Rosa Chinchilla (rochinchilla@gmail.com). 17 diciembre, 2017
Ilustración: Édgar Jiménez
Ilustración: Édgar Jiménez

Yo crecí en la que considero la última gran época de la música: donde escuchábamos casetes o CDs y veíamos VHS con videoclips grabados de MTV o TVA hasta que se rayaban, se ensuciaban las cabezas o se arrugaba la cinta. Y eso quizás hacía que uno apreciara de una manera muy diferente cada grupo y cada canción que llegara a sus manos y grabadoras.

No recuerdo cómo conocí a Chris Cornell. No sé si fue primero a través de algún vídeo musical del Superunknown o el Badmotorfinger, los discos más importantes de Soundgarden en ese momento; o si lo descubrí con su pinta de metalero en Singles, aquella película –hoy de culto– que se centraba en la vida amorosa de unos jóvenes en la capital del grunge, Seattle, y que se convirtió en referente para todos los que nos gustaba ese género. Lo cierto es que fue a través de su trabajo a inicios de los años 90 que se convirtió en uno de los artistas obligatorios dentro de “la galeta” de música de aquellos tiempos, junto con Pearl Jam, Alice in Chains, Nirvana y Stone Temple Pilots, por mencionar unos cuantos.

“No sabes cuán importante es para ti una influencia artística hasta que de repente desaparece”.

Después del rompimiento con el grupo que lo vio hacerse famoso, seguiría la consolidación de su carrera a través de Audioslave, un Rage Against the Machine reloaded, sin Zack de la Rocha; y una serie de álbumes solistas donde Cornell mostraría su lado más íntimo.

Pero es quizás su rango de voz lo más distintivo de este artista: Chris Cornell hacía vocalmente lo que quería, por lo que podía pasar de un tono sobrio y calmado a una agudeza emotiva que potenciaba sus letras introspectivas. Todo suena diferente con Cornell interpretándolo, que lo diga Billy Jean de Michael Jackson, en una versión acústica que toca las fibras más emotivas de cualquiera que se llame a sí mismo roquero.

Esa emotividad fue parte distintiva también de sus letras, extensión artística de su vida: Cornell tuvo que luchar desde joven contra adicciones y depresión, contra el dolor de perder a colegas y amigos, especialmente a Andy Wood, el cantante de Mother Love Bone, otra genialidad de Seattle que nunca pudo disfrutar del estrellato, pero al que debemos Temple of the Dog y Pearl Jam. Esa lucha se puede escuchar en prácticamente todos los álbumes de su carrera. Es por ello que su muerte, a pesar de tomarnos por sorpresa, a fin de cuentas, siempre pareció anunciada. Hito y sobreviviente de su época, Chris Cornell apagó su voz este 2017, uno de los últimos grandes de esa última gran época de la música.