Jorge Hernández S.. 17 enero
La cantante Nina Simone comenzó su carrera musical en una iglesia de su comunidad. Fotografía: Archivo/La Nación
La cantante Nina Simone comenzó su carrera musical en una iglesia de su comunidad. Fotografía: Archivo/La Nación

Rica y famosa, pero no era libre. El talento fue una carga y encontró la felicidad en la ausencia del miedo. Llevó una vida de lucha contra sus dos grandes enemigos: el racismo y la industria musical gringa.

Espigada como un junco oscuro parecía una sombra venida de un pasado milenario; insegura, carente de amor, vivió aplastada por la misma fama que ella forjó como suma sacerdotisa negra del blues, el jazz y el soul.

Su voz aún resuena grave, apasionada, intensa y jadeante; alternaba los silencios y los susurros con gritos y lamentos, para exhibir sus estados de ánimo y exaltar a sus adoradores.

Quienes siguieron su trayectoria de casi medio siglo, como pianista y cantante, se van a las greñas a la hora de escoger sus mejores interpretaciones.

Para agregar leños al fuego de esa discusión, con el perdón de los sabelotodo, estas podrían ser las más conocidas: Feeling Good; My Baby Just Cares for Me; To Be Young, Gifted and Black y I Put a Spell on You.

Como ya es un lugar común en estas vidas arrebatadas; en la pila bautismal su madre –Mary Kate, ministra de una Iglesia Metodista– y su padre –John Waymon, tintorero y barbero– le ensartaron el apelativo de Eunice Kathleen Waymon.

A los 21 años lo cambió por Nina Simone; un novio le impuso el apodo de nina o niña, y ella le agregó Simone por la actriz francesa Simone Signoret, a quien vio en la película Casque d’Or o Bajos Fondos.

Negra rica

Nina llevó una infancia tranquila en Tryon, Carolina del Norte, donde nació el 21 de febrero de 1933. En la casa la música era más importante que el pan; de los siete hermanos, quien no cantaba tocaba un instrumento y cada uno aprendía del otro.

La artista padecía de un trastorno de bipolaridad, que hizo que se alejara de su familia. Fotografía: Archivo/La Nación
La artista padecía de un trastorno de bipolaridad, que hizo que se alejara de su familia. Fotografía: Archivo/La Nación

Pero la gracia de Dios la tocó y desde los tres años aporreó el piano; a los seis años mostró unas facultades extraordinarias y comenzó los estudios clásicos pianísticos. Esto lo combinó con el canto en la iglesia local.

A los 12 años debutó en un concierto colegial; sus padres estaban en primera fila pero una familia de blancos los obligó a moverse al fondo, de acuerdo con las estrictas leyes gringas de segregación racial.

Una judía, blanca y adinerada, apreció el genio de la niña y recaudó fondos para enviarla a la prestigiosa Escuela de Música Juilliard, en Nueva York, pero la pobreza le impidió terminar su carrera.

Intentó seguirla en Filadelfia pero le dieron la patada por negra; así que desistió y encontró trabajo en un bar en Atlantic City. Ahí deslumbró al dueño con su interpretación de I Love You Porgy, quien la contrató en el acto.

Con 25 años grabó su primer disco y vendió más de un millón de copias en Estados Unidos y firmó un contrató con Columbia Pictures.

Los cinéfilos y los melómanos reconocerán algunas canciones de Nina, intercaladas en las bandas sonoras de cintas como Viento Salvaje, Sayonara o Sansón y Dalila.

En los años 60 se involucró con Martin Luther King en la defensa de los derechos civiles; comenzó a manifestar extraños arranques de furia y cambios súbitos de humor, atribuidos a las intensas giras artísticas.

¿What happened, Nina?

El comportamiento errático de Simone y sus alucinaciones parecían un rasgo de su carácter indomable; en realidad eran los síntomas de un padecimiento más grave: el trastorno bipolar.

La cantante solo se casó en una oportunidad y procreó a Lisa, su única hija. Fotografía: Archivo/La Nación
La cantante solo se casó en una oportunidad y procreó a Lisa, su única hija. Fotografía: Archivo/La Nación

Alimentó con sus escándalos públicos las páginas de la prensa sensacionalista. De sus problemas con el fisco pasó a disparar a dos jóvenes fanáticos, que la molestaron en su jardín.

Sus relaciones personales siempre fueron difíciles. Con 17 años renunció a Edney, quien fuera el gran amor de su vida. Adinerada y célebre intentó volver con él pero la rechazó.

Igual dejó a su madre; Kate nunca toleró la música mundana que debió interpretar para sobrevivir. Por años sufrió la muerte de su padre, a quien dejó de hablar tras una discusión.

En Nueva York encontró a su primer y fugaz marido, el beatnik Don Harris; se divorció y se casó con Andrew Stroud, un policía de Brooklyn, quien fue su mánager, la explotó sin piedad y controló su vida. Con él concibió a Lisa, su hija.

Las agresiones maritales, el exceso de trabajo y la rabia contra la discriminación descarrillaron la carrera de Nina; en los años 70 desapareció del mapa musical y fue rescatada en la década siguiente.

Saltó de país en país; vivió en Barbados, Liberia, Suiza, Inglaterra y Francia, donde murió el 21 de abril del 2003, en Marsella.

El anhelo de libertad fue el motor de su existencia y bien pudo ser la santa patrona de la rebelión social.

Al borde del abismo

Talento puro. A los dos años tocaba el órgano, a los cuatro era un prodigio en la iglesia local, pero el racismo le impidió culminar su formación como pianista clásica.

Cantante en un garito. Sin trabajo y humillada por ser negra, logró un contrato laboral en un garito en Atlantic City, de ahí salió hacia la gloria artística.

Activista social. Nina reinvidicó las luchas raciales con su canción Mississipipi Goddam; conoció y apoyó el orgullo negro.