Yuri Lorena Jiménez. 28 marzo
Ilustración Shutterstock
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Que si me carbonean, publico mis cuentos, que de cuentos no tienen nada. Mis vivencias, pues. Como tengo tan defenestrada reputación (según lo que llamen reputación) tengo muchos cuentos... Unos son solo míos, otros son de dominio de mis amigos/hermanos/. Llevo décadas estimulada por mis compas, “que’s que escriba un libro /que me haga un stand/up, que escriba/ que escriba, que escriba...." Yo priorizo mi paz, vivo con poco, me fascina hacer mis stand up espontáneamente, de a gratis y con mis amigos o conocidos... pero siempre estoy con la espinita de escribir algo más allá de lo que hago en mi amado diario, de oficializar mis ya-conocidos-monólogos y otras barbaridades que siempre me ocurren o se me ocurren.

Como una especie de prueba (focus group, diríamos en estos tiempos) les suelto un cuento perro perrota y les juro por lo más sagrado que todo ocurrió tal cual, nada más cambié pequeños detalles por aquello de que los co-protagonistas involuntarios, se vean afectados.

*** La urgencia de escribir este texto fue porque día y medio después, yo viajaba a Bruselas para una pasantía de casi dos meses y no podía dejar de enviarles este texto a mis tres mejores amigas (Sex & The City #Criollo) ... AMARETTO se llama... entonces todo fluyó así:

Mayo, 2003

La vida te da sorpresas...

Es noche de lunes. La consabida frasecita aquella (“Voy al Ranchito por una, una... a lo sumo dos. En serio. De verdad. Bla-bla-bla), terminó en lo de siempre: una sabrosa tertulia entre Kemly, Rodolfo y yo, y luego el cierre entre Rodolfo y yo. Es uno de esos días en que uno transpira optimismo, y el ánimo al tope se nota hacia fuera. Eso de sentirse arreglada y bonita. Pero aún así, el fin último era una conquista. Al filo de las 11 y ya con el efecto etílico navegando sutilmente en la sangre, nos despedimos de Jose, Tutú y compañía y bajamos las gradas sin trastabillar.

Evidentemente tenemos afinado el cálculo. Afuera nos recibió una bocanada de aire congelado. Suerte que en segundos pasó un taxi. Bueno, en ese momento pensé que aquello era suerte. Unas horas después, sin duda, redefiniría el término... Ahí me arrellané cómoda y relajada durante los 15 minutos que tardó en llegar a mi calle. Él iba callado y yo también. Cada uno en lo suyo. “Antes del poste a mano derecha, justo en la verja roja”.

Mientras pagaba seguía cavilando lo que venía cavilando, totalmente distraída. En un gesto automático, antes de bajar, di una ojeada a la solitaria y oscura calle, atrás y adelante. Nada. Abrí la puerta y di el primer paso para salir del taxi... y entonces quedé petrificada por una oleada de terror instantáneo. A solo centímetros de mi cara me encontré con la del diablo. Era negro, inmenso, con mandíbulas enormes, y sus ojillos achinados y brillosos estaban clavados en los míos.

Casi muero, lo juro. El mismo susto me salvó del ridículo supremo, pues de haber podido articular palabra habría lanzado un grito que probablemente habría sido torpe y desabrido. La antítesis del glamour. En segundos eternos distinguí en la oscuridad la silueta completa de la horrorosa cara... y otra silueta más. Al tiempo que identificaba al dúo, el susto se transformó en alivio.

Del taxi ya no quedaba ni la huella y entonces quedamos los tres frente a frente. El perrote era un rottweiler, y habría sido el primer can asesino que mata a alguien de un infarto, y no de un mordisco.

Sosteniéndolo con fuerza de la correa (más para tranquilizarme a mí que al monstruo, que había permanecido inmóvil con la mirada clavada en mí durante todo el episodio) estaba Brandon, mi vecinito de años.

