Por: Danny Brenes.   13 enero
Édgar Aguilar y Errol Quiñones, de 63 y 70 años respectivamente, acomodan a los pasajeros del tren.Fotos: Mayela López
Édgar Aguilar y Errol Quiñones, de 63 y 70 años respectivamente, acomodan a los pasajeros del tren.Fotos: Mayela López

Durante tres décadas, doña Sandra Forero fue una mercader del rock.

Cuando menos en cierto sentido. Al calor de los años ochenta, cuando este y otros géneros musicales de influencia anglosajona comenzaron a apoderarse de las ondas de frecuencia modulada en el país, Forero se hizo con un trabajo que la sostendría durante casi la totalidad de su vida adulta: fue encargada de mercadeo en un puñado de radioemisoras cuyo público meta era la creciente masa de rockeros. Multivisión de Costa Rica, Titania y otras; 30 años de experiencia en total.

La mayoría de esas emisoras dejaron de existir. También dejaron de aparecer opciones laborales para Forero, quien a finales del 2016 se quedó sin el último trabajo que le dio sustento: le llevaba el archivo de papeles a un veterano de guerra estadounidense radicado en Costa Rica. Cuando esa opción expiró, doña Sandra se estrelló de frente, durante casi un año, con uno de los mayores fantasmas del sistema capitalista que se nos impone: el desempleo.

Peor aún: el desempleo a una edad avanzada.

Quien lo haya padecido sabe que no es hipérbole: en un mundo en el que la vida se define por la capacidad para generar dinero, el desempleo es la peor enfermedad; y cuantos más años se tienen, más difícil es encontrar cura. Lo evidencia la sección de clasificados de cualquier diario, cualquier sitio web dedicado a compilar ofertas de empleo: los prospectos de trabajo suelen limitarse a menores de 45 años –a veces menos–, como si a esa edad se acabaran la inestabilidad laboral, los padecimientos económicos o, peor todavía, la capacidad productiva de un ser humano.

Doña Sandra Forero no necesitaba meditar sobre todo lo anterior, porque lo estaba viviendo en carne propia. Así hasta que en julio del año pasado, vio un aviso en la televisión. Uno que no había visto antes: uno hecho para ella.

Sandra Forero, de 61 años, recién comenzó a trabajar como edecana en el Parque de Diversiones. Su trabajo consiste en recibir a los grupos de visitantes. Fotos: Mayela López
Sandra Forero, de 61 años, recién comenzó a trabajar como edecana en el Parque de Diversiones. Su trabajo consiste en recibir a los grupos de visitantes. Fotos: Mayela López
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“¡Nunca es tarde para tener trabajo!”, rezaba el afiche que promocionaba la campaña del Parque de Diversiones. La iniciativa era clara: el Parque quería contratar personas adultas mayores para trabajar en puestos operativos durante la temporada alta de medio año.

Entre los requisitos destacaban, sobre todo, dos: el que, con respecto de la edad, rezaba “Entre más años, mejor”, y el que decía, sobre el nivel educativo, “Noveno año aprobado, aunque haya sido hace mucho”.

¡Nunca es tarde para tener trabajo! 😊 https://youtu.be/K2fnEkRShzo

Posted by Parque Diversiones Costa Rica on Friday, October 13, 2017

La convocatoria del Parque fue un éxito: decenas de personas en edad avanzada –mayores de 60 años– asistieron a entregar su documentación con la esperanza de dejarse alguno de aquellos puestos temporales.

17 fueron contratados en aquella oportunidad, y más personas todavía asistieron a la segunda convocatoria, realizada en octubre y pensada para la temporada alta de fin de año, que comenzó a mediados de noviembre y concluirá el próximo 4 de febrero.

63 y 64

Entre los nuevos miembros del equipo está Jorge Eduardo Bolaños Arce, quien cumplirá 63 años en abril próximo y lleva ya 12 de estar pensionado tras laborar en el Poder Judicial.

Jorge Eduardo Bolaños trabaja como edecán en uno de los puntos de ingreso del parque, donde recibe a grupos de visitantes. Fotos: Mayela López
Jorge Eduardo Bolaños trabaja como edecán en uno de los puntos de ingreso del parque, donde recibe a grupos de visitantes. Fotos: Mayela López

Bolaños, hiperactivo confeso, no se aburrió nunca en su casa; hablar de inactividad, en su caso, sería ingrato: es payaso, es pintor, es escultor, es ciclista. Ahora, también, es edecán del Parque de Diversiones.

