Manuel Herrera.   23 agosto
En la Soda La Uruca se come de pie. Las decenas de clientes que a diario pasan por ahí disfrutan solo apoyados sobre una barra de acero inoxidable donde están también las famosas chileras. Fotografía: John Durán.

Son las 11 a. m. de un viernes cualquiera. La Uruca efervesce se torna casi insoportable bajo el inclemente sol propio de las horas previas al aguacero, tomada por el incesante tránsito de vehículos de todo tipo que colman sus vías y ensordecida por las desesperantes bocinas de algunos automóviles que, lejos de ayudarl, solo afianzan el caos que, inevitablemente, habita en las carreteras de ese distrito de San José.

En La Uruca las presas no conocen hora. Sin embargo, se acerca el mediodía y los conductores buscan escapar de algo más crítico con la llegada de la hora del almuerzo y la salida o entrada de escolares.

Justo en el corazón de esa maraña urbana, al costado oeste de la plaza de deportes de esta comunidad josefina, un negocio parece no cansarse de esas escenas que “atestigua” diariamente desde hace 53 años. De hecho, casi pareciera que el caos circundante le sienta bien.

El local llama la atención con facilidad; muy posiblemente porque la fama que arrastra desde siempre se ha esparcido de boca en boca por generaciones, o porque el color anaranjado intenso de su estructura atrae mayor atención que el verdor de la plaza vecina o el gris curtido de la malla que aleja la soda del perímetro deportivo.

Frente a ese comercio –y metros más allá– varios carros, motocicletas y camiones se apostan a la orilla de la carretera. Sus conductores, además de querer reposar el ánimo que caldea transitar por las calles de este país, no se instalan ahí por casualidad: ellos están ahí casi por tradición.

Y es que por más de medio siglo, Soda La Uruca se ha convertido en una especie de hábito para algunas cientos de las miles de personas que se movilizan por la zona.

Enrique Valverde es uno de esos clientes que se estacionan ahí con rigor. El mensajero de una venta de repuestos de carros no titubea en parquearse unos minutos frente a la soda, cuando la ruta que lleva para las distintas entregas que realiza se lo permite.

Aunque los hijos de los fundadores de “La culo con culo” han procurado mantener el concepto con el que la soda inició hace 53 años, hoy en día ahí se puede pagar tanto en efectivo como con tarjeta.

“Tengo más de 10 años de ser cliente de esta sodita. Me la recomendó un amigo que ya falleció. Meses antes a que muriera me había hablado de la soda, incluso me invitó, pero lo fuimos posponiendo y luego él enfermó”, contó Arias.

En honor a aquella amistad, semanas después el vecino de Heredia se decidió por conocer aquella soda, y desde entonces la frecuenta.

“Picadillo de papa como el de aquí y un gallo de torta de huevo con salchichón como el de aquí no los encuentra nadie en otro lugar. Además de que tiene muy buenos precios”, justificó Valverde su asidua visita a la soda.

Enrique no es el único que le rinde culto a esos gallos típicos. A los costados de este señor de 51 años, varios más hacían lo propio y asentaban con la cabeza las aseveraciones del “compañero de mesa”.

“Recomendadísimo, si puede existir alguien que no haya pasado por aquí o no haya escuchado de esta soda, a esa persona le digo que no sabe lo que se ha estado perdiendo”, remató antes de darle el último sorbo al fresco de tamarindo con que acompañó su almuerzo.

El famoso 'Doble' es un gallo de torta de huevo y salchichón. Es el platillo con más salida de "La culo con culo" y la razón por la que ahí, diariamente se necesitan entre 25 y 30 cartones de huevos y unos 30 kilos de salchichón. Fotografía: John Durán.
Seducidos por ‘el doble’

Como Enrique y los compañeros de turno, cada día por Soda La Uruca pasan decenas de personas que, entre las 5:30 a. m. y las 5 p. m. de lunes a viernes, buscan el tradicional Doble (como le llaman al gallo de torta de huevo con salchichón), el gallo de papa, el casado y las otras comidas típicas que se cocinan ahí.

Usualmente, los comensales acompañan cada orden con un café bien caliente o un refresco de chan o tamarindo.

La legendaria soda la fundaron en 1966 Aidé Chacón y Juan José Jiménez, un matrimonio vecino de La Uruca que abrió el establecimiento por sugerencia de un amigo.

“A mi papá, la idea de montar esta soda se la dio un amigo y desde que se abrió está ubicada en el mismo lugar. Él montó la soda aquí a esta lado de la plaza porque antes vendía granizados en esa parte de La Uruca y era un lugar que le gustaba. Antes, la soda sí era más pequeña, pero luego se amplió un poco”, explicó Juan Carlos Jiménez Chacón, uno de los cinco hijos del matrimonio Chacón-Jiménez que se encargan de administrar el negocio en la actualidad.

