Kimberly Herrera.   16 febrero
En total Ludwig Thalheimer fotografió a 25 niños costarricenses durante 1986.

En julio de 1986, cuando Mauricio tenía 12 años, soñaba con convertirse en un gran piloto. En esa época limpiaba carros detrás del Banco Central, en el centro de San José, para poder darle el dinero a su mamá y que pudiera comprar comida para él y sus siete hermanos menores.

Hasta que llegó un punto en el que la calle y todo lo que eso conlleva lo consumió a él y a algunos de sus hermanos y Mauricio vio cada vez más lejano su sueño de convertirse en un profesional.

Dos de sus hermanos murieron y dos más terminaron en la cárcel. La vida en la calle es dura.

Unas cuadras más abajo del puesto de Mauricio, Laura disfrutaba de la vista panorámica de San José mientras su mamá, quien para ese entonces tenía 19 años, la cargaba en el coche.

Ella era apenas una bebé a quien frecuentemente la llevaban de compras o hacer diligencias al centro de la capital, pero era muy pequeña para entender lo que pasaba alrededor, aunque reconoce que esa fue una época feliz.

Al otro lado de la capital, en Curridabat, los hermanos Juan Ignacio y Alejandro Pignataro de 10 y 8 años, jugaban por el barrio con sus primas Rebeca y Carolina.

Esta era la rutina constante para ambos niños después de asistir a la escuela, quienes sacaban un ratito en las tardes para soñar con el día en que se convertirían en bombero e informático, respectivamente.

"Vi que que había muchos niños en la calle vendiendo periódicos, bombas de jabón y cantando en los buses, entonces empecé a hablar con ellos, a oír sus historias, a preguntar sus sueños, sus problemas”, Ludwig Thalheimer.

Mientras eso ocurría en Costa Rica, en Cuba el fotógrafo italiano Ludwig Thalheimer esperaba a su amigo Miguel, con quien se vería para realizar un trabajo, sin embargo, ese encuentro nunca se dio pues las autoridades de ese país caribeño lo echaron y se vio obligado a hacer maletas y tomar el primer avión que lo sacara de la isla; sin percatarse terminó en suelo tico.

Tras lo ocurrido en Cuba, Thalheimer buscó hospedarse en el centro de San José, en un lugar conocido como Pensión Americana. Inmediatamente fue al correo a enviarle una carta a Miguel, para que supiera que estaba en Costa Rica.

De allí en adelante, sus días pintaban parecido: ir al correo para ver si su amigo respondía la carta, dar una vuelta por centro de la capital y regresar a la casa.

Los días pasaban y el fotógrafo se aburría cada vez más, por lo que decidió sacar su cámara para capturar lo que giraba alrededor de su trayecto diario hacia el correo, donde se percató de que siempre habían niños trabajando en la calle, de compras con sus papás o deambulando por ahí.

El panorama fue tan llamativo para el italiano que comenzó a tomar fotografías a esos niños y a otros que se fue encontrando mientras conocía San José.

El fotógrafo recorrió el centro de San José en busca de los niños. Fotografía: Jeffrey Zamora.

En total fueron 19 las fotografías que realizó con su Olympus OM-2N en blanco y negro y que guardó como el mejor recuerdo de Costa Rica. Pese a que no conocía a los 25 niños que aparecen en los retratos les tomó cariño y desde aquel momento en que posaron para su cámara los vio como sus hijos.

“No sabía que hacer con mí cámara y haciendo siempre el recorrido desde el lugar en el que me hospedaba hasta el correo, vi que que había muchos niños en la calle vendiendo periódicos, bombas de jabón y cantando en los buses, entonces empecé a hablar con ellos, a oír sus historias, a preguntar sus sueños, sus problemas”, recuerda don Luis, como le llaman de cariño.

Tras la estadía de un mes en Costa Rica, Thalheimer regresó a Italia sin poder ver a su amigo Miguel, quien fallecería cuatro años más tarde, es decir, en 1990.

Ya en su país natal se dispuso a posicionar su negocio, un estudio de diseño gráfico y fotografía que con el paso del tiempo fue ganando prestigio. El éxito siempre lo acompañaba, al igual que los niños costarricenses, a quienes plasmó en un pequeño libro con sus respectivos nombres y años de nacimiento.

