación de su maestra. En ese momento sentí una especie de envidia, adobada además por un gran sentimiento de injusticia: ¿cómo era posible que esos niños, sin llegar a los 10 años, ya tuvieran ese contacto directo con obras de ese calibre?

A mí me había tomado casi treinta años, mucho esfuerzo e inversión para llegar a ver el mismo cuadro, que para ellos significaba solo un paseo matutino fuera de la escuela.

Para alguien que disfruta el arte desde el más pequeño detalle hasta la armonía del conjunto total, estar en un museo así no es fácil, porque ese resulta precisamente el único momento en quién sabe cuánto tiempo para verlo todo.

Siempre añoré la suerte de los europeos de tener esa gran cantidad de museos para ir por partes y cuando quieran, mientras que a los de otras latitudes nos toca ver lo que se pueda y a veces en un día.

Por eso me resultaba curioso también que uno de mis amigos italianos hubiera estudiado ciencias forestales en la Universidad de Florencia, propiamente en la cuna del Renacimiento. ¿Cómo?, ¡con el museo viviente que es esa ciudad!

Poco tiempo después de regresar de Europa, me encontraba de gira de trabajo en el Parque Nacional Carara, en el Pacífico Central; un área protegida que, dicho sea de paso, es uno de los sitios más accesibles y relativamente cercanos a San José donde es posible observar una gran diversidad biológica.

Caminaba por un sendero entre ceibas enormes con pizotes merodeando en la hojarasca y lapas rojas volando de copa en copa, cuando de pronto un grupo de escolares se cruzó en mi camino. De la mano de un guía naturalista, iban admirando y aprendiendo sobre ese fascinante mundo natural y sus interconexiones.

Inmediatamente, me transporté a la escena de aquellos escolares españoles viendo El Guernica en el Reina Sofía y entendí lo afortunados que eran también estos pequeños costarricenses de poder experimentar, a tan temprana edad, un museo vivo; uno en el que se puede entender el ayer, pero también se experimenta el hoy y de cuya buena gestión depende, además, su futuro. Arte hay también en la naturaleza y mucho.

Y al igual que mi amigo italiano, que se emocionó tanto cuando vio en vivo en un bosque de Costa Rica su primer helecho arborescente estudiado previamente en los libros, yo continúo emocionándome cada vez que logro ver el original de otra de esas tantas obras maestras regadas por el mundo.

Solo que sé que uno de los más grandes tesoros está, también, en casa.