Ovidio Muñoz. 22 junio
Ilustración: Shutterstock.
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Salí una mañana hacia el Chirripó y terminé durmiendo dentro de una iglesia guanacasteca, bajo la única torre, arrullado hasta el amanecer por los chillidos de los murciélagos, racimos alados de la oscuridad.

Dejé la casa con los ojos puestos en la cumbre del país y los cerré en Curubandé, pueblo con nombre de cacique chorotega.

Cómo mi brújula giró del sur al norte es una historia larga y merece palabras aparte, pero sigo agradecido con ese viraje tan radical en el mapa de las aventuras.

Cerca de Curubandé se renueva a diario el Rincón de la Vieja, llamado hace ya mucho el Rincón de la Dabaiba. Allí el país es un bebé milenario que juega con burbujas de barro y gatea sin prisa sobre la alfombra del tiempo. Nada detiene la formación del país. Costa Vida está inconclusa, moldeándose de adentro hacia afuera entre el fuego y el agua de unos bosques donde sobreviven cepas de guarias moradas aún sin domesticar.

La dabaiba –según quien pinte su retrato– es una mujer con brasas por ojos y boca maloliente con dientes de jaguar o una belleza poscolombina. Se llamaba Curubanda y se enamoró del hombre equivocado (como tantas). El castigo de Curubandé, su padre, cayó sobre el novio elegido, lanzado a la boca del volcán. Las leyendas, que inventan todo lo que saben, dicen que la muchacha escogió vivir arrinconada en la cima, triste y desdichada, siempre lista para atacar.

La encontré en las páginas de un libro muchos años antes de entrar sorprendido al sencillo templo sin llaves ni candado de Curubandé.

Dormí en el suelo de la iglesia algunas horas antes de empezar el viaje a pie hasta el parque donde la corteza se eleva empujada por el calor de sus entrañas.

Nunca, en ninguna otra parte, he encontrado como allá los palos de nance a la altura de las personas ofreciendo frutas de un tamaño inverosímil. Estaban vacíos los senderos, el silencio parecía recién creado y recién impresas en la tierra húmeda las huellas de algún felino hijo del monte.

Aquella vez las fumarolas hacían arder sin llamas el verdor de los árboles en las laderas y honraban el nombre del río Blanco las espumas que giraban alrededor de las piedras brillantes.

Pocas veces me he sentido tan dueño de un territorio tan grande y tan sabrosamente abrazado por los aguaceros de la tarde solo comparables con aquellos de la infancia que dejabas atrás charcos para que los niños pudiéramos estrenar botitas de hule.

En el parque me aventuré a subir y llegué jadeante a las alturas donde las cataratas conjugan en verde el verbo caer. Al amparo de los chorros crecen las sobralias, orquídeas que viven vidas cortas de un día pero ofrecen belleza como si fueran eternas.

La dabaiba duerme un sueño generalmente tranquilo mientras los visitantes exploramos entre nubes de vapor o nos asomamos a las lagunas para ver cómo el azufre amarillea todo lo que toca.

Cada tanto, la furia de Curubanda levanta columnas de ceniza o pone a correr lodo hirviendo por donde antes iban aguas mansas con el mar como destino. Es cuando muestra sus garras y sus colmillos de cótcolat.

Pero nosotros, a diferencia de los chorotegas y el decir de las leyendas, sabemos que no es maldad sino renovación.

En el Rincón de la Vieja, como en las palabras del sabio, lo único constante es el cambio. Por eso es una metáfora de nuestra existencia. Por eso hay que conocerlo.

Si son tan afortunados como yo quizás un día puedan bañarse sin ropa en el misterio revelado de las cataratas escondidas.