“Yo no tenía un plan con esas fotos y por seis años las dejé guardadas y después mi socio que es un diseñador gráfico vio las fotos y me dice ‘que buenas fotos, tenemos que hacer algo’ y en 1992 hicimos un pequeño libro”, cuenta.

No olvidaba sus caras y el recuerdo de aquel momento que interactuó con ellos estaba más presente que nunca pese a que los años pasaban y pasaban; ellos fueron desde ese entonces sus hijos.

Travesía en Costa Rica.

Tres décadas después, en noviembre de 2016 a Thalheimer se le ocurrió una idea que al principio parecía descabellada: volver a Costa Rica a buscar a aquellos niños que le robaron el corazón.

El fotógrafo dudó, pues pese a que quería ver en lo que se habían convertido, solo tenía aquellas fotografías en blanco y negro, sus nombres y el año de nacimiento; era un gran reto.

“Estaba mirando este viejo libro de 1992 y me pregunté si era posible encontrar a esos niños de nuevo, si había forma de verlos, ver que había pasado con ellos, si todavía trabajaban en San José, si sus sueños se cumplieron”, detalla el fotógrafo, quien domina el español de una manera casi perfecta.

Tres décadas después, en noviembre de 2016, Thalheimer volvió a Costa Rica a buscar a aquellos niños que le robaron el corazón y de los que tenía solamente el nombre y el año de nacimiento.

Sin embargo, después de valorarlo en múltiples ocasiones decidió regresar en diciembre del 2016 a suelo nacional, ya que confiaba en que la tecnología podía ser un aliado para volver a encontrar a aquellos pequeños (ahora adultos).

“No tenía grandes esperanzas. Yo me vine a Costa Rica sin pensar que podía encontrarlos a todos y llegué aquí el 25 de diciembre”, agrega.

Lo primero que hizo fue enviar correos electrónicos a periodistas de diferentes medios de comunicación del país, ya que suponía que una persona con presencia en prensa le iba a poder facilitar la búsqueda a través de contactos.

Nathalie Smith tiene una tienda para mascotas en Heredia y su mamá, Melida Dixon, es enfermera. Foto: Reproducción Albert Marín.

Fueron más de 100 e-mails los que envió; la mayoría no contestó pero los tres o cuatro que sí lo hicieron le dijeron que no le podían ayudar. Sin embargo, días después de ese desaire recibió una respuesta de Lorenzo Pirovano, un periodista italiano que en ese entonces trabajaba para el periódico La Nación.

Él lo puso en contacto con la comunicadora Mercedes Agüero, quien sería desde ese momento una pieza fundamental para Thalheimer y sus objetivos.

“Yo me enamoré del proyecto desde el día uno, yo me enganché de tal forma que acompañaba a don Luis a buscar a los niños antes de entrar a trabajar, en la hora del almuerzo o en los días libres. Pero también yo me di cuenta que para él iba a ser muy difícil solo, porque él en ese momento no hablaba muy bien español”, recuerda la periodista.

La búsqueda comenzó en el Registro Civil, donde la periodista indagó sobre el paradero de las personas que el fotógrafo había capturado con su lente y aunque logró dar con algunos nombres, no había podido encontrar a todos. Posteriormente buscó los números de teléfono y en redes sociales.

Según explica la comunicadora esta etapa fue la más retadora principalmente porque hace 30 años en las casas lo que había eran teléfonos fijos y no celulares como en la actualidad, donde una persona puede llegar a tener hasta tres líneas telefónicas.

Otro de los problemas era que algunos de los niños le habían dado datos erróneos sobre fechas de nacimiento e incluso de apellidos al fotógrafo en 1986 y en el momento del rastreo la información no coincidía.

La búsqueda se inició buscando los datos de cada uno en el Registro Civil. Luego los comenzaron a contactar vía telefónica y a través de redes sociales.

“Yo empecé a encontrar esos pequeños errores y a depurar la información muy detalladamente, buscar apellidos que se parecieran o relaciones familiares hasta llegar a la persona que era. En muchos casos era incluso al azar”, cuenta Agüero.

