Jorge Hernández S.. 16 marzo
Patricia Hearst, al centro, es escoltada por oficiales de policía de la ciudad de San Francisco. Fotografía: AP
Patricia Hearst, al centro, es escoltada por oficiales de policía de la ciudad de San Francisco. Fotografía: AP

¡Los ricos son raros! Si se posee un ahorrillo de $1.800 millones, un castillo medieval importado de Europa y un chorro de “pichuleos” como minas de oro, plata, cobre y emporios periodísticos, ¿Por qué diablos? se va a “embarrealar” como mártir de los pobres.

En cuestión de 20 meses, entre el 4 de febrero de 1974 y el 18 de setiembre de 1975, Patricia Hearst –luz de los ojos del magnate de la prensa yanqui Randolph Apperson Hearst– sufrió una metamoforsis mental.

La tercera hija de su matrimonio con Catherine Wood Campbel era una típica niña bien; nació el 20 de febrero de 1954 –en San Francisco– con una vajilla de oro en la boca y arrullada por querubines, tronos y potestades.

Para calibrar el trancazo que recibió Randolph es necesario conocer el augusto pasado de los Hearst. ¡Ahí va!

El patriarca, George, levantó un imperio minero en el siglo 19 basado en la crueldad y la codicia; adquirió en una deuda de juego El Examiner, periódico de San Francisco que asumió su inescrupuloso hijo William Randolph Hearst.

Este fue el primer magnate de la prensa mundial, inventó el periodismo amarillista y montó la guerra de Estados Unidos contra España, por Cuba,

El padre de Patricia vivió a la sombra de su progenitor, frustrado porque nunca cumplió sus expectativas, ya que era de natural humilde, apocado y con gustos excéntricos.

Extraño caso

A las nueve de la noche del 4 de febrero de 1974, la cándida Patricia abrió la puerta de su apartamento, en la Universidad de Berkeley, a un par de desconocidos; estos la encañonaron, la sacaron a rastras y la metieron en el maletero de un carro.

La millonaria compartía habitación con su novio, un mequetrefe profesor de matemática que intentó saltar por la ventana como un conejo.

Los captores pertenecían al Ejército Simbiótico de Liberación (SLA); la pomposa milicia ni llegaba a la docena de zarrapastrosos, empeñados en derrocar al presidente yanki Richard Nixon.

Patricia Hearst, en el año 1976, mientras asistía a prestar su declaración a las autoridades. Fotografía: Archivo
Patricia Hearst, en el año 1976, mientras asistía a prestar su declaración a las autoridades. Fotografía: Archivo

El líder de la misérrima pandilla era Donal DeFreeze. Fue a prisión por asaltar a una prostituta y escapó; con Patricia Soltysik fundó el SLA, inspirado en las cavernarias ideas marxistas.

Apenas la noticia llegó a la prensa, centenares de sabuesos rodearon la mansión Hearst. Sitiaron la casa, levantaron tiendas de campaña, instalaron unidades móviles y colgaron teléfonos hasta en los árboles.

El rescate consistió en regalar una canasta de comida a todos los pobres de California, por un monto de $400 millones. Hearst regateó como un árabe en el zoco y bajó a $2 millones, pero el reparto ocasionó saqueos y golpizas.

Pasaron 57 días sin saber ni mus de la cautiva. En sus memorias contó que la tuvieron metida en un armario; la sacaban para abusar de ella como si fuera una cenicienta y usarla en las noches de esclava sexual, con todos los militantes.

Lavado de cerebro

La verdad de la milanesa estalló el 3 de abril. La policía divulgó una grabación de Patricia; renegó de su familia y se unió a las fuerzas simbióticas. A partir de ese dia sería Tania, igual que la amante del feo Che Guevara.

De drama a tragicomedia. Con boina negra, fusil y poses de subversiva tercermundista participó en el atraco a un banco; hirieron a dos personas y robaron $10 mil. Siguió con un tiroteo en Los Ángeles.

Al huir dejaron tirado el comprobante de una multa de tránsito; el FBI localizó la guarida, la rodeó y roció con tiros a los pillos. Mataron a seis, incluído a DeFreeze y en un santiamén desapareció el ejército más esperpéntico de la historia.

La feroz Tania siguió la matanza desde la comodidad del motel donde estaba con dos compinches del SLA. Huyeron a Nueva York y el 18 de setiembre de 1975 la arrestaron. Salió en televisión, esposada, desafiante, con los puños en alto y gritando en un español caribeño: “¡Patria o muerte. Venceremos!”

Un batallón de abogados la defendió en el juicio; alegaron que padecía del Síndrome de Estocolmo, una bazofia ideológica para explicar la codependencia emocional con sus captores.

El jurado la condenó a siete años de cárcel; dos años más tarde el flojo mandatario Jimmy Carter le conmutó la pena y el falaz Bill Clinton la perdonó. Solo faltó una estatua en el Monumento a Lincoln.

Filmó un puñado de películas, abrazó la defensa de los perros, se casó con su guardaespaldas y tuvo dos hijas.

De no ser por aquel secuestro tan extraño, Patricia Hearst nunca habría vivido la fantasía más descacharrante de una hipermillonaria: guerrillera urbana.

Patricia Hearst junto a su prometido, Bernard Shaw, con quien se casó y tuvo dos hijas, tras ser liberada. Fotografía: Archivo
Patricia Hearst junto a su prometido, Bernard Shaw, con quien se casó y tuvo dos hijas, tras ser liberada. Fotografía: Archivo
Carrera frustrada

Robó. El secuestro de Patricia Hearst la llevó a unirse con el Ejército Simbiótico de Liberación; protagonizó varios atracos bancarios y a tiendas para financiar a los subversivos.

Huyó. Cuando el FBI aniquiló a la irrisoria banda ella huyó y llegó a Nueva York, donde la policía la capturó y llevó a juicio.

La juzgaron. El tribunal nunca creyó el cuento de la defensa, amparado a la falacia del Síndrome de Estocolmo y los abusos sexuales. La condenaron pero la maquinaria paternal logró su libertad, perdón y aquí no pasó nada.