Yuri Lorena Jiménez. 6 diciembre, 2019
Ilustración: Luis Felipe Quesada
Ilustración: Luis Felipe Quesada

El pasado 3 de noviembre, cuando la noticia de la muerte del astrólogo puertorriqueño Walter Mercado le daba la vuelta al mundo, una suerte de sorpresa teñida de escepticismo se adueñó de muchos quienes, en decenas de posts en sus redes sociales, confesaban que era difícil imaginar al queridísimo pitoniso cruzando el umbral entre la vida y la muerte.

Y es que, efectivamente, aunque es un hecho absoluto que todos nos vamos a morir, quien también fuera actor, bailarín y escritor emanaba un halo de inmortalidad desde que su fama como astrólogo y sus extravagancias al vestir lo convirtieron en una figura continental a principios de los años 90, cuando se vinculó con el gustado programa de Univisión, Primer Impacto, en el que impuso un estilo único que combinaba su retórica colosal, sus conocimientos sobre astrología y su famosísima frase de despedida que lo catapultaría para siempre: “Les deseo a todos mucho, mucho pero mucho... amor”.

Walter Mercado nació el 9 de marzo de 1932 y se crió en la ciudad de Ponce, en Puerto Rico. En la universidad se especializó en pedagogía, psicología y familia, y fue por aquellos tiempos en los que fue seducido por los insondables misterios de la mente humana y el poder de las plantas medicinales, según se desprende de centenares de biografías y entrevistas que se le realizaron durante su reinado de décadas en la mirilla pública.

A saber si fue Natura o alguna conexión cósmica la que le dio un viraje total a su vida, el día menos pensado y gracias a un evento totalmente fortuito. Siendo ya toda una autoridad en la astrología en su natal Puerto Rico, un día cualquiera Wálter se levantó en la mañana sin imaginarse (¿o sí?) que aquella noche su destino cambiaría para siempre. En un programa televisivo estaba prevista la presentación del cantante español Camilo Sesto –quien ¡oh coincidencia! también falleció en este 2019–, pero a última hora el entonces archifamoso artista no pudo asistir al programa y entonces a alguien se le ocurrió que Walter ofreciera el horóscopo en el lapso que le correspondía a Camilo.

Cada vez que Mercado recordaba esta hazaña, se le atoraba un nudo en la garganta y a veces, se permitía llorar: se mandó sin paracaídas, en horario estelar e improvisó una descripción de los doce signos zodiacales que al día siguiente sería comentario en medio Puerto Rico. Nunca mejor dicho ¡Había nacido una estrella!

A partir de ahí, su ascenso fue imparable: en la década del 70 se afianzó con apariciones regulares en cadenas locales de televisión en Puerto Rico, y ya en los 80 dio el salto que lo catapultaría en el resto del continente: se radicó en Miami, empezó a escribir sus horóscopos en diversos diarios y bueno, era cuestión de tiempo para que la televisión hispanoamericana radicada en Florida le pusiera el ojo. Así, a principios de los 90 daría el gran salto de su vida, cuando subió al pináculo al vincularse con su sección permanente de astrología en el ya mencionado Primer Impacto, en el que entonces hacía gran química con las dos presentadoras estelares del espacio, María Celeste Arrarás y Niurka de Llanos, y los tres armaron un equipo que se volvió adictivo para las audiencias de todo el continente, a juzgar por los ratings de entonces.

Números hablan: el astrólogo cautivó una audiencia de 120 millones de personas, entre EE.UU. y América Latina por más de tres décadas.

Pero nada es para siempre y, conforme fueron pasando los lustros, Mercado salió de la televisión abierta pero se mantuvo vigente con columnas zodiacales en diversos medios en Florida, México y el resto de Latinoamérica.

La muerte de Mercado supuso gran sorpresa, pues aunque había uno que otro rumor sobre sus problemas de salud, ya hasta el interés por conocer su verdadera edad había pasado hace mucho tiempo: él era Walter Mercado y, aunque ya no saliera en televisión, la evocación de su imagen siempre estaba ligada a su estrafalaria vestimenta acompañada de su gesticulación, que se había convertido en una especie de danza ligera, siempre desafinado la cámara. Ahí bailoteaba entre lo gracioso, lo poético y la parte seria de la astrología.

Dos meses antes de su fallecimiento, El Museo de Historia de Miami le rindió un homenaje con una exposición que reunió doce de sus mil capas y joyas, parte de su parafernalia que tanto seducía, así como objetos personales y fotografías. Unas semanas después, la noticia de su fallecimiento, a causa de un fallo renal, lo haría viajar a “otro plano espiritual”, como lo dijo una pariente a la cadena CNN.

Entre tanto, sus familiares y allegados repitieron, en sus homenajes póstumos, que Walter tenía una fascinación increíble por los astros, desde su más tierna infancia. “Desde que me conozco como un niño, miraba las estrellas, siempre. Tenía obsesión con el mundo astral”, decía él mismo. Allá debe estar, como diría Ricardo Montaner, “en una nube, al final del arcoíris”...

La autora es periodista