Yuri Lorena Jiménez.   8 mayo
A veces, un post en redes, con las imágenes y palabras adecuadas, constituyen una sacudida a la consciencia. Imagen FB

Un post en Facebook de un querido colega y amigo, José Andrés Soto, la semana pasada, me sacudió por la confesión que realizó no solo de que había estado grave (gravísimo) por causa de la covid-19, sino que simultáneamente su mamá había enfermado por la misma razón, que fueron hospitalizados casi al mismo tiempo y que, si bien él salió con vida, doña Cecilia no lo logró y falleció el 11 de enero.

Durante los 14 meses que el planeta lleva lidiando con el nuevo coronavirus, las historias dramáticas, tristes y terribles abundan en medios noticiosos, pero posiblemente lo que ha vivido el experiodista de Telenoticias y Repretel y su familia es un tanto atípico, pues él mantuvo ambas luchas, la suya y la de su madre, separadas por un solo piso en el hospital Calderón Guardia.

Sin embargo, la inminente crisis que se cierne sobre la población con el alarmante aumento de contagios y de fallecidos, que podría estar a solo días del tan temido colapso hospitalario, llevaron a José Andrés a publicar, en cuestión de tres párrafos, cuál había sido su realidad a partir del primer día de enero de este año, cuando internó a su mamá, ya diagnosticada con covid-19. Esto ocurrió solo unos días antes de haber sido diagnosticado e ingresado él mismo al hospital en el que había dejado a doña Cecilia Rivera, con el alma en la mano, sobre todo porque su mamá le había hecho el “punteíllo” de que mejor se la llevara para la casa.

Por supuesto, aunque entendible, la petición de la madre no tenía cabida y José Andrés encabezó aquella misión de avanzada en la que le fue entregada corroborado lo que les dijeron antes en un laboratorio privado: doña Cecilia había resultado positiva con la covid-19 y sus 81 años y factores de riesgo, obligaban a una hospitalización inmediata.

El post del Facebook, como se observa al principio, es corto, conciso y revelador. Pero las últimas las líneas nos encendieron las alertas y por eso quisimos ampliar la historia, asidos al mismo razonamiento que esbozó José Andrés al final de su escrito:

“Tuve la fortuna de que la gravedad me sorprendiera con un hospital menos saturado, hoy seguramente la historia sería otra. Tuve la ‘máquina’ que me ayudó a respirar, la misma que en este momento le estará salvando la vida a alguien...la misma que otro espera mientras se ahoga. Así de simple es esto, así de simple es un hospital saturado. Por eso haga lo único que usted puede hacer...cuídese...el Covid existe, se trata de escoger entre él y la vida”.

Ni dónde, ni cuándo, ni cómo

Como ha ocurrido en muchos casos de personas responsables que no tienen idea de cómo se contagiaron, ni José Andrés ni su familia saben cómo la covid-19 llegó a ellos.

Esto significa una preocupación adicional actualmente para el moraviano, pues si aún guardando al pie de la letra las recomendaciones del Ministerio de Salud ellos no lograron salir ilesos, ¿cómo se estará desperdigando la covid-19 entre negacionistas?.

Las alarmantes cifras y proyecciones de las últimas semanas parecen ofrecer las respuestas: estamos a las puertas de una crisis sanitaria sin precedentes en toda la historia del país.

A grandes rasgos, diciembre transcurrió normal para José Andrés y familia. Su esposa Sissi Esquivel, la hija de ambos, Camila, de 22 años, y los demás se preparaban para disfrutar de celebraciones de fin de año en burbuja y comunicados con otros seres queridos por medio de reuniones virtuales.

Pero a eso del 27 de diciembre, doña Cecilia empezó con síntomas de lo que parecía ser una gripe “quiebrahuesos”. No cundió el pánico, no había por qué. Pero sí la prudencia: la señora tenía 81 años y varios factores de riesgo.