“Estoy feliz de estar aquí, porque hay un ambiente de camaradería. Yo en mi casa pasaba ocupado, pero vengo aquí y entro en un remanso de paz”, cuenta en breve, porque sus labores no dan tregua: cada vez que llega un grupo considerable de visitantes –huéspedes, les llaman a lo interno del Parque–, Bolaños los intercepta para guiarlos hasta la entrada, asegurándose de que nadie se extravíe en el tumulto.

Es similar a la labor que cumple Carlos Cascante Chinchilla, de 64 años, quien recibe ya no a grupos sino a familias e individuos; también mide la altura de los niños más pequeños y entrega un pase especial a los que marcan menos de 80 centímetros. Cascante encontró su trabajo en Parque casi por casualidad. Cuenta que mientras revisaba sus cosas en Facebook topó con la publicidad y, tras tres años de pensionado por el Ministerio de Salud Pública, decidió probar suerte. Dice que sentía por dentro algo que lo jalaba a seguir haciendo cosas, a demostrar que todavía tiene energía.

“¿Será que este tigrazo mide menos de 80 centímetros?”, saluda a una familia que se acerca con un niño disfrazado del felino asiático.

Don Carlos Cascante, de 64 años, le entrega Evans Orozco un pase especial por medir menos de 80 centímetros. Fotos: Mayela López
Don Carlos Cascante, de 64 años, le entrega Evans Orozco un pase especial por medir menos de 80 centímetros. Fotos: Mayela López
Don José Gerardo Solano, de 70 años, atiende a un grupo de huéspedes en el restaurante El Ventolero, en Pueblo Antiguo. Cansado de la inactividad que le supuso su jubilación, don José decidió buscar empleo porque, dice, desde los siete años trabaja y necesita estar haciendo algo. Fotos: Mayela López
Don José Gerardo Solano, de 70 años, atiende a un grupo de huéspedes en el restaurante El Ventolero, en Pueblo Antiguo. Cansado de la inactividad que le supuso su jubilación, don José decidió buscar empleo porque, dice, desde los siete años trabaja y necesita estar haciendo algo. Fotos: Mayela López

Su química con los niños es evidente, algo que terminó de consolidar el aprecio por su nuevo trabajo. Su momento favorito es cuando visita las áreas de juegos porque, asegura, se siente como el abuelo con más nietos del mundo.

“Es bonito sentirse estimado y sentir que uno todavía da”, dice. “Yo creo que todos los viejillos que andamos por ahí, todos queremos sentirnos ocupados”.

67, 70 y 62

En el micromundo que creó el Parque de Diversiones con su campaña, don Roberto Ramírez y don Errol Quiñones son agua y aceite, o lo eran cuando conversé con ellos: mientras Ramírez estaba ya entrado en su segundo período como empleado del parque, para Quiñones era su primer día.

“Me siento muy contento. Es un lugar muy acogedor, con un montón de niños y de gente que viene a divertirse”, dijo Quiñones, pensionado de la Caja Costarricense del Seguro Social, para la que laboró como técnico en radiologías médicas. “Con solo el hecho de salir de la casa y saber que uno tiene un lugarcito donde uno puede estar activo, la mente de uno se amplía un poco más. Deja uno de pensar en preocupaciones, aquí uno pasa su tiempo, interactuando con la gente. Yo tengo 70 años y estoy feliz de estar aprendiendo. Me motiva”.

Ramírez espera que las dos oportunidades que se le han ofrecido hasta ahora se sigan repitiendo cuanto se pueda y que lo sigan tomando en cuenta en temporadas venideras.

A sus 67 años, don Roberto Ramírez está en su segundo período trabajando en el parque. Espera seguir allí tanto como sea posible. Fotos: Mayela López
A sus 67 años, don Roberto Ramírez está en su segundo período trabajando en el parque. Espera seguir allí tanto como sea posible. Fotos: Mayela López

“Yo tenía una empresa pequeña, de traducciones. Hablo varios idiomas, sobre todo el inglés y también un poco de portugués e italiano, pero llegué a un punto en el que ya no podía sostener las cargas y tuve que cerrar. Por eso estoy tan agradecido con el Parque. Es una experiencia muy gratificante, saber que uno tiene una responsabilidad, y poder ejercitarse física y mentalmente”.

