Revista Dominical

Eugenia Fuscaldo y la tormentosa y victoriosa procesión que lleva por dentro

La actriz hasta recibió los santos óleos después de sufrir un infarto. Salió con bien, pero solo tras un repaso del safari de dolor que ha vivido desde su infancia se entiende de dónde proviene ese fuerzón que la convierte en luz

Ya se sabe, caras vemos, corazones no sabemos. Pero aplicar este adagio con la veterana actriz y señorona de la televisión Eugenia Fuscaldo Peralta se convierte en un ejercicio superlativo, pues los nubarrones en su historia de vida se fueron sucediendo desde muy temprano y hoy, a sus 68 años, los repasa con aceptación: jamás se percibe en su hipnotizante tertulia un “ay de mí”.

Todo lo contrario. Ya más recientemente hubo otros porrazos de salud y de vida que la han puesto contra las cuerdas y tampoco es que los repasa muerta de risa, pero ella está provista de un fuerzón innato que no le ha evitado los tantos baches de su vida, pero sí la ha ayudado a sacarla de la oscuridad para emerger con los bríos que hasta le alcanzan para contagiar a los demás.

Fuscaldo es reconocida en el país desde hace medio siglo, pues ella vivió la época dorada del teatro costarricense y desde su debut, en los años 70, ha participado en 20 montajes teatrales, tres actuaciones para la pantalla chica y una interpretación para cine.

Sus personajes como la campechana Auristela, la fru-fru doña Cata y, por supuesto, Doña Tere, la dueña y señora de La Pensión -serie que se transmitió por Canal 7 durante casi dos décadas-, la ubican como una de las actrices/entertainers más populares del país. Desde el 2015 también ha sido jueza de Tu cara me suena, en Teletica Formatos, y en diciembre pasado formó parte del elenco de ese canal en las transmisiones de las corridas de toros.

Tras resumir en dos párrafos su prolífica hoja laboral, de vuelta a su historia y en una situación que muchos de sus amigos y admiradores no conocíamos, Eugenia heredó por cuenta de los genes de su madre una condición que puso cuesta arriba su vida desde muy pequeña: una depresión endógena, la cual fue diagnosticada y tratada médicamente ya cuando ella era una adulta y los avances de la ciencia dieron paso a tratamientos que, además, le bajaron el tono al tabú social que representa ese padecimiento.

Dueña de una personalidad “abrazadora” —de alguna manera ella proyecta un sentido de protección al primer contacto—, “la Fuscaldo”, como se le dice de cariño, es capaz de contar abiertamente este y todos los detalles de su vida sin el menor remilgo de autocompasión.

Por ejemplo, al hablar del infarto que sufrió en marzo del 2021 y las posibles razones que incidieron en que tuviera tan peligroso quebranto de salud, aclara que en su familia la cardiopatía es hereditaria y cuenta sin rodeos cómo en 1982 dos de sus cinco adorados hermanos murieron víctimas de infartos, con solo tres meses de diferencia.

Con aquel verbo diáfano y el sabroso donaire con el que puede hablar durante horas, con Eugenia en este caso sacrificamos lo que de fijo habría sido una jornada de seis u ocho horas en su casa (no exagero), por una maratón telefónica como medida preventiva ante la arremetida del covid-19.

Igual escucharla es casi como tenerla enfrente. Aclara que el Fuscaldo proviene directamente de su padre, el italiano Rocco Fuscaldo, quien arribó a Costa Rica en un barco procedente de Europa en 1922. Ella nunca supo el motivo que lo trajo por estos lares o si fue que, como ocurrió con tantos coterráneos suyos, por equis razón se quedó varado en este país y terminó por casarse felizmente con doña Cora Peralta, con quien tuvo seis hijos. Eugenia es la penúltima.

“Fijate que al día de hoy todos los días me pasa por la mente el hecho de que nunca le pregunté a papá qué lo hizo quedarse en Costa Rica. No sé por qué no se me ocurrió nunca, pero bueno nosotros crecimos en ese barrio josefino al este del Circuito Judicial, en las inmediaciones de la Corte”, rememora Eugenia.

Enumera a sus hermanas Cármina, Margarita, Ileana, Rafael, ella era la quinta y el menor era Marcelo, quien nació con Síndrome de Down y con su encanto y personalidad únicas se convirtió en un eje de amor y admiración para toda la familia.

