Tobías Ovares. 7 diciembre
Foto: Jorge Arce.
Foto: Jorge Arce.

Daniel Gallegos Troyo encarnó el ideal del aventurero que asume el reto de recorrer cualquier camino que lo seduzca. Por eso, no dejó de moverse entre continentes, géneros literarios, oficios teatrales y expresiones diversas de la condición humana. A lo largo del trayecto, tuvo la perseverancia de condensar su pensamiento –siempre creativo– en una obra que incluye numerosos hitos de la dramaturgia y la novela costarricenses.

Fue un hombre inevitablemente lúcido y mordaz. De alguna forma, nunca se deslindó de la rebeldía y la vocación crítica que le “enseñaron” los literatos adscritos a The Angry Young Man, colectivo en boga durante la década de los cincuenta del siglo pasado. Su actitud desafiante provocó más de un escándalo. La Colina (teatro, 1968) estuvo en la mira de la Oficina de Censura por su ácida denuncia contra los privilegios de la iglesia católica.

En el decir de la investigadora Olga Marta Mesén, Gallegos escribió una “única obra” dividida en muchos títulos. Sus obsesiones temáticas ya asomaban en Los profanos (1957) su ópera prima dramatúrgica. El tiempo, la familia, el poder, la violencia, las miserias de una burguesía desfasada y Dios (ausente y presente) fueron los núcleos desde los cuales se forjaron escenas y personajes inolvidables.

Devoto de Shakespeare, heredero de Ibsen y admirador de Strindberg, se codeó con numerosas figuras del teatro y el cine del siglo XX. Lee Strasberg y su Actor’s Studio o Peter Brook y la Royal Shakespeare Company lo acogieron como a un igual. Sin proponérselo, Gallegos deambuló por las metrópolis escénicas occidentales, mientras el drama burgués cedía terreno ante las nuevas corrientes denominadas, años después, como posmodernas.

A pesar de estar en el meollo de aquellas revoluciones estéticas y constelaciones artísticas, regresó a Costa Rica a diseminar lo aprendido. En la UCR, dirigió el Teatro Universitario (1963-79) y la Escuela de Artes Dramáticas (1969-76). Allí también fue miembro fundador del grupo “Arlequín” (en sus etapas universitaria e independiente) y uno de los principales impulsores del ingreso del teatro costarricense a la vida académica y profesional.

Gallegos fue canonizado como un referente indiscutible de la cultura de este país. Sus estantes o baúles –nunca se puede tener certeza con un iconoclasta– estaban llenos de reconocimientos, a saber, el “15 de septiembre” (Guatemala, 1960), el Áncora (1984 y 1992), el Aquileo J. Echeverría (1964, 1968, 1994) y el Premio Nacional de Cultura “Magón” (1998). En 1990, fue instalado en la Academia Costarricense de la Lengua.

“Se acaba el tiempo y uno sigue haciéndose preguntas. Algunas de ellas no encuentra respuesta. En otras, sí: el amor es una respuesta definitiva".

En su periodo de madurez, Gallegos se dedicó a la escritura de novelas. Esa migración creativa no debería ocultar el alejamiento material y afectivo del autor, respecto del medio escénico local. Su desencanto con la sistemática banalización del teatro como estrategia para mejorar la convivencia de las personas lo llevó a poner sus esfuerzos en otros amores que le correspondieron, colmándolo de satisfacciones. Daniel Gallegos Troyo partió hacia la eternidad el 21 de marzo de 2018. Animador absoluto de nuestra vida cultural, renovó cualquier experiencia artística que tuviera la palabra como sustrato. Amó a tal punto el Teatro que sus intérpretes lo recuerdan preocupado, con igual pasión, por el sentido profundo de sus puestas como por el último doblez de un vestuario.

Cuando alguien es capaz de tanto, no puede más que salvarse del olvido.

El autor es critico de teatro en ‘La Nación’.