Stefani Mitchell de la O. 8 diciembre
Foto: AP.
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La muerte de Kate Spade a principios de este año reverberó dolorosamente a través de mi generación de mujeres estadounidenses, entre aquellas que crecieron tomando taxis amarillos a través del Upper East Side o, como yo, fugándose de las clases para ligar con modelos en Ocean Drive o montando caballo en las montañas de Santa Mónica.

Había una sensación de haber perdido una amiga de infancia: esta mujer no solo creó bolsos, creó piezas que se convirtieron en un talismán de la casi edad adulta y la señal indispensable de que uno pertenecía. Sus diseños eran una afirmación de que la feminidad y el profesionalismo no se excluían mutuamente, que uno podía ser femenina y exitosa a la vez.

La diseñadora nació Katherine Brosnahan en Kansas City, Missouri; y sus bolsos eran sencillos, el único adorno era una pequeña etiqueta negra con logo en letras blancas. Su atractivo fue más allá de la ciudad de Nueva York, pero siempre estuvo intrínsecamente relacionado con el lugar donde se instaló a mediados de los 90.

Parecía que era parte de un grupo para el que tenías que saber la contraseña, era representante de quien queríamos ser cuando creciéramos. A finales del siglo pasado, su bolso llegó a encapsular un momento definitivamente “Manhattan”.

Ella nos vigorizó porque en los años 90, Nueva York ganó legitimidad como capital mundial de la moda, como el epicentro del minimalismo estudiado; presentado en una paleta que abarcaba todo el espectro de colores desde antracita hasta el marrón carbón. Sin embargo, Kate nunca recibió el mensaje, parecía vivir dentro de una caja de Crayola de 16 colores y nos hizo recordar que una de las funciones principales de la moda era hacer a las personas felices.

Lo que comenzó como un amor por su bolso de nylon negro, se transformó en algo más cuando Kate Spade se convirtió en un pequeño imperio de la moda.

Ella llamó su colección un cruce “entre L.L. Bean y Prada”. Al estampar su etiqueta minúscula y discreta en el exterior, en lugar del interior, ayudó a iniciar la ahora omnipresente estrategia de negocios: el branding. Finalmente, optó por poner sus precios entre $150 y $450, los cuales, en la década de 90, eran aspiracionales pero alcanzables.

Cada joven que llevaba un bolso la admiraba y se cuestionaba si ella también podría ser un Kate Spade.

La compañía creció hasta que finalmente vendió el 100 por ciento de su marca homónima al Grupo Neiman Marcus en el 2006 por alrededor de 90 millones de dólares. Una semana después, Neiman Marcus la vendió a Liz Claiborne LLC por 124 millones de dólares y en el 2017, apenas unos meses antes de que se ahorcara en su apartamento de Park Avenue, la compañía que ella fundó fue vendida a Tapestry Holdings, la empresa matriz de Coach por 2.4 billones de dólares.

“No creo que la moda sea algo que se estimule en muchas escuelas, y deberían hacerlo: es expresión personal”.

En la década después de vender la marca, ella y su esposo, Andy Spade se dedicaron a criar su hija, Frances Beatrix, a la filantropía y recientemente habían lanzado una nueva marca Frances Valentine. Reta, la hermana de la diseñadora compartió en una entrevista que Spade había luchado en privado con la depresión durante los últimos años.

Nadie tiene derecho a especular sobre la vida de una persona con la que no se despierta todas las mañanas. Por lo tanto, nunca sabremos la fuente de su dolor. Pero lo desgarrador y desafortunado es que la alegría, el orgullo y el placer que esta ingeniosa diseñadora trajo a millones de mujeres no fue suficiente para invocar felicidad perdurable en ella.

La autora es diseñadora y empresaria, directora creativa de Nomadic Collector.