Revista Dominical

Obituario 2021: Armando Manzanero, exquisito romanticismo y eternas melodías

Cantautor, compositor y productor mexicano, 1935 - 28 de diciembre del 2020

En una noche de bohemia, Gabriel García Márquez le pidió a Armando Manzanero que le enseñara a escribir boleros, y el yucateco aceptó. Le dio claves, secretos y consejos, pero el Nobel de Literatura no lo logró. Años después, el célebre escritor declaró: “Es la vaina más difícil que hay”. “¿Te imaginas meter toda una cantidad de argumentos en siete u ocho líneas? No hombre, ¡eso es lo difícil!”

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La desaparición de Manzanero el 28 de diciembre del 2020, uno de los compositores más prolíficos, longevos y célebres de la canción romántica en español, significa mucho más que una necesaria inscripción en el fatídico y pandémico obituario de los últimos tiempos. Todas las almas que compartimos algunas escenas de su vida, sentimos aún más la tristeza y nostalgia de una tarde ver llover…

Armando era una criatura (como él mismo llamaba a menudo a sus congéneres cercanos) que amaba la naturaleza y la humanidad; un inspirador de profundos sentimientos con pocas palabras, que trascendió las figuras retóricas y cosmogonías mayas de su infancia y abuela, culminando sus propios versos con un exquisito romanticismo, versos tejidos con finos trazos musicales, y traducidos a más idiomas que los de ningún otro trovador latinoamericano.

La sincera amistad de Armando no fue privilegio de unos pocos. El pequeño gigante del amor, que con gran fantasía arpegiaba su retórica en el piano, también regalaba compases de su corazón a todos los que en algún momento caminaron junto a él en la estelar alameda de sus triunfos. Muchos costarricenses, especialmente músicos, recibimos el cariño, el apoyo y la generosidad de este enorme artista, sensiblemente enamorado de Costa Rica. Las producciones musicales y colaboraciones con artistas ticos son legado y testimonio de ello. Su primera presentación en este país fue en el año 1960, en el entonces Cine Raventós junto con Angélica María. En el año 2015, recordando ese temprano episodio de su carrera, en una entrevista previa a su presentación en el Teatro Popular Melico Salazar, expresó: “En ese entonces fui a trabajar a un cine, el Raventós, y ahora es un teatro; imagínese cómo es de mágica mi vida que tiene tiempos tan diferentes. Dios bendiga a Costa Rica y su gente, porque, así como ustedes tienen ganas de verme y escucharme, así yo tengo ganas de encontrarme con ustedes.”

Tuve el honor adicional de compartir con Armando durante cinco años como homólogo en la presidencia de los respectivos directorios de SACM (Sociedad de Autores y Compositores de México) y ACAM (Asociación de Compositores y Autores Musicales de Costa Rica). Armando asumió la presidencia de SACM tras el fallecimiento de Roberto Cantoral, y no menos apasionado que este último por el patrimonio musical mexicano, dio continuidad a las gestiones internacionales relacionadas con el equilibrio y justicia para el compositor y el patrimonio musical mexicano, incluso nos acompañó personalmente en alguna ocasión para abogar por el mismo apoyo a la música costarricense ante representantes del Poder Ejecutivo local. “Luisito, —refiriéndose a mí con cariño— el compositor no puede seguir siendo el último en la cadena económica de la industria musical”.

Un ser humano de finas sensibilidades, abonado con las herencias ancestrales de toda América, y particularmente yucatecas, atesoraba los placeres culinarios, y no escondía las recetas de una fabulosa cochinita pibil, o un mole poblano, que en alguna bohemia ocasión disfrutamos en mi casa al tenor del éxtasis con sabrosas salsas picantes, inevitablemente después de cantar un Te extraño, No sé tú o Contigo aprendí, alternando conmigo canciones costarricenses en mi piano. ¡Y qué momentos de mi pasado remoto, transformados en un mágico presente!

Durante los días compartidos con motivo de un congreso de autores musicales en Bruselas, yo le había confiado a él la profunda huella que dejó el instrumento que él tocaba, cuando durante mi temprana edad preescolar en México, sentado al pie de la televisión, no me despegaba de esas melodías y armonías de “don Armando”, como lo llamaba el presentador, transmitidas con muy poco color por un programa vespertino de fin de semana. ¡Pero qué colores, matices y modulaciones acariciaban mis oídos! Ahora, en mi casa, aquel piano de antaño en la pantalla de las imaginaciones de un niñito, se había trasladado a la realidad de las manos del icónico personaje y las mías.

Una de las virtudes singulares del genio y creatividad de Armando, cuyo repertorio consta de más de 800 canciones, fue su capacidad de conectar los giros y expresiones de su narrativa, con el bordado de distancias y ritmos entre las notas musicales, es decir, los intervalos, para producir una frase melódica de contundente eficacia. Este talento siempre ha estado reservado para los más grandes creadores de la canción, y decenas de cantantes, agrupaciones musicales, intérpretes instrumentales de todas las corrientes y estilos de todos los continentes han grabado versiones de su música. Siempre llamó también la atención su constante búsqueda de variaciones armónicas cada vez que interpretaba sus canciones, su acercamiento libre y desinhibido a todas las manifestaciones musicales, y su permanente coqueteo con el jazz, aspectos que lo perfilaron como intérprete improvisador y atrevido.

Su ejercicio profesional de la música es una motivación para seguir allanando trincheras, eliminando postulados estéticos y estilísticos anacrónicos en la diversidad de la creación musical. Sin la menor duda, la canción de América y del mundo se ha elevado con la inspiración del pequeño gigante de Yucatán. Y hoy, en vez de apagar la luz, podemos encender la esperanza de que nuevas generaciones se nutran de esa genuina poesía dedicada al amor de pareja, adornada con códigos y simbolismos existenciales, sutilmente engarzados por Armando en sus eternas melodías.

El autor es pianista, compositor y profesor universitario.