Pero todas se le vinieron juntas a los Fuscaldo cuando, en 1982, Ileana amaneció muerta por un infarto fulminante, apenas a sus 38 años y sin ningún aviso previo de su cardiopatía. Solo tres meses después Marcelo, el consentido de la familia, fallecería por la misma causa, con tan solo 25 años.

Ya con solo estos antecedentes uno podría pensar que Eugenia Fuscaldo estaba curada de espantos, que ya la vida le había dado suficientes revolcones, hasta que se convirtió en madre de quien sería su única hija, Sofía, quien desde su nacimiento empezó a luchar por su vida y sobrevida debido a un complejo padecimiento relacionado con su sistema inmunológico.

No hay batallas grandes ni pequeñas cuando las cuenta Eugenia Fuscaldo, pero huelga decir que el golpazo, la preocupación y el sufrimiento por la inesperada condición con que nació su única hija, le volvieron la vida al revés, dado que Sofía se convirtió en su día y su noche, en su vivencia casi cotidiana en el Hospital de Niños.

Tuvo que renunciar a todo: el trabajo, su juventud mediana, su vida como madre soltera y joven, al sustento primario ‘agarrándolas del rabo’ en el que, como dice ella, ni ahora ni hasta hoy le ha faltado nada porque siempre que ha habido carencias también han aparecido manos amigas que han estado ahí para su pequeña y hermosa familia: en primera instancia para ella, y también para Sofi y para las tres perritas que completan el núcleo del hogar, con problemas como los que enfrenta cualquier familia con mascotas adoradas... tema obligado al que llegaremos oportunamente.

Son miles de familias las que pueden mimetizarse con el dolor de tener a un recién nacido, un bebé o un niño enfermo en el Hospital Nacional de Niños, pero aún quienes no hemos pasado por eso podemos escuchar la vivencia de Eugenia Fuscaldo con los dientes apretados y los lagrimales a flor de rostro. En mi caso, mientras la escucho al otro lado del teléfono, pienso en mi nieta Litza, de dos años y pico, que sabe acaso lo que es un resfrío pero es inimaginable lo que uno puede volcar el sufrimiento y amor en lucha cotidiana, durante nada menos que 15 años.

A Eugenia no le duelen prendas en el tema de relaciones amorosas. Es así como cuenta que Sofi no es hija de su único matrimonio, el que duró acaso dos años y del cual no tiene el menor comentario negativo, así como tampoco lo tiene de quien fuera después el papá de Sofía.

Lo que sí rememora, como un duro pasaje, fue la realidad que le tocó vivir ante el diagnóstico que recibió tras el nacimiento de Sofía: “Fue una angustia tremenda. Todo estaba bien y cuando nació empezaron los problemas. El primer año costó mucho dar con el diagnóstico, se trataba de un problema inmunológico que le afectaba todo el crecimiento y con el que supuestamente podría vivir hasta vieja pero bueno, ya yo me había hecho a la idea de ir con un bastoncito a acompañar a una Sofi de 50 años a ver los resultados periódicos de sus exámenes... y de un momento a otro, cuando cumplió 15, Sofi empezó a revertir la enfermedad y hoy, a sus 35, lleva una vida saludable, siempre atenta a su seguimiento médico, pero para mí fue un milagro absoluto cuando tanto los exámenes como su condición de vida diaria empezaron a dar señales de que Sofi podía llevar una vida normal”, rememora la Fuscaldo.

Pero no hay dos sin tres y de inmediato ella se aboca a alabar al sistema de medicina de Costa Rica. “Nosotras hicimos lo que pudimos y más (Sofía y ella), pero lo que yo considero un milagro viene de la mano de ese brete, ese trabajo de maravilla que logró el departamento de Inmunología del Hospital de Niños. Algo que una patas vueltas como yo jamás hubiera podido pagar, diay casi nadie, es impagable, y chiquitos como Sofi reciben tratamientos de primer mundo.

“¡Yo misma! ahora que me hicieron el cateterismo en el hospital México y me trataron exactamente como a mis compañeritas de salón, una de ellas de Upala. Es que eso fue otra historia, vieras qué belleza y qué vacilón”, cuenta entre risas Eugenia al rememorar sus días de internamiento en media pandemia, cuando se hizo compísima y armó una “barra” con dos señoras enfermas de distintas condiciones, ninguna de las cuales podía caminar -excepto Eugenia- y que se convirtieron en una minipandilla a la espera de sus tratamientos de vida o muerte.

Era marzo del 2021 y ella empezó a sentirse mal, duró tres días tomando bicarbonato hasta que Sofi se preocupó y la obligó a ir a la Clínica de Tibas. “Llegué infartada, ¿cuál preinfarto?”.

