Revista Dominical

Obituario 2020: Ennio Morricone, el que todos amamos

Compositor y director de orquesta italiano, 1928 - 6 de julio 2020

Cuando era niño, mi papá siempre gustaba de escuchar buena música los domingos. Si un día no sintonizaba Radio Rumbo y su festival de recuerdos, reproducía su clásico disco de acetato con la banda sonora de El bueno, el malo y el feo.

A todo volumen, por toda la casa sonaba aquel grito agudo: “A Eh A Eh Aaa”, seguido por el coro grave: “Go go go eh go”, luego la ocarina, la armónica, los cornos y, finalmente, la guitarra eléctrica con tono de los años 60, y todo eso me gustaba, me encantaba. Ese fue mi primer encuentro con Ennio Morricone.

No mucho tiempo después llegó un anuncio navideño de Canal 7 que nunca más repitieron. Era una oración pequeña, humilde y sencilla; mientras corría la imagen de unas manos partiendo una hogaza de pan, recitaba el locutor: “Da y da, y nunca pidas, que cuando más des, más rico serás”.

Mientras la plegaria avanzaba, corría de fondo la sublime introducción de la canción En la tierra como en el cielo de la película La Misión. Al ritmo que se levantaban los sublimes violines, el coro, los tambores indígenas y un golpe seco de un bombo sinfónico, mi corazoncito latía más fuerte, me sonrojaba sin razón y se me empañaban los ojos. Este fue mi segundo encuentro con Ennio Morricone.

Y el golpe final vino pocos años después, cuando vi por primera precisamente La misión, en una Semana Santa donde no había televisión por cable en casa y teníamos que ver películas “religiosas” en programación nacional, cuando aún no entendía que el arte, incluyendo el cine y la música, son universales al trascender la religión.

Cuando Jeremy Irons, interpretando a un sacerdote jesuita, tocó El oboe de Gabriel en aquella selva paraguaya, conquistando a los pueblos originarios sin espadas, más con música, me rendí para siempre ante Ennio Morricone.

Afirmar que Ennio Morricone fue un genio quizás es trillado, pero así era. Nació en Roma un venturoso noviembre de 1928 y desde muy pequeño aprendió a tocar la trompeta gracias a su padre Mario Morricone, también músico.

En distintas academias de Roma estudió música clásica y desde 1954 inició su carrera como compositor para cine, al inicio de forma anónima o trabajando bajo seudónimos, hasta que un viejo amigo de infancia, el director de cine Sergio Leone, le dio total crédito y libertad para la composición de la primer película de la trilogía del dólar: Por un puñado de dólares, en 1964, protagonizada por un joven y poco conocido Clint Eastwood y el actor italiano Gian Maria Volonté.

Y, a partir de aquí, todo es una maravillosa historia de éxitos e insuperable creatividad.

Morricone completó la banda sonora de las dos siguientes partes de la trilogía del dólar, entregándonos verdaderas obras de arte como el tema principal de Por unos dólares más y El éxtasis del oro para El bueno, el malo y el feo.

Además, el maestro siguió trabajando con su amigo Sergio Leone para obras insuperables del western italiano; son inconcebibles las películas de uno sin la música del otro: para Érase una vez en el Oeste, es imposible sentirse intimidado por la mirada fría de Charles Bronson sin la cruda melodía de la armónica que acompaña cada una de sus intervenciones; tampoco imagino una bella y valiente Claudia Cardinale, levantándose rauda y digna en el viejo y salvaje Oeste, sin la fuerza que le imprime el hermoso tema principal de la misma película. Tampoco me reiría tanto con las ocurrencias de un repulsivo Rod Steiger y un astuto James Coburn en ¡Agáchate, maldito!, sin la picara y heterodoxa canción Duck, you sucker.

Con los años, el trabajo de Morricone fue más allá de los spaghetti westerns pero siempre colaborando para grandes directores italianos como Pier Paolo Pasolini, Franco Zeffirelli, Liliana Cavani y, por supuesto, para Giuseppe Tornatore, para quien elaboró la banda sonora de auténticas obras de arte cinematográficas como Malena, La leyenda de 1900 y, por supuesto, de la insuperable Nuovo Cinema Paradiso, junto a su hijo Andrea Morricone.