“Yo soy el mayor, tengo 55 años y tres hermanas menores, somos una familia muy unida... ella era el centro de todo, mamicéntrica. Los domingos se alistaba temprano porque siempre llegábamos a almorzar”, rememora el comunicador a manera de introducción, en una extensa conversación telefónica en la que sobraron las lágrimas y también las risas... porque José Andrés es de esas almas positivas que hasta en los momentos más densos, es el alma de la fiesta.

Solo así se explica que, en medio de las dantescas situaciones recién vividas, una vez que pasó su periodo de introspección, sea capaz de contar con tanta coherencia y detalle todo lo ocurrido.

La primera pregunta que se impone es cómo y por qué, si tanto el diagnóstico de su mamá como el suyo y sendos agravamientos se dieron desde principios de enero, con los desenlaces ya conocidos, no fue sino hasta el 30 de abril cuando contó su verdad en el el sucinto pero vehemente post en Facebook.

“Cuando salí de esto muchos amigos y colegas me dijeron que tenía que compartir mi testimonio, el mío y lo de mami, lo de la pérdida irreparable, lo de mis luchas, pero necesitaba un tiempo para poder digerirlo antes de compartirlo”, se sincera José Andrés.

Esto incluyó el proceso que tuvo inmediatamente después de ver la luz del día tras salir del hospital. Se decía a sí mismo “Sí Andrés, tu mamá se murió, ella está ahí enterrada”... y bueno, por ahora el tiempo está haciendo lo suyo y por eso el comunicador cuenta el caso con todo detalle y sin ambages.

“Cuando salí de esto muchos amigos y colegas me dijeron que tenía que compartir mi testimonio, el mío y lo de mami, lo de la pérdida irreparable, lo de mis luchas, pero necesitaba un tiempo para poder digerirlo antes de compartirlo”, se sincera José Andrés.

“Nosotros hemos sido muy unidos siempre, con esto del coronavirus teníamos protocolos y todo lo relativo a mami lo consultábamos entre nosotros, el cuido y la prevención, pero a finales de diciembre ella empezó con una gripe muy fuerte como desde el 27 (de diciembre) y ya para el 31 no nos reunimos, ya teníamos la sospecha de que mami podía estar positiva, mis hermanas lo pasaron en su casa y yo en la mía , para la cena del 31 de diciembre lo que hicimos fue usar la herramienta del celular, pero Mami ya como a las ocho se había ido a dormir, era evidente que no se sentía bien”.

No bien amaneció el primer día del año, cuando José Andrés la llevó a hacerse la prueba en un laboratorio privado, pero él observó que la señora estaba con problemas de respiración y decidió que lo mejor era llevársela para el hospital Calderón Guardia. A eso de las 10 de la mañana empezaron el protocolo respectivo, le hicieron un segundo examen de hisopado y ya como a las 10 de la noche le dijeron: “Doña Cecilia, salió positiva con covid. Luego le hicieron otros exámenes, como placas de pulmones y demás y entonces una enfermera me dijo que fuera porque a mí me iban a entregar todas las pertenencias… La última vez que la vi fue con la bata hospitalaria, el enfermero me recordó que por las circunstancias no había sistema de visitas y solo acaté a decirle: ‘Mamita te amo mucho (llora él… lloro yo también) Dios te acompañe’”.

Ella padecía de insuficiencia cardíaca y tenía otros factores de riesgo, pero ni así se imaginó José Andrés que ahí empezaba el último tramo de vida de la señora, quien fallecería 11 días después.

“Ese día, mientras esperábamos en la carpa del Calderón, ya cuando estábamos en la ida para que la valoraran en el Calderón, en un momento determinado me dice: ‘Vea Papito, lléveme para la casa mejor’, y yo le decía ‘Mamá yo no me la puedo llevar para la casa, nada más va a estar hoy, a ver qué nos dicen”.