Aunque la Fuscaldo no lo dice, por la forma en que lo cuenta esta historia debería ser un corto cinematográfico, algo así como Tres sesentonas divertidas dizque en la últimas. Me aventuro a titular esta vivencia de Eugenia mientras la espera un stent de corazón (un pequeño tubo de malla de metal que se expande dentro de una arteria del corazón), con el antecedente de sus dos hermanos muertos por esa causa, con Sofi y las tres perritas que son como hijas de ambas, y sin que aún así, la actriz pudiera sobrevivir a su principal sobrevivencia: el miedo al miedo.

“Yo no es que haya sido muy espiritual, pero ahora después de esta última experiencia y además cierran La Pensión, que para mí fue durísimo, no me lo esperaba, y en eso se me viene este evento. Yo empecé a sentirme muy mal pero insisto, el sistema de seguridad social de este país es increíble y solo los que lo hemos usado por tantos años y en diferentes situaciones lo sabemos”.

De hecho, esas otras dos señoras a las que ella cita, una upaleña y la otra de una humilde barriada de San José, conformaron en el hospital una singular pandilla cuyo norte y gran triunfo del día era obtener suficiente atol por las noches, pues se sabe que la comida hospitalaria, según el caso, se reduce para preparar al paciente ante una cirugía inminente.

En plena hospitalización tras en gran susto que se llevó luego de sufrir un preinfarto, Eugenia hizo de las suyas y se armó una ‘barrilla’ con dos señoras que también estaban internadas con diversos padecimientos serios. Pero entre todas le buscaron la comba al palo y se volvieron cómplices del humor, del amor, de la espiritualidad y claro, de la misión primaria de todos los días: lograr que les sirvieran más atol durante las noches.

“Ayyy vieras la gozada ¡ahí fue donde me engordé montones yo! Me voy haciendo amigota de estas otras dos pacientes con problemas diferentísimos al mío pero bueno, en ese momento éramos compañeras de batalla. La única que podía caminar era yo y nuestra batalla era conseguir un atolito por las noches cuando ya sabíamos que nos iban a posponer las cirugías porque lo de nosotras era importante pero había que darle prioridad a pacientes que llegaban de vida o muerte... ¡imaginate el aprendizaje de vida!

“Yo por los pasillos pegando gritos y vacilando a ver si nos daban un poquito más de atol porque igual ya sabíamos que no nos iban a operar al día siguiente, pero todo lo convertimos no en queja sino en un vacilón y diay sí, nos daban el atol (a los que se podía) y ahí me engordé horrores pero no fregués: nos daban atoles y se nos inflaba la panza, pero dormíamos riquísimo!” cuenta entre carcajadas, las suyas y las mías.

-¿Ellas obviamente sabían quién eras vos, doña Tere y todo lo demás?

– (Risas) Diay, seguro desde el primer día sí, pero es que en estos trances uno está ahí por lo que realmente importa en ese momento, la vida y la sobrevida. ¡Nos pasaron unas cosas! (risas). Terminamos por conformar una triada, y como te digo, de mis dos compañeras más amigas ninguna podía caminar, entonces hubo alguna vez en que Fulanita nos decía: “¡Ay, no llego, no llego, ayyy me obré!”, y lejos de mortificarnos nos reíamos y todo el personal del hospital atento a realizar su trabajo... al otro día las tres nos moríamos de risa. “¡Diay, me obré, qué se le va a hacer!”, decía alguna y bueno, para nosotras era la aventura del día... la cagada del día, literal.

A Eugenia la conozco desde hace unos 15 o 20 años. El caso es que desde muchos años antes la entrevisté y la química fue instantánea. En algún momento, hará un par de lustros, me la encontraba en los pasillos del Automercado de Moravia y aquella implosión de risas y anécdotas sobre amores traicioneros y amores de los buenos, nos hacían esquinearnos a cada rato en el súper, estorbando un poco en los pasillos al resto de clientes.

Eran años aún cercanos que hoy se perciben lejanos, a rostro descubierto, en los que Eugenia Fuscaldo cedía orgullosa y amorosa a los selfies que le solicitaban.

Uno de los temas recurrentes de aquellos tiempos de tertulia, de horas en el Auto, era la instancia de siempre: “¡Ay Yurita, decile a tu esposo que me presente un trailero, yo me caso!”.