La alegría de ambos hombres es un contraste crudo comparada con la realidad a nivel macro de los adultos mayores en nuestro país.

De acuerdo con datos arrojados por la Encuesta Continua de Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Censos, de un total de 740.105 personas mayores de 60 años, solo 175.066 están ocupadas; esto es menos de la cuarta parte, según datos con corte al segundo trimestre del 2017. Otras 7.807 están desempleadas, mientras que 557.232 están excluidas de la fuerza laboral (pensionados y retirados, o personas que tienen a su cuido a otros adultos mayores).

A sus 62 años, doña Trinidad Gómez está próxima a sumarse a este último grupo: en el 2018 recibirá su pensión. Mientras tanto, cumple labores en el puesto de información en la entrada del Parque. Es un cambio drástico con respecto a los 30 años que laboró dando clases de español a extranjeros, en una escuela de dueños españoles.

“Cuando me quedé sin trabajo, intenté buscar en mi área. Fue mi hijo el que me mandó el anuncio del parque por Whatsapp. Le dije que iba a mandar mi currículum. Me dijo ‘no, Ma, vaya usted a dejarlo, para que vean que es en serio’”.

Doña Trinidad Gómez lleva medio año trabajando en el parque, primero como operaria de juegos mecánicos y ahora recibiendo gente en la entrada. Aquí, atiende a Karina Saavedra y su hija, Luciana Rees. Fotos: Mayela López
Doña Trinidad Gómez lleva medio año trabajando en el parque, primero como operaria de juegos mecánicos y ahora recibiendo gente en la entrada. Aquí, atiende a Karina Saavedra y su hija, Luciana Rees. Fotos: Mayela López

Doña Trinidad hizo justo eso: fue un martes, y un jueves la llamaron para que se integrara al equipo. Comenzó operando juegos mecánicos y luego pasó a su puesto actual. Eso fue hace unos cinco, seis meses: doña Trinidad es empleada fija y espera que su trabajo le permita finalmente acceder a su pensión.

67 y 61

Don Manuel Soto tomó sus cosas, se montó a un avión y transplantó su vida desde su natal Perú hasta Costa Rica hace 18 años. En su país se había pensionado luego de, como lo dice él, hacer de todo: trabajó en un banco, fue supervisor de ventas, trabajó para Pepsi y se pensionó temprano. Una ley le permitió retirar la totalidad del dinero de su pensión y vino a Costa Rica con $30.000 en su cuenta y una familia a cuestas. Aquí, tuvo una empresa de transportes a ejecutivos que cerró en el 2012. Luego, de forma independiente, fue taxista y laboró como chofer en el Hotel Real Intercontinental.

German Madrigal, vecino de San José, fue parte de los primeros adultos mayores en ser contratados por el parque, donde labora desde junio pasado. Fotos: Mayela López
German Madrigal, vecino de San José, fue parte de los primeros adultos mayores en ser contratados por el parque, donde labora desde junio pasado. Fotos: Mayela López
Como otros compañeros suyos, José Castro Sequeira, de 62 años, hace de todo. En la fotografía, realizaba labores de mantenimiento del Play Parke.
Como otros compañeros suyos, José Castro Sequeira, de 62 años, hace de todo. En la fotografía, realizaba labores de mantenimiento del Play Parke.

Todos esos años de experiencia al volante lo prepararon para su más reciente reto: ser, a sus 67 años, conductor del trencito que recorre el Parque de Diversiones cada 20 minutos.

“Desde el año 2000 estoy pagando mis cuotas a la Caja; quiero terminar a ver si me dan una pensión aquí. Trabajar en el Parque me ha dado esa oportunidad y estoy muy contento con eso”.

Don José Castro Sequeira, quien lleva cuatro meses trabajando en el parque, tampoco tiene pensión. Trabajaba por cuenta propia como publicista y es un confeso locutor de la vieja guardia, como él mismo lo dice, pero la cosa estaba difícil.

“Apliqué en algunos lados, pero no lo llaman a uno”. La oportunidad que tiene ahora, dice, ha sido un cambio radical a su rutina: no solo tiene empleo en un momento de su vida en el que las opciones escasean, sino que ya no está encerrado entre las cuatro paredes de una oficina, sino en un ambiente abierto y alegre; sobre todo destaca, eso sí, la actitud con las que las personas que reciben una oportunidad han enfrentado el reto de laborar en las distintas áreas del parque.

“Lo que uno haga hay que hacerlo con cariño, no importa la edad”.