Digo vecinito porque lo conocí hará 10 ó 12, cuando él tenía 12 ó 14 y yo era una mujer infelizmente casada. Hasta vecinos de casa de por medio éramos. Claro que su “evolución” física no me pasó inadvertida (era imposible para mí y el resto de féminas del flamante barrio Claraval de Guadalupe).

Ahora que lo analizo debió pasarme lo mismo que a los multimillonarios que viven en la opulencia de Mallorca, Punta del Este o Bahamas: por tener la riqueza enfrente no la valoran, ni la disfrutan como deberían...

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--¡Qué bárbaro! ¡Casi me matás del susto!— Me miraba callado, con una sonrisa divertida. No sé si por el encontronazo perro-perrota que acababa de presenciar... o porque advirtió que mis sentidos venían bautizados. En realidad nos tenemos mucha confianza. No de amigos de contarnos cosas, por la diferencia generacional, supongo. Pero es el vecino cuya mamá es amiga de mi mamá y por ende ambos conocemos los goces y tragedias de los dos bandos sin que nos las hayamos contado entre nosotros.

Cuando llegaron al barrio venían de Puerto Viejo, de ahí son. La mamá es una cincuentona bonita, alegre y alegrona, como supongo que seremos nosotras en unos lustros. Imagino también que de su origen, de tierras de bananeros llenos de maiceros y gringos, provienen su nombre y el de su única hermana: Brandon y Brenda.

Por cierto, no sé su apellido. Y, por supuesto, no me importa en lo absoluto. Su mamá heredó una finca de 90 millones y se fue a un barrio de ricos. A él le dejó la casa y toda la independencia del mundo.

De todos modos –murmuran en el barrio—ella lo dejó volar desde muy joven porque estaba entretenida en sus propios vuelos. Entonces se convirtió en un adolescente con apartamento de soltero, en fanático del gimnasio, en surfo, en guardaespaldas ocasional de una que otra celebridad que visitaba el país y en carcelero interino del OIJ. Vivía al día, me parece, con lo suficiente y lo necesario para irse a Cancún a buscar olas hasta que se le acabe la plata y regresa al barrio como si nunca se hubiera ido.

-- ¿Qué? ¿Se asustó? Ya le he dicho que no le tenga miedo...

-- ¡Qué necio! Yo odio esos bichos, ya usted sabe...

-- Mmmmm... ¿Viene un toque averiada?

-- ¡¡¡Noooommmbressss!!! Nada qué ver. Sí me tomé par de cervezas nada más, lo que pasa es que antes me había tomado una pastilla para la alergia y como que me mareó un poco la mezcla— le dije mientras volteaba y empezaba a caminar en dirección a mi casa. De hecho, ya le había dado la espalda e iba directo a la despedida más trivial cuando disparó a secas pero en un susurro...

-- ¿No quiere tomarse un amaretto...? Esta parte me da risa. Si hubiera habido una cámara, habría captado mi frenazo en seco y la forma en que levanté una ceja, aún dándole la espalda, mientras mi mente acopiaba la malicia en medio de un grito interno que, les juro, me resonó con todo y ecos...”“¡¡¡¿¿¿Ppppeeeerrrrrdddddooóónnnnn???!!!”.

Cuando voltée, yo era otra, la situación entera era otra. Se había transformado en instantes. Cinco minutos antes había bajado del taxi aparatosamente, cuidando el caminado solo para no caerme en vista del susto y del guaro, con esto en una mano, aquello en la otra, la agenda prensada debajo del brazo, el gesto desabrido, el pelo desacomodado. De seguro parecía al jorobado de Notre Dame.

Y vi al vecino y al perro y puse el piloto automático para cruzar unas frases por cortesía antes de irme a dormir.

En cambio, ahora me di vuelta despacio. Había enderezado la postura, la barbilla y los pechos. Me acomodé el pelo como ni el mismo Luis Miguel lo hubiera hecho, entorné los ojos y me devolví presumiendo un andado de gacela y taconeando fuerte como Salma Hayek.

A pocas palabras, pocas palabras. -- Vamos--, le dije.