La primera etapa del proyecto continuaba y Thalheimer, de 57 años, recorría con sus fotos en blanco y negro algunas calles de Costa Rica buscando a los niños.

Mientras tanto, Agüero inició una búsqueda en Facebook, herramienta que le permitió dar con algunos de los nombres o sus familiares, por lo que de inmediato les envió la fotografía por mensaje privado para verificar que se tratara de ellos.

Las personas comenzaron a contestar a sus mensajes, con asombro, emoción e incluso cautela ya que muchos no recordaban aquel momento. Eran muy niños.

Raquel Contreras acompañaba a su papá a trabajar en una joyería josefina. Fotografía: Ludwig Thalheimer.

“Era tan emocionante verles la cara cuando se veían en las fotos y todos los recuerdos, lloraban y todo. La verdad era demasiado emotivo, porque algunos ni siquiera se reconocían y se quedaban viendo fijamente la foto”, destaca Agüero.

Por ejemplo, a Mauricio lo llamaron a la casa y le pidieron verse una mañana en el centro de San José; a Laura la contactaron vía Facebook, al igual que a los hermanos Pignataro.

Con las fotografías listas regresó a Italia. Sin embargo, al revisar sus documentos en casa se encontró más fotografías de los niños y entre marzo y abril del 2017 tuvo que regresar a Costa Rica.

“Vi que había otros niños, eran ocho más y Mercedes decía ‘no puede ser, hay que buscar otra vez’. Pero los encontramos”, decía entre risas el fotógrafo.

Para ese momento no le importó recorrer el país y conoció más que el centro de San José. Viajó en bus de pie hasta Jacó, fue al Aeropuerto Juan Santamaría, también estuvo en Quepos e incluso tuvo que ir hasta Estados Unidos a buscar a uno de los niños que ahora vive en ese país y regresar a Costa Rica al día siguiente. Todo para lograr el retrato que quería.

Mauricio.

Tras varios años viviendo y trabajando en la calle, Mauricio Suárez López logró levantarse y pintar un futuro diferente para su vida y la de su familia.

Sin embargo, ver esa fotografía donde aparece limpiando carros le recuerda todo lo que ha pasado a lo largo de tres décadas y las dificultades que ha enfrentado.

Mauricio Suarez ahora trabaja como chófer de autobús. Reproducción: Albert Marín.

Su vida ha sido complicada y no puede evitar llorar cuando ve a ese pequeño niño de 12 años limpiando autobuses para poder llevar alimento hasta su hogar y todo lo que se vino después, viviendo en la calle.

De hecho todavía recuerda que su trabajo como lavador de carros empezó luego de que se encontrara en la calle un balde.

“Yo no me imaginaba esta foto, entonces verla 30 años después me trae mucha nostalgia, son muchos recuerdos. Ahora sirvo a la sociedad a pesar de los errores que he cometido, he ido superando los problemas y hasta la postre estamos de pie y seguimos en la lucha”, afirma el hombre de 44 años.

Tras aquella turbulenta niñez y juventud, Mauricio se enamoró y se casó con la madre de sus tres hijos y aunque ya no viven juntos, compartieron sus vidas por 25 años.

Conmovido hasta las lagrimas relató lo orgulloso que se siente de sus hijos, los tres son hombres de bien, que hasta ahora han logrado cumplir esos sueños que de niño él no pudo.

“Son buenos muchachos, jugadores, profesionales y saben que tienen el papá que yo nunca tuve.”, dice.

Se trata de Keylor de 21 años, Byron de 18 y Aarón de 16, los tres son jugadores de fútbol. Por ejemplo el del medio jugó con la Selección Nacional Sub-17 durante el mundial de la India en el 2017 y hoy juega con Guadalupe. Mientras que Aarón está participando para el premundial y juega con Saprissa.

Por su parte Keylor jugaba con Belén, hasta que una lesión en la rodilla lo alejó de la cancha. Hoy trabaja en una empresa y estudia.

En su caso, ha sido agente de ventas, chófer de taxi y desde hace cinco años se desempeña como chófer de bus en Tibás. No se puede quejar, está satisfecho porque tiene un trabajo y tres hijos buenos y estudiosos, que son el regalo más grande en su vida.