La anécdota viene a cuento hoy, en medio de esta entrevista post/preinfarto, con Eugenia a un año de llegar a los 70 pero con un espíritu sin edad, cuando tocamos el tema del amor, de parejas y de sus sueños con un trailero.

– ¿Siempre te gustaría conocer a una eventual pareja, el trailero prometido (risas) o estás asida a tu soltería?

- Ayyy pero sí, pero diay, es que qué mulones ¿verdad? Mirá (se enseria), diay fijate que yo no sé, uno nunca puede decir nunca, pero a estas alturas creo yo que soy de esas personas que nacieron con el chip de la soltería. Yo supongo que entre dos las cargas se llevan mejor pero diay, no sé, el tema del amor de pareja es algo en lo que no pienso nunca.

Eugenia Fuscaldo sigue bandera avante, caminando en las mañanas con las perritas de su vida, haciendo experimentos con la cocina y filosofando, claro, con su compañera de vida, su hija Sofi, con la que comparte una rutina maravillosa y que hasta las devuelve, sin proponérselo, a una juventud veinteañera.

No es un secreto, como ha ocurrido con gran parte de los integrantes del gremio artístico, que sus ingresos económicos se han visto afectados.

“Yo tengo una pensión pero muy bajita. Hay que bretear, yo no sé de dónde aparece gente tan buena que le da la mano a uno por todo lado. A Sofi le da risa y me dice: ‘Vos no te desinlflás’, y yo le digo que cómo me voy a desinflar, es que hay gente tan buena... por ejemplo me pasó que cuando salí del hospital, ahora después del susto del infarto, ya había cuatro amigas que se pusieron de acuerdo y me llamaron para que estuviera tranquila, que me iban a depositar una platica porque yo salí del hospital con 20 mil colones... ¡ni para el taxi!”.

“Pero sí salí multimillonaria con todo lo que me habían hecho: solo el stent es carísimo y bueno, ni digo la forma en que se han portado en el canal (Teletica). Un día que me sentí muy mal, iba para la clínica de Tibás y se armó en minutos todo un plan. Me enviaron donde los mejores médicos, no puedo más que agradecerle a mi público y a la familia Picado; ellos son bajo perfil con este tipo de finezas que tienen para con uno, pero es que es imposible no agradecerles todo y tanto. Es que me quedo corta de tanto que podría contarles...”, afirma, conmovida.

– La situación económica está durísima para mucha gente. ¿Cómo manejás la incertidumbre que puede generar la falta de un trabajo fijo?

– Mirá, yo creo que a mí el infarto me empujó a una conversión extraordinaria. A mí no me gusta mucho andar hablando o dando cátedra sobre espiritualidad, pero sí te tengo que decir que yo no hice ningún esfuerzo porque ese llamado, ese auxilio llegó solo, de forma espontánea. Yo nací en un hogar católico pero no soy de ir a misa ni nada, uno se distancia y no quiere nada con eso (la espiritualidad), eso es pa’ otra gente, piensa uno...

“En eso, de repente, sentís una mano, una voz llegó. Eso sí, yo no es que oigo voces ni nada, eso simplemente te llega”.

Entonces rememora el pasaje que, al día de hoy, ha fortalecido su paz, su fe, su “sentirse bien” en medio de las circunstancias, su destreza en ir aprendiendo a vivir sin mayores afanes, “un día a la vez”.

“Estábamos en el Hospital México con esas dos amiguitas que te dije que conocí, las dos eran cristianas y en eso vi un sacerdote que andaba por los salones y le pregunté si me podía dar los santos óleos. Él padre me dijo que por supuesto y entonces me volví y les pregunté a ellas que, aunque no fueran católicas, si les gustaría recibir esa bendición, y aquello fue lindísimo. Ahí no hubo religiones, fue una oración muy linda, preciosa, apenas para esperar lo que viniera, lo que tuviéramos que afrontar cada uno, no tenés idea de lo maravilloso que fue”, reflexiona Fuscaldo, quien a no dudarlo vino al mundo con el “chip” de buscarle siempre el lado positivo hasta al infortunio.

De ahí en adelante, Eugenia trata de aprovechar su tiempo libre leyendo el Catecismo y escuchando prédicas en YouTube, en especial la de las Carmelitas que, a su juicio, “son geniales”.

