Yuri Lorena Jiménez. 12 abril

“Nada ha logrado minar la promesa que Amparito Robles hizo hace 43 años, el día de la trágica muerte de Pedro Infante: velar, domingo a domingo, por la tumba del ídolo mexicano de todos los tiempos”, Yuri Jiménez, marzo del 2001

Su trágica muerte causó una gran conmoción en el país y en el continente. Su entrega total, su sencillez al hablar, su buen genio y la humildad que percibía el público, hicieron de Pedro Infante un auténtico ídolo de la llamada época de oro del cine mexicano (1936-1959). Foto Archivo
Su trágica muerte causó una gran conmoción en el país y en el continente. Su entrega total, su sencillez al hablar, su buen genio y la humildad que percibía el público, hicieron de Pedro Infante un auténtico ídolo de la llamada época de oro del cine mexicano (1936-1959). Foto Archivo

Cuando Amparo Robles vio por primera vez a aquel hombrón insólitamente atractivo, hace más de medio siglo, sintió una fugaz premonición. Entonces no supo descifrar aquella corazonada. ¿Cómo iba a imaginarse que estaba frente al que sería el artista más grande de todos los tiempos en México, o que sus destinos se cruzarían y traspasarían incluso la infranqueable barrera de la muerte?

Y es que Amparo fue una de las primeras personas a las que Pedro Infante conoció cuando llegó al Distrito Federal procedente del estado de Sinaloa, con unas pocas mudas de ropa y una guitarra bajo el brazo, en pos de su sueño artístico. Ella fue seducida de inmediato por el carisma de aquel hombre alegre y temperamental, pero no en la forma que hechizó a miles de mujeres, sino que desde un principio, cuando ambos compartían las penurias de la pobreza, nació entre ellos una amistad y un respeto eternos.

El subió todos los peldaños hacia la gloria, pero nunca se olvidó de sus orígenes ni de sus amigos verdaderos, esos que lo quisieron aún cuando vivía en un cuartucho lleno de ratas.

A Amparito –como se le conoce popularmente– le vivía agradecido por su franqueza y su autenticidad, esa que le permitía regañarlo, siendo ya famoso, por las troperías amorosas en las que se enredaba.

Para congraciarse con ella, varias veces logró que la incluyeran como extra, aunque fuera por pocos segundos, en algunas de sus películas. La mujer, por su parte, organizó y presidió un numeroso club de fans que trascendió la vida de su ídolo: aún existe y Amparito sigue presidiéndolo con una devoción imperecedera que la ha llevado a sacrificios impensables porque el día que Pedro murió le hizo una promesa en silencio: cuidar de su imagen y de su tumba hasta la hora en que se volvieran a reunir. De eso hace ya 43 años.

Cuando la conocí, hace dos semanas, no tenía la menor idea de la dimensión del personaje que estaba a punto de descubrir.

La encontré sin buscarla. Había decidido saldar una vieja hipoteca sentimental entre mi fallecido padre, Pedro Infante y yo. Por eso, ante el escepticismo rayante en burla de propios y extraños (léase ticos y mexicanos), decidí aprovechar el único día libre en una corta gira de trabajo a México para visitar la tumba de Pedro Infante, a costa de dejar las pirámides de Teotihuacán para una futura –y posiblemente lejana– ocasión.

El domingo antepasado, acompañada por el legajo mental de una leyenda que me ha seguido desde que tengo uso de razón, arribé a los amplios portones que albergan El Jardín, camposanto donde reposan los restos de Pedro Infante y de varios otros artistas mexicanos. De hecho se le conoce como "el cementerio de las estrellas".

Amparito era la presidenta del club de fans de Pedro Infante. El día de la trágica muerte del actor, ella, destrozada por el dolor, halló consuelo en la promesa que le hizo y, a la postre, cumplió: cuidar de su tumba por el resto de su vida. Reproducción José Cordero
Amparito era la presidenta del club de fans de Pedro Infante. El día de la trágica muerte del actor, ella, destrozada por el dolor, halló consuelo en la promesa que le hizo y, a la postre, cumplió: cuidar de su tumba por el resto de su vida. Reproducción José Cordero

El apabullante sol y lo empinado del terreno hicieron más dificultoso el ascenso, pero de alguna manera, estimularon la expectativa por presenciar –a solas y en silencio, según yo– aquel santuario que mi papá toda su vida soñó visitar.

– ¿Cuál es el chiste?– me increpaban los demás.

– El tipo está fiambre, seño, ¿por qué mejor no va a las pirámides?– espetó el taxista, poco antes de llegar al cementerio.

"Cada loco con su tema", me dije una y otra vez, sin ofrecer mayores explicaciones. Sin embargo, los incesantes comentarios de extrañeza me llevaron a admitir que posiblemente yo era la única persona capaz de llegar desde tan lejos para homenajear a Pedro con aquel ritual íntimo. Poco después sabría lo equivocada que estaba: a unos cuantos metros había alguien que prácticamente le había ofrendado su vida entera a Infante.