A sus 55 años, José Andrés Soto es un curtido periodista que se dio a conocer desde muy joven en noticieros de Canal 6 y 7. También trabajó como asesor en Casa Presidencial. Actualmente, está en busca de trabajo. Foto FB

“De una vez yo recibo la orden de confinamiento por haber estado en contacto con ella y me aíslo de mi esposa y de mi hija en la habitación matrimonial, para no tener que cruzarme con ellas en la casa. No se me olvida que en esos primeros días Camila entraba a trabajar en un call center y tenía como una tos, entonces yo le dije que no fuera, aunque perdiera el trabajo por no ir en los primeros días, porque tenía que irse a hacer la prueba pero mientras salían los exámenes, si daba positivo había riesgo de que contagiara a sus nuevos compañeros. Lo más irónico es que tanto ella como Sissi tuvieron contacto conmigo antes del confinamiento y, cuando ya salí yo positivo, increíblemente ellas dos dieron negativo... por eso te digo que esta enfermedad es como el Hombre Invisible, literalmente uno no sabe de dónde viene ni contra quién”.

“Durante esos primeros días de enero estuve con visitación de Emergencias Médicas, hasta que el día 7 fue cuando la doctora me dijo ‘usted no se puede quedar aquí, sus niveles de saturación (de oxígeno) son muy bajos y la fiebre muy alta’. Imaginate que yo me despertaba y la cama era como un cubo de hielo y yo hirviendo en calentura, afuera me dejaban un recipiente con agua de hielo me ponía en la frente, las piernas, nuca, en las plantas de los pies y apenas se me calmaba un poco”.

Para Soto no dejaba de ser surrealista que apenas unos días antes estaba recibiendo las pertenencias de su mamá mientras ella era ingresada a sala, y ahora era él, quien nunca en su vida había estado hospitalizado, el que estaba siendo ingresado en el cuarto piso.

El detalle es relevante porque, según cuenta José Andrés, con el humor negro que caracteriza al tico, pronto se enteró de que había sido ubicado en el piso más “benévolo” de lo que habían bautizado como la “Escalera al cielo”, que son los pisos cuatro, cinco y seis del hospital, que es el de Cuidados Intensivos. “Según el piso en el que uno esté, se sabe que ya las posibilidades (de sobrevivir) se complican más”, rememora Andrés.

Y se prodiga en contar lo más detallado posible el calibre de la gravedad de las afecciones que suelen invadir por distintos flancos a quienes son hospitalizados con covid.

“A mí lo que me pasó fue que la quiebrahuesos escaló a una infección pulmonar severa. Si no tenés esos equipos de alto flujo de oxígeno… es que la gente no se imagina, ni uno mismo se imaginaba, son 50 litros de oxígeno que pasan por una cánula pegada a la nariz, cuando te toca tenés que pasar como con una turbina pegada en la cabeza, conforme tu organismo va recibiendo esteroides en cantidades industriales”.

“La última vez que la vi (a mami) fue con la bata hospitalaria, la enfermera me recordó que por las circunstancias no había sistema de visitas y solo acaté a decirle: ‘Mamita te amo mucho. Dios te acompañe’”.

La imágenes que compartiría José Andrés de sus momentos más críticos meses después, una vez que había logrado salir avante y además atravesar el tremendo trance de la muerte de su mamá, son implacables.

“A partir del 3 día empezó ‘Cristo a padecer’, tenía unos cambios súper bruscos, repentinamente me empezaron los episodios de asfixia, que solo los puedo comparar como que cojás una piedra y tratés de respirar a través de ella. Luego venía la enfermera a sentarme, me ponían de medio lado y me decía ‘ahí atrás hay un poquito (de oxígeno), siéntalo…respire, y entonces empezabas de nuevo, por encima ya cansadísimo y con aquel temor de ‘cuándo vendrá el próximo ahogo”.

Las crudas vivencias se acumulan en sus recuerdos.

“Frente a mí murieron dos personas, yo las iba viendo muy deterioradas, cuando de repente todos los cubículos los cerraban con cortinas y veíamos donde salía la persona, uno fue un muchacho joven y el otro, don Jorge, de unos 60 años. Son terribles a cada rato esas experiencias” reflexiona José Andrés y no necesita ahondar en el pensamiento recurrente de la posibilidad de que el próximo podría ser él.