Laura.

A pesar de que su vida ha sido un torbellino, ha logrado salir adelante con la cabeza fría. Aquellos días de bebé en los que Laura Mayorga González era feliz quedaron atrás y a los 14 años se fue de su casa junto a su novio tras una fuerte discusión con su mamá a quien puso a elegir entre ella y su padrastro.

Laura nunca perdió la visión de su vida y se metió a estudiar en un colegio nocturno y a sacar cursos de cocina para poder hacer uno de sus mayores sueños realidad: ser chef.

Siendo una quinceañera independiente, quedó embarazada de María Celeste (a quien llevaba a clases) y a los 20 años dio a luz a su segundo hijo Samuel.

Laura Mayorga tiene dos hijos y trabaja en una empresa de seguridad en San José. Reproducción: Albert Marín.

“Don Luis me dijo que en aquel momento mí mamá quería muchas cosas para mí y para mi futuro y ella fue una de las personas principales en truncar todo eso, entonces es difícil porque escuchar de otra persona que mí mamá hace muchísimos años expresaba muchísimas cosas y conforme pasó el tiempo ella como persona demostró muchas cosas distintas tanto así que yo salí de mí casa de adolescente e hice mí vida como pude. Es difícil, pasan muchas cosas por la cabeza”, relata.

Estando un poco más grande recibió una oferta laboral en el área de cocina de un hotel en Jacó y empacó maletas y se fue con sus hijos. En ese lugar era feliz: vivía en la playa, tenía el trabajo soñado y sus hijos estudiaban.

“La vida allá en la playa es completamente diferente”, afirma.

Hasta que llegó Rodolfo, un amigo quien se convirtió en una pesadilla pues hace tan solo dos años se enteró que ese hombre abusaba de sus dos hijos y aunque lo denunció, nunca fue condenado, por lo que en el 2017 decidió regresar a San José.

“Ha sido un poco duro, de hecho aún estamos con psicólogo y demás, han sido días pesados para mí, para ellos, pero ahí vamos”, afirma la joven quien tiene planeado regresar muy pronto a Jacó.

Ahora Laura tiene una relación estable con Maricela Sánchez y está llena de sueños y metas por cumplir, ya que quiere terminar el bachillerato y seguir con el estudio en cocina, trabaja en una empresa de seguridad y se sigue esforzando diariamente por darle lo mejor a sus hijos.

“Don Luis me dijo que en aquel momento mí mamá quería muchas cosas para mí y para mí futuro y ella fue una de las personas principales en truncar todo eso, entonces es difícil porque escuchar de otra persona que mi mamá hace muchísimos años expresaba muchísimas cosas y conforme pasó el tiempo ella como persona demostró muchas cosas distintas tanto así que yo salí de mi casa de adolescente e hice mí vida como pude”, Laura Mayorga.

En cuanto a María Celeste, ella está a punto de salir del colegio y planea estudiar medicina, mientras que Samuel “sigue siendo un niño”. Finalmente, con su mamá la relación sigue siendo “un poco difícil”.

Los hermanos Pignataro.

Después de ser fotografiado por Thalheimer, Alejandro Pignataro Madrigal, el hermano mayor, sintió miedo porque había desobedecido a su mamá, quien frecuentemente les decía “no hable con extraños”, por lo que mejor no le contó lo que había pasado aquella tarde.

Juan Ignacio no se acordaba ni siquiera de la fotografía, pero se identificó de inmediato cuando la vio porque usaba su camisa preferida.

Los hermanos Juan Ignacio y Alejandro Pignataro vivieron en exterior durante algunos años y luego regresaron a Curridabat. Reproducción: Albert Marín.

Por el trabajo de su papá debieron irse a vivir a Canadá durante cuatro años y al regresar ya eran unos adolescentes.

Ambos han logrado sus sueños y hoy los dos son profesionales. Por un lado, Alejandro se convirtió en abogado mientras que Juan Ignacio se graduó de la carrera de Administración de Empresas.

“Todo ha sido maravilloso, con las experiencias de cada uno, tanto las buenas, como las malas, pero siempre positivos, con familia, vivimos contentos y felices. Y no solo hablo por nosotros dos, sino por mis primas Rebeca y Carolina que también salen en la foto”, afirma Alejandro.

