Alma Fernández. 7 diciembre
Foto: J.A Venegas C.
Foto: J.A Venegas C.

El 9 de setiembre mi papá dejó su cuerpo para trascender su alma.

Se fue como se van los seres luminosos, los seres extraordinarios, los que entregaron su vida y su pasión por lo que amaron, se fue silencioso porque ya lo había dicho todo y se fue en paz.

Nunca vi a mi papá equivocarse, nunca lo vi claudicar, ni siquiera lo vi nunca dudar, su integridad fue siempre de una sola pieza, sabía lo que había que hacer y lo hacía, decía que uno tenía una especie de semáforo en la cabeza que le advertía cuando detenerse, cuando seguir y cuando tener cuidado, siempre supo tomar las decisiones correctas por arriesgadas que fueran y fue por eso que subió todos los peldaños y logró todas sus metas a través de su pintura, decía que la vida había sido generosa con él y que aunque nunca le regaló nada, tampoco nunca le negó nada.

Su vitalidad y su espíritu le dieron las fuerzas necesarias para superar la adversidad y siguió creando sin descanso, sin tregua, sin pausa porque decía que el tiempo se estaba encogiendo y que él tenía mucho que decir todavía porque él hablaba a través de su obra. Acompañándolo en su estudio, viéndolo usar su paleta encendida con colores vibrantes, luminosos al punto que casi encandilaban me dijo: “mientras más tenue se hace mi voz, más fuerte se hace mi pintura”. Sus cuerdas vocales se habían deteriorado pero su otro lenguaje se hacía cada vez más profundo, más rico, más sofisticado, pintaba con total desparpajo, dejándose ir como si de un personaje de su misma obra se tratara, su pintura le daba vida y él hizo vivir su pintura. Decía que él habitaba ahí adentro y era verdad, se pintó de muchas formas, en forma de caballo, de toro, de minotauro porque en ellos encontraba la fuerza física que le faltaba, se pintó sentado en su silla de ruedas dentro de una jaula que lo resguardaba, se pintó volando en los azules de los que se adueñó pero también al decir que habitaba su pintura se refería a la relación sacramental que llegó a tener con ella, una relación amorosa, de entrega total, de pasión, de respeto, de honestidad.

Su fragilidad exterior fue inversamente proporcional a su fortaleza interior, era como un volcán de esos que metía en sus cuadros para agregarles energía telúrica.

“La pintura ha sido generosa conmigo. Me ha dado todo”.

Pobló papeles y lienzos blancos de magia, los llenó de aves que representan ilusiones, sueños, y esperanzas. Pintó barcos de amores perdidos, pintó lunas que iluminan el azul de sus atmósferas, pintó miradas, pintó tauromaquias que representan la lucha, su lucha, entre la vida y la muerte, pintó sus mujeres atávicas, ancestrales, poderosas, pintó con el alma. Le gustaba definirse como un artista expresionista en un ámbito mágico dentro de la pintura y sentía que su mayor aporte al arte costarricense fue la ofrenda del elemento mágico dentro de ella.

Una mente brillante, una creatividad inagotable, una sensibilidad extraordinaria, Rafa Fernández no tenía fronteras, ni físicas ni mentales ni territoriales, un artista inmortal que deja un legado invaluable.

La autora es galerista.