Incluso, cuando le pidieron que firmara unos documentos de autorización para realizarle el cateterismo, pasó bromeando con quienes se convirtieron en “los nietos” de doña Eugenia: “Mirá, unas criaturitas son esos doctorcitos, uno los ve como chiquillos pero son tremendos profesionales. Entonces ahí, en medio proceso de firma, gozábamos porque yo les decía ‘¡traiga traiga, dele, aónde le firmo papito!’ y mis amigas y ellos riéndose. No puedo estar más agradecida con la Caja, es una maravilla lo que tenemos en este país, ¿cómo no voy a estar agradecida y con un gran empuje para seguir adelante?”.

“Pues sí, estoy sin trabajo pero ahí me la voy jugando. A veces cuando tenía platilla me gustaba ir al Automercado y duraba horas de horas, no solo comprando, sino pegándome aquellas conversadotas con la gente. Ahora me traen a la casa verduras y hortalizas orgánicas, y huevitos de gallina feliz”

—  Eugenia Fuscaldo, actriz

Aunque no se queja, la veterana actriz confiesa que está “gordísima” (dice que en mucho por los atoles del hospital), entonces está aprovechando estos días de verano para salir a dar caminatas por todo Moravia en compañía de sus tres adoradas perras: Calabria (ciudad natal de su padre, en Italia), Cabita, y la última que adoptaron ella y Sofía, Negra. “Fijate vos, nos descerebramos para encontrarle un nombre”, dice con la risotada a flor de piel.

Sobre sus opciones de trabajo, cuenta que está incursionando en varios proyectos en redes sociales. “Me estoy aliando con varios chiquillos para ver qué hacemos. Por ejemplo, ahorita sale una promoción que hice con Yiyo Alfaro y otros muchachos que son unos gatos en redes. Por ahí puede andar la cosa porque lógicamente sí tengo que ver cómo me reinvento, en eso estoy”, dice con esperanza.

Entretanto, Eugenia Fuscaldo ha hallado la paz y los ratos más felices renovando los votos de amor con sus perritas día a día, aunque la tiene preocupada la mayor, Calabria, quien al parecer está afectada por algún tipo de demencia y le ha dado por agredir a sus “hermanas”.

Y si bien está urgida de generar ingresos, por estos días se las ingenia para vivir con poco. Además disfruta de los “milagros y milagritos” diarios en los que antes no reparaba ni disfrutaba por el eterno corre-corre.

“Yo ahora me echo en una hamaca con Sofi y las perritas, hablamos, contemplamos, filosofamos... vieras las ensaladas sensacionales que me hago, me tomo el tiempo de lavar lechuguita por lechuguita; como no puedo ir a la feria para cuidarme de la pandemia tengo una familia que cosecha todo orgánico y me lo traen a la casa. Otra gran ilusión que tengo ahora es consumir huevitos de gallinitas felices. Yo guardo las cascaritas, las pongo a secar y se las echo a las maticas como abono... esas tonteras me ponen tan feliz como si hubiera ido a París”.

Y agrega: “Vieras que siento que cada día estoy más presente, ahora Dios me tiene sin trabajo pero yo siento que tal vez me está cuidando de esta carajada que está tan fea, la pandemia, por eso trato de compensar ese bienestar espiritual que tengo con fe en que trabajito no me va a faltar y por eso rezo tres veces al día”.

Pero bueno, está dicho que nada es perfecto en esta vida.

Para terminar, volvemos al tema del amor y a la pregunta del millón: ¿se ennoviaría o casaría Eugenia Fuscaldo?

-“Pues mirá, no sé, uno nunca puede decir nunca pero creo yo que hay quienes nacemos con la soltería en el ADN. Yo no me imagino una persona que pueda convivir con mis rituales, que son muchos. Por ejemplo, yo me cepillo toda la piel durante una hora antes del desayuno, para estimular la circulación, la piel se pone lindísima. Después me baño con agua fría, porque hace tiempo se nos quemó el calentador y diay, ahora cuando salgo de la ducha fría siento que el coco (cabeza) se me endereza. Antes gastaba unos platales en electricidad, en cambio ahora salgo bien bañada, bien pupuseada; desayuno y me voy a caminar y cuando salgo de la casa y veo todo alrededor nada más puedo pensar ‘¡pero qué es esta felicidad!”.

Aunque Eugenia no lo dice así, el hecho de haber grabado un comercial que pronto saldrá en redes sociales parece ponerla en línea recta para su próximo emprendedurismo: convertirse en una influencer de marcas en redes sociales.

Créditos: Estilista 💇‍♀️ Mavi Molina / Manicurista Ángela Sánchez / Esteticista Silvia Ovares / Ohananani Centro de Belleza

Yuri Lorena Jiménez

Yuri Lorena Jiménez

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.

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