Las memorias del icónico establecimiento no fluyen con facilidad en la mente de Juan Carlos, pero sí es claro de que el concepto con el que nació la soda ha persistido en el tiempo.

“Mis hermanos y yo hemos procurado mantener la idea de la soda igual a como la crearon mamá y papá. Incluso lo que aquí se vende ha permanecido porque esto empezó con los gallos de tortas de huevo con salchichón, y siempre se ha dado el café, el fresco de tamarindo y el de chan”, agregó Juan Carlos.

También en el tiempo se ha sostenido la ausencia de mesas individuales o de asientos para los comensales. La soda, desde su nacimiento, fue “tipo ventana”, y por ello aún hoy ahí se come de pie apoyado en una barra de acero inoxidable.

La única intención de ofrecer espacios para sentarse se manifiesta en una banca de perlin con, a lo sumo, siete plazas, que está frente a una angosta barra de cemento enchapada con cerámica blanca, y ubicada a un costado de la soda con vista a la plaza de deportes.

José Alberto Jiménez es hermano de Juan Carlos Jiménez. Entre ellos y sus otros tres hermanos actualmente administran la Soda La Uruca, que sus padres fundaron hace 53 años. Fotografía: John Durán.
Sin escapar de la chota

Esa particularidad de no tener asientos en un país que también se alimenta de la chota, rápidamente le valió un apodo a Soda La Uruca: “La culo con culo”.

Juan Carlos Jiménez explicó que como en antaño el local fue mucho más pequeño y la clientela era tanta; la barra donde servían los pedidos se abarrotaba de personas que comían muy apretujadas.

“Es más conocida así (“La culo con culo”) que con su nombre original. Eso viene de que el espacio era muy pequeñito y como venía tanta gente, entonces comían muy estrujados”, cuenta Juan Carlos Jiménez.

No es la única etiqueta que tiene la famosa soda, a otros les resultará más familiar “Los parados” (porque se come de pie) o “La McDonalds de los pobres” (por los precios populares).

“Hay dos cosas por las que creo yo que este negocio ha permanecido en el tiempo. La primera, por el servicio que aquí damos y la segunda por los precios, que son muy cómodos. Tener esos precios le da la oportunidad de venir a más gente y a nosotros de continuar funcionando”, apuntó Juan Carlos Jiménez.

Por ejemplo, en “La culo con culo” un almuerzo tipo casado con fresco cuesta ¢2.300; un gallo con fresco, ¢1.350; los gallos son a ¢800... “Aquí es barato”, resumió Jiménez.

Sobre la clientela diaria y semanal que tiene la soda, ofrecer una cifra certera sería arriesgado, aunque sí pueden ser más de 1.000 personas a la semana.

“¡Si pudiera contar uno la gente que ha venido aquí!”, lamentó don Juan Carlos. “Aquí viene mucha gente. Siempre hay gente. Viene mucho taxista, trailero, mensajero, gente de oficinas o de bancos. Es mucha gente la que viene”, afirmó Juan Carlos, quien ese viernes estaba al frente del negocio (el tiempo en el local se lo turna entre los hermanos).

Por supuesto que el plato con más salida en la cocina es el famoso gallo doble que las dos cocineras del local preparan –como todos los demás– a la vista de la clientela y que puede acompañarse con la famosa chilera que ahí preparan.

Los clientes no faltan en la Soda La Uruca, principalmente es frecuentada por mensajeros, traileros o taxistas. Fotografía: John Durán.

La apuntalada venta de ese gallo significa que, diariamente, “La culo con culo” necesite de entre 25 y 30 cartones con huevos, y de al menos 30 kilos de salchichón, para suplir su alta demanda.

“Para nosotros este negocio ha sido una bendición de Dios y gracias a mi papá, que falleció hace 14 años, y a mi mamá, que sigue viva (la señora tiene 85 años) pero muy enfermita. Uno le pide a Dios que cada día nos dé la salud suficiente para salir adelante. Esto quedará aquí para los hijos de nosotros y así irá pasando”, asentó Jiménez.

En procura de afianzarse aún más en la zona, Soda La Uruca también abre los sábados y los domingos, con un horario más reducido que lo habitual, pero con seguridad a la hora del almuerzo la encontrará funcionando.

Así, en medio del estrepitoso palpilar de La Uruca, un local no ha sufrido las secuelas del tiempo y luce imbatible ante la competencia que se la ha plantado al frente.

Son las 2:30 p. m. de un viernes cualquiera. La Uruca está intransitable y la paz de muchos conductores bajo amenaza. El calor no se disipó, las bocinas no dejaron de sonar y la clientela no le da tregua al mítico establecimiento vecino.

Blanca Fernández Guzmán disfrutó de su gallito de salchichón sentada en la comodidad de su vehículo. Ella pasa con frecuencia al local. Fotografía: John Durán.