Jenny Cascante (jencg23@gmail.com ). 17 diciembre, 2017
Ilustración: Natalia Soto
Ilustración: Natalia Soto

Durante los ochentas, eran común que las televisoras nacionales incluyeran en su programación regular a shows estadounidenses creados diez o veinte años antes. Es así como crecí viendo Mr. Ed, Mi Mujer es Hechicera y Mi Bella Genio, entre otros programas de la época.

Gracias a esto, la primera imagen que viene a mi mente cuando alguien menciona a Batman es Adam West. Imposible olvidar a ese sonriente hombre con traje color azul grisáceo, los guantes y botas azules, la máscara con cejas dibujadas en arco, y la distintiva capa que asemeja las alas de un murciélago. A diferencia de los Batman modernos que lucen atormentados y paranoides, este Batman parecía estarla pasando muy bien mientras combatía el crimen, y hasta encontraba tiempo para socializar en fiestas, surfear y simplemente divertirse.

Distanciado a lo que hoy identificamos como un superhéroe, para empezar, ni siquiera contaba con una estructura muscular que indicara evidente fuerza física, pero tenía otras cartas bajo la manga como su inocente sentido del humor y esa maravillosa habilidad para bailar el Bati Twist. Tampoco usaba artefactos tecnológicos intrincados para ganar peleas, le bastaba su ingenio y lo que pudiera encontrar en el siempre útil Bati Cinturón. Otro elemento sobresaliente del Batman de Adam West, es la ausencia de verdadera violencia. Sus encuentros con villanos no incluían balazos o sangre, por el contrario, estaban cargados de onomatopeyas visuales que, como aditivo cómico, simulaban golpes: ¡BOOM WHAM CRASH!

Se convirtió en el referente de superhéroe bonachón y simpático que acompañó a generaciones de personas que disfrutamos de sus improbables aventuras y desenlaces donde, por sorpresa, siempre salió bien librado gracias a una cuestionable buena suerte. Aun años después de finalizado el programa de televisión, el personaje jamás abandonó al actor, podríamos incluso suponer que es porque él nunca lo dejó marcharse.

Adam West no dejó de ser relevante, en gran parte, gracias a Batman pero también porque mantuvo en alto su espíritu donde cualquier otro actor pudo ver un riesgo de encasillamiento. Su experiencia como el primer gran Batman lo inmortalizó para siempre y aun cuando tuvo que enfrentar momentos duros, como cuando los nuevos trabajos parecían no funcionar y tampoco volvió a ser parte de entregas fílmicas o televisivas como el hombre murciélago, el mundo jamás olvidó su interpretación y, agradecido, lo elevó al grado de ícono en la cultura popular.

“Siempre he tratado de adaptar lo que hago profesionalmente a mi familia, y no a la inversa”.

Alcanzó algo más que el estrellato, fue capaz de lograr lo que contadas celebridades obtienen en carreras de una vida entera: reírse de sí mismo y aprender a reinterpretarse. Una y otra vez. Dentro de su legado como actor, se encuentra un respetable historial de voces para series animadas, particularmente en personajes similares a Batman: superhéroes con antifaz y conducta descabellada.

También, tuvo el lujo de convertirse en un personaje más cuando empezó a ser “Adam West” en programas de televisión donde formó parte del elenco como actor invitado. Su más reciente (y última interpretación) es el Alcalde West en la serie Padre de Familia, de Seth McFarlane. Ahí tuvo una nueva oportunidad de rendirle homenaje a ese primer gran personaje que le abrió las puertas a millones de hogares alrededor del mundo.

Nunca dejó de ser un invitado especial en convenciones de cómics y superhéroes donde, gustoso, firmó autógrafos y compartió anécdotas con sus seguidores. En abril de 2012, y luego de alrededor de 50 años de carrera, Hollywood le entregó su muy merecida estrella en el Paseo de La Fama.

Adam West falleció el 9 de junio de 2017 después de una corta batalla contra la leucemia. Seis días después, se proyectó la legendaria Bati Señal en la Torre Whitman de Los Ángeles como tributo a un hombre cuya sonrisa continuará brillando cada vez que recordemos que, gracias a su Batman, los superhéroes pueden vivir entre nosotros en las formas más inusuales e inesperadas.