¿Novela o hidalguía?

Encorvada por sus 71 años de edad y por las luchas eternas que libran quienes viven aferrados a sus ideales, Amparito estaba afanada cortando los tallos de varios ramos de flores. Desde unas cuantas de hileras de tumbas más abajo, su imagen me enturbió la escena con la que tanto había fantaseado. El busto dorado con la figura del extinto artista dominaba imponente el espectáculo, igual que el blanco inmaculado de la fosa, pero la laboriosa tarea de aquella pequeña mujer le quitaba, a mi gusto, toda la magia al momento.

Esperé unos minutos a una distancia prudente, sin que mis elucubraciones lograran dar con una idea de quién era aquella señora de apariencia pulcra y humilde a más no poder, esmerada en cuidados a la tumba de quien no solo tuvo gloria, sino mucho dinero. Me di por vencida cuando una familia que caminaba por el camposanto se detuvo frente a ella y a los pocos segundos ya habían entablado una amena conversación.

Entonces me acerqué de mala gana, murmuré entre dientes un saludo y me concentré en lo que me había llevado hasta ahí. Ella me miró con cierta indiferencia y siguió con su anécdota mientras sus interlocutores la miraban extasiados. “El me preguntó que cuál camisa le iba mejor, y pos yo le dije la verdad: ‘Si quieres que te diga la neta neta, ¡ninguna Pedrito! Mejor seguí revolcando el armario porque ya no estás en Guamúchil’. Me miró con esos ojazos que tenía, como enojado porque para entonces era muy pobre y de seguro no tenía nada mejor que ponerse. ‘¡No la amoles Amparito, qué caray!’, me dijo ¡pero siempre se fue a ver qué se ponía!”, concluyó entre risas.

Esto ocurrió hace casi 20 años pero lo recuerdo como si fuera ayer: Amparito regateándole a Juancho, el muchacho que le llevaba las flores para Pedrito. Yo llevaba una cámara diminuta para fotografiar la tumba de Infante y mostrársela a mi familia. Jamás imaginé que, gracias a ese detalle, iba a poder plasmar la historia de Amparo Robles. Reproducción José Cordero
Esto ocurrió hace casi 20 años pero lo recuerdo como si fuera ayer: Amparito regateándole a Juancho, el muchacho que le llevaba las flores para Pedrito. Yo llevaba una cámara diminuta para fotografiar la tumba de Infante y mostrársela a mi familia. Jamás imaginé que, gracias a ese detalle, iba a poder plasmar la historia de Amparo Robles. Reproducción José Cordero

Escuché muy a mi pesar, pensando en que quizá se trataba de una señora fantasiosa o senil. Luego de un rato, la familia se despidió. La mujer se concentró por unos momentos en mí, y luego se inclinó trabajosamente para seguir cortando los tallos a las flores. El incómodo, casi belicoso silencio se rompió abruptamente cuando intenté subir a un borde del muro que rodeaba la tumba para examinar la imagen del busto de cerca.

– ¡No, no, no! A ver, hágame el favor y se me baja de ahí. No más eso me faltaba, que me deje los zapatos pintados en la tumba de mi Pedrito. Además ¡hay que respetar!

– Disculpe ¿usted quién es?– le dije, tratando a duras penas de guardar la compostura.

Ella dio un respingo y contestó con una seguridad pasmosa, gesticulando con vehemencia:

– Aquí lo importante no es quién soy yo, sino quién descansa aquí. ¿Tiene usted idea de lo que Pedrito significa para los mexicanos? Mire, todo el mundo puede venir, verlo y hablarle calladito, pero que no me lo irrespeten ni se me suban al sepulcro porque no es la primera vez que tengo que traer pintura para borrar letreros o limpiar la mugre.

Y agregó, mientras balanceaba en vilo su dedo índice, con aire de sentencia:

– ¡Son 43 años, desde que mi Pedrito se fue al cielo, los que tengo de no fallarle ni un solo domingo! Y mucho me ha costado que este lugar se mantenga así. Puede quedarse todo lo que quiera, pero no me lo irrespete porque a él lo cuido yo– dijo resueltamente. Acto seguido se sumió de nuevo en su mutismo y en su faena.

Para entonces, mi escepticismo inicial empezó a transformarse. Y el interés en la tumba de Pedro Infante también: ahora giraba alrededor de aquella enigmática mujer que aseguraba tener casi medio siglo de estar al cuidado del mausoleo con muchísimo esfuerzo y sin ninguna retribución más que la de saber a "su Pedrito" bien contento.

En esta foto de agencias, en abril del 2004, aparecen la hija Pedro Infante, Lupita Infante Torrentera (derecha) y Amparito Robles, durante el homenaje que se le realizó en el 47 aniversario de su muerte. Foto Archivo
En esta foto de agencias, en abril del 2004, aparecen la hija Pedro Infante, Lupita Infante Torrentera (derecha) y Amparito Robles, durante el homenaje que se le realizó en el 47 aniversario de su muerte. Foto Archivo

–¿Será posible?– me preguntaba, siempre desconfiando de que se tratara de un embuste. Un corpulento hombre me sacó de mis cavilaciones cuando llegó cargando trabajosamente cuatro ramos de diversos tipos y los puso justo a los pies de Amparito, junto a las azucenas que ella misma había llevado.

