23 septiembre, 2012

Un café de la Plaza Saint-Michel. A mi lado, dos muchachas comen crepas con un brebaje azul, que igual podría ser un exótico cóctel, o Tronex. Ambas narices cubiertas por esparadrapo. Simétricas, manufacturadas “en serie”. Extensas manchas violáceas anillan sus ojos de sombra, y bajan sobre las mejillas. ¿Un infortunado encuentro con Mike Tyson o Carlos Monzón? No: el primero es “ a born again christian ”, y el segundo ya se murió.

¿Un accidente de tránsito con fractura simultánea del tabique nasal? ¿Un inusitado caso de somatización que se manifestó de idéntica manera? ¿Estará la especie humana perdiendo la nariz, devenida innecesaria por designio de la evolución? No. Es cirugía “estética”. Para empezar, la palabra está mal empleada: ninguna cirugía es “estética” –ello es, a menos de que el médico sea un sádico que “estetice” los cortes histológicos y goce al ver la sangre, los tejidos sajados, los músculos expuestos–. A lo sumo, una cirugía podría ser “estetizante”, esto es, “embellecedora”.

¿Se les caerían las narices, a las pobres muchachas, si les quitáramos el esparadrapo que las sostienen? Tentado me siento a preguntárselo. Recuerdo el cuento de Gogol La nariz. Sí: el mundo en manos de una nariz. La gente quiere ser bonita, tal parece. A toda costa. Sometiéndose a cualquier tormento que ello demande. Y bonita según los cánones muy bien pautados que le son impuestos. Prohibido ser feo. Inconstitucional. Violatorio de la Carta de los Derechos Humanos. Afrenta a la moral pública. Obsceno. Sea bonito o será multado, detenido por las autoridades, deportado o llevado a prisión. Silicona, botox, colágeno, emplastos y gelatinas de toda suerte. “¡Que se mueran los feos!”, rezaba una canción de antaño.

Hemos establecido la fatídica ecuación: belleza > poder. Somos pura superficie, esto es, lo que se ve en la dimensión fenoménica de la vida, lo que está “a la vista”. El totalitarismo de la mirada. ¡Acaso tuvo razón Santa Lucía, al arrancarse los ojos, antes que infligirle a los demás el infierno del mirar que cosifica, reduce, fragmenta, vacía al otro de lo esencial humano!

Ahí siguen las muchachas hablando. Sus voces son nasales, apretadas, constipadas. A lo pato Donald. Lucen tristes, enfermas. Porque lo están. Se han masacrado a sí mismas. Para satisfacer las veleidades de algún cretino que les habrá exigido la nariz de Greta Garbo para amarlas. O quizás las cretinas son ellas, que creen que su cuerpo es plastilina, y que su misión en la vida es, primordialmente, ornamental. Embellecer el paisaje, sí. Seres desprovistos de densidad ontológica: como una vasija de Limoges, un peluche, una matriushka o un cromito. La escultura del propio cuerpo: parte de lo que Foucault llamaba “el cuidado de sí”, en el sentido narcisista, enfermizo del término.

“Muchachas: se les acaban de caer sus narices: ¿me permiten ayudarlas?” “No se moleste señor: en casa tenemos una diferente para cada día de la semana”. “Bueno, pues vayan con Dios, entonces”.