Fo León (fo.leon@gmail.com). 9 diciembre, 2019

Son los setenta en la ciudad de Monterrey, al norte de México. La familia de Celso Piña es una cantera de talento. Celso aparte de músico, sale incómodo. A pesar de tener bases fuertes en ritmos locales como la música norteña y el tropical, decide dedicarse a la música colombiana que invade las pistas de baile de su pueblo. Bajo protesta (“¿Porqué no tocas lo nuestro, Celso?”) su papá le construye instrumentos inspirados en los colombianos, tratando de replicar su sonoridad tradicional. Sus hermanos acceden y tocan en el conjunto donde nadie más quiere tocar. Los bares y salones le cierran puertas: “esos eventos de Celso son para cholos, marihuanos y lesbianas”. Las disqueras de la capital simplemente lo ignoran.

Ilustración: Luis Felipe Quesada
Ilustración: Luis Felipe Quesada

En los ochenta los chiquillos ven los afiches en las paredes de sus barrios y escuchan las radios locales: está Celso Piña y su Ronda Bogotá por todo lado. Tiene diez años activo. Ha sido insultado y marginado, pero sigue con su sonido que es como un sincretismo sonoro del norte con el sur. Los chicos crecen y hacen su propia música. También ven hacia afuera de Monterrey y, aprendiendo de Celso, se roban todo lo que encuentran apasionantes: el hip hop, el new wave, el progresivo, el alternativo, el punk. Hacen todo ellos mismos, sus afiches y sus grabaciones. Sus influencias se mezclan con sus paisajes y nacen sonidos frescos, bastardos de la modernidad y la tradición. Aprendiendo de Celso, ignoran las protestas de su barrio, de sus padres, y sueñan.

Rodeada de montañas y muy lejos de Ciudad de México, Monterrey tiene universidades importantes y mucha industria. Tiene relevancia y su propia idiosincrasia… pero fuera de México casi nadie la ubica en un mapa. En los noventa, la juventud ve MTV Latino y está fascinada con las bandas de Buenos Aires y Ciudad de México. Estas dominan el debate cultural y muy poco logra entrar en la programación aparte de ellas... pero en la segunda mitad de esa década se rompe el candado. De Monterrey sale la Avanzada Regia, una generación de bandas jóvenes con una diversidad alucinante de sonidos: Zurdok, Control Machete, Plastilina Mosh, El Gran Silencio... La Avanzada le da voz a la ciudad, e inspira a jóvenes fuera de las dos grandes capitales a soñar con ser escuchados.

Al empezar el milenio, Celso descubre los contrastes de su éxito. Suficiente para inspirar a una generación de jóvenes a tomar los escenarios del mundo… pero no suficiente para él personalmente trascender Monterrey. Celso no llega ni a Panamá, mucho menos a Colombia. No obstante Toy Hernández, de Control Machete, reconoce el aporte de Celso en toda la música que ha producido, y puede identificar esa rebeldía en su propia autodeterminación. Le propone grabar un disco en colaboración con músicos consagrados que le devuelven a Celso lo que él les dió años antes: valor, estima, inspiración. El primer sencillo del disco es impresionante: Cumbia sobre el río es un remolino psicodélico que mezcla décadas de tradición de música callejera, desde dub jamaiquino, hip hop del Bronx, a cumbia rebajada de Monterrey. La música latinoamericana se sacude a tal grado que uno puede escuchar orquestas tocándola en bodas, y ver proyectos electrónicos de clase media alta que aspiran a imitar su sonido en los bares capitalinos. A partir de ahí Celso se convierte en una estrella internacional, su éxito dignificando las músicas marginales y validando los sueños de nuevas generaciones.

Finalmente conoce Colombia en el 2010, donde es recibido por sus ídolos de juventud.

El autor es escritor, productor y gestor cultural.