– Órale Juancho. ¿A cuánto están hoy? ¿Cómo que a 60 pesos, ya subieron? No, pos vas a tener que esperarte. Ahora tardecito te adelanto algo m’hijo– le dijo la mujer. El hombre asintió despreocupadamente con la cabeza y la ayudó a disponer las flores para que a ella no le costara mucho trabajo levantar su altar. Luego se despidió y se fue.

Los testigos

Entre tanto yo, disimuladamente, me había separado del lugar y había buscado a dos de los encargados del camposanto que merodeaban por ahí. Ellos me confirmaron, ante mi asombro, lo que antes me había contado Amparito. Aseguraron que la mujer era toda una institución no solo en el cementerio, sino también en un gran sector del país que seguía idolatrando a Pedro Infante, y que además había sido objeto de múltiples reportajes en diversos medios; incluso fue invitada a Miami por Don Francisco, quien la entrevistó en Sábado Gigante.

Esta vez, regresé al santuario de Pedro con una visión totalmente diferente. Todo era cierto: ella no solo había cuidado de su tumba en todos estos años, sino que lo había conocido desde sus inicios, cuando era un simple y pueblerino carpintero recién llegado de Sinaloa –su estado natal– con sueños de gloria. Claro, esto también lo supe por terceros: me lo contaron una mujer y un señor mayor que habían bajado de un lujoso vehículo para visitar la tumba de su madre y esposa, respectivamente. “Nosotros tenemos 17 años de haber perdido a mi señora, y tratamos de no fallarle nunca, pero a veces no podemos venir. Entonces el lunes siguiente encontramos un ramito de rosas, de las mismas que tienen los jarrones de Pedro. Es Amparito quien nos hace el favor. En todos estos años nunca he sabido que deje de venir, ni en los inviernos más crudos, ni aunque esté enferma. Yo creo que si por ella fuera se levantaría una pieza aquí junto, para estar más cerca de él y cuidarle la morada”, narró el señor.

Pedro era fanático de la aviación. Había tenido dos accidentes menores antes del que le costó la vida. La tragedia se suscitó cuando el día apenas comenzaba, el pequeño avión se vino en picada, murieron el piloto, el copiloto y tres personas en tierra, aparte de Infante, cuyo ataúd fue sellado porque el actor y cantante quedó totalmente desfigurado. GDA/EL UNIVERSAL PARA LN
Pedro era fanático de la aviación. Había tenido dos accidentes menores antes del que le costó la vida. La tragedia se suscitó cuando el día apenas comenzaba, el pequeño avión se vino en picada, murieron el piloto, el copiloto y tres personas en tierra, aparte de Infante, cuyo ataúd fue sellado porque el actor y cantante quedó totalmente desfigurado. GDA/EL UNIVERSAL PARA LN

Finalmente me acerqué a ella. Empecé a preguntarle con mucho tacto todo lo que quería saber, no sólo de su relación con Pedro cuando él estaba vivo, sino del compromiso y el sacrificio que asumió cuando él murió.

Agitada, sudorosa y cansada por el trabajo que le demandaba acicalar el sepulcro, contestaba un poco a secas, hasta que me dijo sin ambages: – ¿Sabes qué m’hija? Si hablo no puedo trabajar, y si trabajo, no puedo hablar. ¿Por qué me preguntas tanto? Me caes bien, te lo digo, pero si no termino esto a tiempo no vaya a ser que me agarre el viento de la tarde, y pos yo ya estoy muy vieja para aguantar frío".

Entonces le conté todo. Lo de la obsesión eterna que me había heredado mi papá por Pedro Infante, su música y sus películas; lo de aquel, su último momento de lucidez, cuando pidió que le pusieran la música de Pedro, eso sí, a todo volumen; lo de su sueño frustrado de visitar no solo el lugar donde reposaban sus restos, sino la patria que había visto nacer a Infante. Por eso, le dije, estaba ahí en vez de aprovechar el famoso tour a las pirámides.

Me escuchó en silencio, mirándome fijamente, sosegada por primera vez en todas esas horas. Cuando acabé mi monólogo, Amparito estaba lista para el de ella. Se sentó en el borde del muro y durante dos horas desgranó con su enraizado y mexicanísimo acento mil y una historias con Pedro y sin Pedro.

–Uyyy pos m’hija. Entonces de verdad que sí querías a mi Pedrito. Ya no chilles más, déjame que te cuente...

No se tienen noticias de qué ocurrió con Amparito. Aún en el 2007, ya presa de bastantes padecimientos, seguía implacable, visitando y cuidando la tumba de su Pedrito. No pudimos encontrar datos de si aún vive. A la tumba, eso sí, al parecer hace muchos años que no va.