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En los 50 metros que separan su casa de la mía hice las mediciones correspondientes. Jugaba a mi favor que él iba ligeramente adelante –por y con el perro--. Puta... ¿cómo no le había hecho el avalúo exacto antes? Alto, totalmente moreno, cuerpo perfecto (mitad genética y mitad gimnasio). Dientes impecables, ojos café-amarillos, facciones de Adonis tostado por el sol.

Entre amarettos y conversación lo descubría más y más guapo, guapo todo, y me asaltó una ligera preocupación, aquella máxima que yo misma promuevo: si lo que se ve por fuera está tan pero tan bien, algún “defecto” debe tener. Una vez más me equivocaba... Esta parte me gusta: es cuándo y cómo se pasa de estar sentados cerca pero aún lejos, hablando pelotudeces, a lo que ahora nos ha dado por llamar “el approach”.

Cada quien tiene una estrategia diferente (¿se han fijado?). Por supuesto todo depende de la contraparte y del contexto... y en ese caso evidentemente no había mucho que negociar. Cuando empezó a servir el tercer amaretto, aprovechó para rozar sus rodillas con las mías. Yo había captado al vuelo que estaba enfrentando algunas dificultades para el abordaje-abordaje.

Era evidente que estaba intimidado y le daba pavor dar un paso en falso. Al fin y al cabo más de una vez ha estado en mi casa, en fiestas y reuniones, y bien sabe de mis bravuconadas. Ahora era él quien tenía enfrente a un rottweiler de verdad, feroz y atento a su presa. Porque, como ustedes sabrán, uno se envalentona exactamente al mismo ritmo que ellos se intimidan.

Y no queda más: hay que darles una manita. ¿Estábamos empezando a servir el tercer amaretto, verdad? Bueno, el manual de la experiencia dictamina que a esas alturas no había nada más que esperar. Es como una fórmula matemática, compruébenlo: cuando se acercó para servir la bebida, en lugar de mirar la copa lo miré a él. Tiene que ser una mirada sostenida, sin titubeos, casi desafiante. Y listo.

Enderezó la botella y se acercó súper lento, como disfrutando palmo a palmo la aproximación, como calcula un avión la pista en el momento de aterrizar. Sin titubeos pero cauteloso. Y se los digo: fue un aterrizaje “limpio”, como dicen los controladores aéreos cuando las llantas de los Boeing casi acarician la pista antes del contacto, sin el menor sobresalto. Estoy hablando, por supuesto, del primer beso. Lo que siguió tuvo sobrevuelo por montañas, llanuras y picos; acrobacias y aterrizajes profundos. Y sudor y saliva y más amaretto y dígame más y grite un toquecito pero no mucho porque nos oyen los vecinos...

****

Hora y media después, salimos tiritando de frío... HORA Y MEDIA DESPUÉS. Nos aseguramos de que la calle estuviera desierta. Lo estaba, y además la había invadido una densa niebla. Nos dimos el lujo de cruzar abrazados, desafiando a que algún vecino adivinara, detrás de una ventana, lo que en el barrio sería el chisme del año. No había mucho qué decir, la verdad.

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Las palabras habrían ensuciado la niebla y corrompido el aire de complicidad en el que veníamos flotando. Abrí el portón y nos besamos de nuevo (como si no nos hubiéramos recomido a besos ya).

Entré y cerré el portón. Él se volteó y coronó las preseas que había obtenido un rato antes con su frase de despedida...

-- Ya sabe. Cuando quiera tomarse un Amaretto...--

Epílogo

Es la noche del martes, ayer, un día después. Voy a entrar a Reencuentros a reunirme con el “team” ya la víspera de retirada hacia el aeropuerto y suena el celular. Es mi madre algo alterada: “¡Es que tengo que ir a la pulpería a comprar un jarabe y no he podido porque desde hace horas está Brandon para allá y para acá paseando al maldito perro, y me da miedo que se le suelte! ¡No sé por qué en vez de llevárselo a caminar bien largo se ha pasado horas aquí al frente, para allá y para acá! Hágame un favor, cómpreme el jarabe usted”..

Me parece, señoras y señores, que el vecino tenía una botella de Amaretto esperando...