De nuevo, me es imposible imaginar la historia de Toto Di Vita, su amor por el cine, el hermoso pueblo siciliano de Giancaldo, la ternura de Pupella Maggio, las lecciones de vida del buen Alfredo y los dulces ojos azules de Elena, sin el vínculo emocional que crea la música de los Morricone con el filme.

Esta pequeña crónica resulta insuficiente no solo para relatar el trabajo de don Ennio para el cine italiano, sino para alabar todas sus obras en el cine internacional, pero vale la pena recordar aquellas melodías que llegan al alma y logran el efecto psíquico Morricone que te sumerge en la película: El clan siciliano, Bugsy, La cosa, Hamlet, Los intocables, En la línea de fuego, La ciudad de la alegría y, por supuesto, La misión.

Todas ellas deben figuran en las listas de reproducción de bandas sonoras que escuchan aquellas almas que procuran el conocimiento, la paz interior y la alegría que solo el buen cine sabe dar.

A pesar de su apariencia tímida, su semblante siempre serio y su mirada intensa, Ennio Morricone era amable, humilde, divertido y con un amplio criterio artístico; ofreció su trabajo y colaboración para músicos de la más variada naturaleza como Laura Pausini, arreglando de forma soberbia el clásico La solitudine para el disco de éxitos de esta gran cantante italiana; además, para el disco tributo We All Love Ennio Morricone, a pesar de ser el homenajeado, el maestro romano supervisó y colaboró en pequeños arreglos para las versiones de sus más conocidos temas, interpretados por Bruce Springsteen, Céline Dion, Andrea Bocelli, Yo-Yo Ma, Chris Botti, Roger Waters, Quincy Jones, Herbie Hancock, Vinnie Colaiuta, Renée Fleming, Daniela Mercury y, por supuesto, Metallica con su versión rock de El éxtasis del oro.

Incluso, Morricone hizo lo impensable y trabajó gustoso con el excéntrico Mike Patton, cantante de Mr. Bungle y Faith No More, y su sinfónico Mondo Cane, algo fuera de este mundo.

La extensa carrera musical de Ennio Morricone se ve reflejada en sus dos premios Grammy, tres Globos de Oro, cinco premios Bafta, diez premios David de Donatello y dos premios Óscar, uno de ellos honorífico y entregado de manos de su amigo y hermano de alma Clint Eastwood, y otro por su trabajo para la banda sonora de Los ocho más odiados, dirigida por Quentin Tarantino y de quien Morricone no guardó sus palabras al afirmar que sus películas eran incoherentes y con demasiada sangre.

En sus últimos años, Ennio Morricone, todo un nonagenario aún erguido, elegante y de paso firme, los dedicó a preparar su última gira mundial, finalizada en el verano italiano de 2019; el maestro daba por cumplida su misión para el mundo de las artes.

Ennio falleció el 6 de julio de este ingrato 2020, la naturaleza dictó su irrevocable sentencia y se lo llevó físicamente a los 91 años, dejando atrás una estela interminable de obras musicales y una vida ejemplar como artista, esposo fiel a su siempre amada María Travia, incansable perfeccionista y genio capaz de llevar el espíritu de quien escucha sus melodías al éxtasis y la gloria.

A pesar de ser una persona tan importante en mi vida, le fallé a Ennio Morricone y no pude verle y escucharle en vivo. Sin embargo, guardó en mí un muy grato recuerdo que llevaré siempre en mi corazón: en la primavera española de 2015, luego de finalizar mi primer camino de Santiago, realicé una peregrinación particular hacia un lugar sagrado del cine: el cementerio Sad Hill, cerca de Burgos, donde se rodaron las últimas escenas de El bueno, el malo y el feo.

Estando allí, en aquel lugar fantasmal, abandonado, en soledad con mis pensamientos, vi los montículos de tierra simulando tumbas que Sergio Leone mandó colocar en el lugar, cubiertos por vegetación 50 años después; sobre uno de ellos vi una cruz de madera con la palabra torpemente escrita “Unknown” y cerca un pedazo de poncho viejo que otro peregrino cinéfilo dejó como tributo a Clint Eastwood.

De pronto el viento cesó, la naturaleza enmudeció y a mi mente vinieron las notas del Éxtasis del oro, ahí donde Eli Wallach corría frenéticamente buscando el tesoro confederado. En ese momento y en ese lugar, mi corazón simplemente dijo: gracias Ennio.

El autor es abogado