Doña Cecilia Rivera y su hijo, José Andrés Soto. Ingresaron con pocos días de diferencia al hospital Calderón Guardia. Él salió avante, tras una titánica batalla. Ella no lo logró. Foto FB

De todas maneras, asegura, la comunicación entre compañeros de sala era mínima, había que administrar el oxígeno, él con costos podía hablar, pues conforme avanzaron los días su condición se deterioraba cada vez más.

“Al cuarto día me dice una enfermera ‘¿Don José, usted sabe hablar por walkie-talkie? Es que un médico le quiere hablar’. Por supuesto que como periodista de Canal 7 y Repretel, en general los periodistas de medios solo nos manejábamos por walkie-talkie en aquellos tiempos, le dije que sí sabía pero al mismo tiempo me digo yo: ‘¡Dios mío! Voy p’arriba!’ Y ya me explican que el doctor está detrás de una pared de vidrio y yo veo una imagen, y aquel costo para volverme de medio lado. Entonces me dice el doctor, por el walkie, con todo el tacto que le fue posible: “Me temo que soy portador de una muy mala noticia. Tu mamá murió”.

Se hace un silencio en nuestra conversación telefónica. Un silencio obligado, con sollozos ahogados a los dos lados de la línea. Él reviviendo en la mente, yo pensando en mi mamá, como supongo que todos los que leerán esta escena evocarán espontáneamente la imagen de sus madres, ya sea que hayan partido o que aún estén con nosotros.

Mi mamá y casi todas las señoras mayores a estas alturas han recibido la vacunación contra la covid-19, que ha traído un poco de tranquilidad –aunque no de despreocupación, hay que seguirlas cuidando--, y mientras José Andrés recrea esos instantes que describe como “un terremoto interno”, como un “despegarse del suelo”, es imposible no recordar los temores que nos asediaron a muchos durante más de un año, imaginando un escenario como el que relata el comunicador.

Y, aunque no quise comentárselo --¿para qué sangrar la herida--? pensé en que también debe ser particularmente dura la muerte de adultos mayores justo cuando la vacunación masiva a esa parte de la población estaba prácticamente a las puertas, a tan solo unas semanas de empezar a aplicarse en Costa Rica.

Como un lejano eco, José Andrés recuerda lo siguiente que le dijo el médico: “Tu mamá no lo estaba logrando, pero es una campeona, hubo un momento en que se fue complicando, ya estaba saturando muy mal, tuvo un shock interno, al final se optó por tratarla con morfina”.

Tiempo después sabría que, ante lo que se venía, una doctora accedió a ponerle el celular al oído con el fin de que sus hijas, hermanas de José Andrés, pudieran pronunciarle unas frases de amor y despedida a la matrona de la familia, a doña Ceci, ya en proceso de partida.

En plena lucha por su vida, José Andrés documentó someramente su batalla, pero no hizo pública su situación, hasta tres meses después de haber salido del hospital. Foto FB

“Uno en el hospital pierde la noción del tiempo, ya yo venía mal pero en eso se me viene esa noticia… ese 11 de enero fue uno de los peores días y sí, saber que todo ese tiempo que coincidimos internados ella estaba solo un piso arriba, digamos a unas gradas o un ascensor ¡y ahí estaba mi mamá! Lo que pasa es que como la condición mía se fue agravando, llegó el momento en que ni siquiera me planteaba ni en forma utópica ir a verla, porque yo no era capaz de dar un paso, mucho menos de subir ni siquiera una grada” reflexiona.

Tras paliar semejante coyuntura de vida, José Andrés se dispone a seguir en búsqueda de trabajo, pues de momento está desempleado

Entre las vivencias más fuertes que recuerda está el momento de despertar al día siguiente de la muerte de su mamá. “Abrir los ojos en la mañana y mientras recuperaba el estado de consciencia, me preguntaba --¿Es verdad? ¿Eso pasó? ¿Mami se murió?-- Pero mientras trataba de asimilar lo que estaba pasando mi situación se agravaba, entonces uno como que se deja ir. Decidí aceptar que Mami se había ido al cielo y que ahora era un ser de luz omnipresente, que estaba en todas partes y cuando me sobrevenían las crisis yo me volvía de medio lado, me agarraba durísimo de la baranda de la cama y le suplicaba ‘¡Mamita, ayúdame por favor!’. Y aunque todavía me faltaba muchísimo para pensar que me había salvado, desde ese momento las crisis empezaron a ser más llevaderas.

