Fernanda Matarrita Chaves.   2 marzo
Isabel Johhaning, directora de Casa Emanuel y del centro de rehabilitación Casulo en Guinea Bisáu. Foto: Isabel J para LN

Todo empezó en 1993, cuando Isabel Johanning, una odontóloga costarricense viajó a Guinea Bisáu, un pequeño país ubicado en el occidente de África para ayudar con su profesión a las personas más necesitadas y a la vez, “darles palabra de Dios”, pues también era misionera.

Su primera estancia duró poco debido a que una malaria cerebral comprometió su vida. Regresó a Costa Rica y aunque le recomendaron no volver, ella persistió con su misión.

En 1995 volvió junto a los misioneros Eugenia Castro, Julio César Herrer Steler y Enrique Hadas y esta fue la definitiva, pues al poco tiempo de estar en el país, Isabel adoptó a una pequeña de siete meses llamada Mariama.

Para 1998 Isabel y Eugenia tenían a su cuidado a nueve niños, junto a quienes sobrevivieron durante la guerra civil de ese año en Guinea Bisáu.

Más de dos décadas después, la historia continúa.

Isabel junto a varios de los niños que viven en Casa Emanuel. Foto: Facebook Casa Emanuel
Mamá de cientos

“Mami”, así llaman más de 120 niños a Isabel Johanning, de 68 años y directora de Casa Emanuel, un orfanato, fundado en 1995 por ella y por Eugenia Castro, que cuida a niños sin padre o aquellos a quienes sus progenitores no pueden mantener. Algunos de esos pequeños nacieron con VIH.

Entre los niños del hogar había varios con diferentes discapacidades físicas o intelectuales, y por ello, desde hace dos años se creó el centro de rehabilitación Casulo. Actualmente, 21 chicos con distintas condiciones viven allí.

“A los niños nos los traen. Nunca los he tenido que ir a buscar. Casa Emanuel comenzó con Mariama. Un día me presentaron a la mamá de una chiquita de siete meses que estaba desnutrida, pesaba apenas dos kilos. La mamá era ciega. Ayudé a recuperar a la bebé pero la mamá no la quiso de vuelta, por supuesto que la adopté. Fue la primera chica que adopté. Ella hoy tiene 24 años y trabaja en odontología conmigo. Recibo niños que perdieron a su mamá durante el parto y que tienen abuelas enfermas, a veces no tienen cómo sustentarlos porque la leche es muy cara (una lata puede costar ¢5.500)”, cuenta Isabel, quien tiene tres hijos adoptados y tres biológicos.

En el caso del centro de rehabilitación Casulo, esta iniciativa nació con el ideal de ofrecerle a los pequeños con discapacidad un espacio más óptimo, pues los niños de Casa Emanuel podían lastimarlos durante sus juegos. También, la apertura del lugar dio la posibilidad de que Isabel habilitara nuevos recintos para recibir más infantes y así protegerlos de un peligro de muerte, pues culturalmente los bebés que nacen con una discapacidad son considerados como “maldición de los antepasados”.

“Aunque el niño tenga solo una mano con alguna condición, hay padres que no asumen a sus hijos. Dependiendo de la aldea, muchas veces los dejan a la orilla del mar para que la marea se los lleve, o los meten en hormigueros gigantes para que ahí mueran. Por cultura, la familia aísla a la madre de tal manera que tiene que ver dónde deja al niño. Vienen a pedir ayuda y es difícil aceptar más. ”, admite.

El único parámetro para aceptar niños en Casulo es tener espacio. Si sale uno, puede entrar otro, la complicación se presenta porque difícilmente adoptan niños con discapacidad. En el caso de los niños de Casa Emanuel, ellos sí son adoptados con más regularidad, y actualmente ese centro de cuido tramita 28 adopciones solicitadas de países como Argentina, Costa Rica, Brasil y Portugal.

“Los chicos de Casulo gastan más pañales, más todo. Son los más difíciles de alimentar. En todo Guinea Bisáu creen que esos chicos no valen. Sienten que son maldiciones. Es muy difícil. Nadie los quiere adoptar. Tengo padrinos de otros países para algunos, pero difícilmente se los van a llevar.

En el caso de recibir más niños, he tenido que aprender decir que no cuando traen nuevos chicos. Entendí que no puedo solucionar el problema de todo el país. A veces algo me lo dice en el corazón, yo los acepto, pero he tenido que rechazar bastantes”, reconoce la costarricense.

Tras su labor protegiendo niños, para Isabel es difícil rechazar pequeños sabiendo que su destino puede ser el peor. Irremediablemente ella ha aprendido a sobrellevarlo, pues entiende que no tiene la solución “para todos”.

“Una vez tuve que tomar una decisión. Dije: ‘puedo ser tía o madre, si era madre no podía dejarlos (a los chicos de Casa Emanuel y Casulo) y si era tía, podía ayudar desde lejos’. Decidí ser madre. Intenté ser la mamá, aunque no puedo hacerles cariño a todos. Estoy presente en todo lo más importante. Todos me dicen mami, no quiero que ninguno tenga a nadie a quien no decirle mami, por eso he podido resistir. Solo Dios me ha dado esto, lo hago en el mundo de Él, en el mundo natural sería visto de otra forma. Solo en su mundo (espiritual) esto se puede hacer bien ”, afirma.

Aunque el gobierno portugués otorga un subsidio mensual del 40% para Casa Emanuel (y Casulo), los gastos son muchos, principalmente porque ahora en ambos lugares tienen muchos bebés (entre los dos centros consumen ocho latas de leche diarias). El apoyo de padrinos ayuda con la compra de comida. “Los de Costa Rica nos ayudan mucho. Hay gente muy generosa”, dice.

Actualmente, Casa Emanuel tiene un hogar en el que los chicos mayores aprenden oficios para desenvolverse en el futuro. En el pueblo hicieron una escuela, un liceo y hasta un hospital, donde ofrecen servicios a módicos precios, dinero que permite su funcionamiento.

¿Ayudas?

Isabel Johanning dice que en Casa Emanuel y Casulo nunca sobran manos. Si alguien quiere unirse como voluntario puede escribir al correo: voluntariado@casaemanuel.com.

En caso de que quieran hacer donaciones pueden escribir al Facebook de Casa Emanuel y solicitar mayor información.