Haciendo un recuento muy básico de su parte médico, Jose Andrés tenía muy comprometidos por inflamación los pulmones, con niveles de oxígeno capaces de provocar derrames cerebrales o en todos los órganos.

“Otro asunto son las benditas trombosis, recibís inyecciones diarias de anticoagulante por día, cuando se percata uno tiene más de 40 pinchazos alrededor del ombligo”. Así, poco a poco, José Andrés fue ganando las batallas que se generaban por varios flancos. “Las agujas iban y venían, exámenes a cada rato. Punzadas en los dedos para medirte los niveles de azúcar, radiografías…atenciones y cuidados de primer mundo. Dios bendiga nuestro seguro social. Para obtener lo mismo te cuesta millones por día”.

“Tu organismo se agarró a patadas contra el covid’, le dijo su médico de cabecera cuando lo atendió una semana después de la salida del Calderón, el hospital que había sido testigo de sus momentos más dolorosos e igualmente de su empedrada pero exitosa recuperación.

José Andrés y sus hermanas, acostumbrándose a su "nueva normalidad": asimilando aún el duelo por el fallecimiento de su madre, pero agradeciendo la recuperación del mayor de la prole. De izquierda a derecha, de negro Éricka, al centro Kathia y de flores Ana Rosa, todos Soto Rivera. Foto FB

No es, aclara, que no haya quedado “secuelado” (con secuelas), pues tras salir del hospital, el pasado 29 de enero, ha tenido que continuar con distintos seguimientos y cuidados al pie de la letra por parte de su médico privado. “Yo sé que puede sonar trillado pero es que de verdad la gente no se imagina la clase de ángeles, la calidad profesional humana de la gente que está al frente de nuestros hospitales, en lucha frontal contra la pandemia (…)

“Recuerdo cuando escuché por primera vez la palabra ‘pronarse’, que no es otra cosa que mantenerse acostado boca abajo por horas, para que los pulmones que están hechos un puño por la inflamación que produce el covid no sufran más por peso de los otros órganos del cuerpo. Al estar boca abajo los pulmones se descompresionan, pero viera lo que es estar en esa posición dos o tres horas, con la mascarilla puesta, uno se siente desfallecer si no fuera porque ahí están esos ángeles, el cuerpo médico, haciendo lo imposible por motivarlo a uno en tan difícil condición y lograr que uno salga adelante”, explica Soto, en lo que a no dudarlo se trata de pequeñas grandes batallas que libra el personal médico cada vez que logran que su paciente salga avante de cada crisis.

Actos suicidas

“Hay una psicología de actitudes muy extrañas, yo digo que esa gente que a estas alturas sigue pensando que ‘a mí no me va a pasar’ y que no solo no se cuidan, si no que se exponen abiertamente a distintas situaciones como si no estuviéramos en pandemia, es el equivalente de lanzarse del puente del Saprissa.

Todas esas teorías del negacionismo y de conspiración… la verdad absoluta es solo una: el Covid existe, y mata.

Y yo, que me cuidé desde que todo empezó, que fui responsable, así como mi familia, no tengo la menor idea de cómo nos contagiamos y a la fecha, me sigo comportando exactamente como si nunca me hubiera dado, no actúo como si estuviera inoculado con el covid, es una enfermedad muy nueva, no sabemos si repite, o de qué manera lo hará, son más las preguntas que respuestas”.

De vuelta a doña Ceci y a la forma en que su familia lidia con su “nueva realidad”, aún están en el trance de asimilar que ese roble de matrona que se echó al hombro a sus hijos y se convirtió también en una tremenda abue-madre para los nietos, forma parte de los millones de fallecidos alrededor del mundo por cuenta de un enemigo que apenas hace 14 meses debutaba al otro lado del planeta.

Durante todo el relato, José Andrés hace paradas obligatorias y tremendamente dolorosas, pero la misma experiencia durísima en la que muchas veces pensó salir en su cama, cubierto por una sábana en dirección a su morada final, propician que la conversación con él fluya, a la postre, en medio de agradecimiento y optimismo por haber logrado, por ahora, “darse de patadas” contra el covid, como le dijo su doctor.

Pero no deja de lado el ser diáfano sobre el drama que implicó el fallecimiento de su mamá, incluida la “macabra” situación a la que están expuestos los dolientes, historias que ya conocemos pero pocas veces por boca de alguien que lo vivió en carne propia o peor, porque el reconocimiento y retiro del cuerpo de su madre ocurrió cuando él estaba en el mismo hospital, sin ninguna posibilidad de participar en el ritual, de cruzar y darle un último beso, de declararle su amor eterno.

Hoy, José Andrés insiste en seguir adelante con optimismo, pero no desdeña lo atípica y dolorosa que ha sido la partida de doña Cecilia.

“Mirá, mi hermana Ana Rosa tuvo que vivir esa parte horrible de ir a reconocer a mami… ya ella estaba preparada, pero aún así fue muy duro, porque la tenían en una bolsa plástica con un nudo arriba, cuando destapan el cuerpo de Mami estaba en otra bolsa y había que reconocerla detrás del segundo plástico, el que no se puede abrir por razones obvias, pero entonces de ahí la sellan, la llevan al templo de Moravia con aforo reducido y de ahí la pasaron al Cementerio La Piedad, en Moravia, donde fue despedida por un máximo de 10 personas”, reflexiona Soto.

Él no lo dice, pero a todas luces muy en sus adentros carga con gran orgullo un par de regalazos que se dio él y al mismo tiempo, a su familia y en especial, a su mamá, cuando recién este año cumplió 20 años de no fumar y seis años de no beber licor. A ver, tampoco es que el asunto de la cerveza estaba fuera de control, pero él prefirió no tantear la frontera y en los dos casos, se apegó a aquel adagio que reza “Los límites no te limitan, te liberan”.

Pero, más allá del fresquito en el corazón que puede sentir al lograr ambas gestas, José Andrés está seguro de que, de no haber interrumpido el vicio del tabaco, sobre todo, no estuviera contando la historia de cómo superó al covid.

Momento épico

Su salida del hospital se convirtió en una comunión única entre él y sus hermanas. “Salí a las once y media de la mañana del hospital, y como a la una, llegaron a la casa mis tres hermanas… de alguna manera, yo ahí me reencuentro con Mami… (…) Luego fuimos al cementerio, ¡yo fui al funeral de mi mamá 17 días después de sepultada! Se notaba que era una tumba recién cavada, yo me regreso con ese vacío, pero entonces le doy vuelta poco a poco al sentimiento y bueno, Mami vive en mí, en nosotros, entonces ya yo fuera de la emergencia inmediata que viví todos esos días en el hospital, puedo recordarla jugando con Blacky (su perrito), disfrutando en el patio de sus gallinas ¡les tenía un nombre a todas! …

Ya con más calma, el periodista en las últimas semanas se ha dedicado a cultivar el pasatiempo absoluto de doña Cecilia, las flores, y prodigarle lo que el llama “el vicio” de su mamá. “No tenés idea de cómo le gustaban las matas. Entonces, ahora que me siento mejor y puedo caminar y llevarle sus flores al cementerio, llego y le digo ‘Ve, mami, GANÉ. Te amo’.

"Hace tan poco tiempo de lo que será para siempre, que esta tarde, leyendo tu lápida empecé a convencerme de lo que todavía me parece mentira...gracias mami por todo y por tanto...por tu amor y tu dulzura, mientras viva siempre serás mi Tita...Te amo". José Andrés Soto, 27 de marzo. Imagen FB