Hubo un episodio no tan bueno en la vida de Juan Ignacio. Él se casó en el 2006 y pronto se separó porque el matrimonio no había funcionado. Sin embargo, tres años después encontró el amor nuevamente y se volvió a casar con la misma mujer. Es decir, está casado dos veces con la misma mujer.

Por su parte, Alejandro dedica sus días a ayudar a las personas que han sido estafadas a recuperar sus cosas.

“La vida ha sido buena”, reconoce Juan Ignacio.

Los hijos.

De los 25 niños solamente hubo uno al que Thalheimer no encontró, a pesar de los múltiples esfuerzos que hicieron él y Mercedes por localizarlo vía telefónica, por redes sociales y en el Registro Civil, pero ya era hora de regresar a casa, aunque algo le decía que ese 2017 no sería el último año en que estaría en Costa Rica.

“Hasta ahora no sabemos donde vive, qué hace”, asegura.

Ya en Italia, con más calma, el fotógrafo comparó los retratos y escuchó cada una de las historias, todas eran diferentes: unos estudiaron en el extranjero, tres o cuatro estuvieron en prisión, otros vivieron violencia, unos no lograron salir de la calle y unos más se convirtieron en profesionales.

Durante la presentación del libro 'Costa Rica Time Warp', del fotógrafo Ludwig Thalheimer y la periodista Mercedes Agüero convivieron con los niños (hoy adultos). Fotografía: Rafael Pacheco.

Por ejemplo, María de los Ángeles Calvo terminó su carrera como maestra; Christian Naranjo estuvo en la cárcel; Nathalie Dixon tiene una tienda para mascotas en Heredia y Alejandro Arostegui vive en Estados Unidos.

Entretanto, Rosendo Valverde y Juan Carlos Fallas murieron en 1998 y 2001, respectivamente.

Fue entonces cuando se le ocurrió plasmar todas las historias de sus niños en un libro.

“Era algo muy precioso, porque yo tengo esas fotos desde hace 30 años que nadie puede repetir, porque nadie puede volverse atrás en el tiempo y tomar estas fotos de nuevo. Son un tesoro”, afirma.

“Esto no es solo un libro que hice con pasión. Para mí es mucho más importante ver a esos niños 30 años después, encontrarlos de nuevo saber sus historias, lo que les ha pasado. Es decir, los contactos humanos para mi son lo más importante. Yo nunca pensé que iba a ser posible encontrarlos”, Ludwig Thalheimer.

No fue sencillo. Tras una larga búsqueda en el continente europeo, encontró una editorial que le podía hacer el trabajo que se ajustaba a sus necesidades, con la mejor calidad, al mejor precio y con gran reconocimiento internacional.

“Yo quería una editorial importante para hacer una distribución global. Encontré una en Berlín que producía solo foto libros y es muy famosa y al dueño le pareció una historia muy humana. Y en setiembre del 2018 ya teníamos todo listo, ese día yo esperaba frente a su tienda para iniciar el proceso pero nunca vino y cuando llamé a preguntar me avisaron que falleció el día antes”, comenta el fotógrafo.

Finalmente encontró otra editorial alemana y a inicios del 2019 logró tener en sus manos Costa Rica Time Warp el libro que tardó más de 30 años en elaborarse y que entre sus páginas hay más que fotografías. Son historias llenas de dolor, éxito, satisfacción, alegrías y tristezas.

María Consuelo Monge vendía periódicos en el centro de San José. Foto: Reproducción Albert Marín.

Entonces, era el momento de regresar a Costa Rica, reencontrarse con sus hijos, abrazarlos y entregarles un ejemplar de ese trabajo.

“Todo lo que ha desencadenado este libro es maravilloso. No hay nada que compense ese sentimiento maravilloso de ver como este proyecto ha tocado las vidas de las personas, para mí es lo más grande y lo más lindo y que te llena como ser humano. Además, me ha enseñado tanto”, agrega.

Thalheimer realizó la presentación de Costa Rica Time Warp el pasado 7 de febrero y allí lo acompañaron algunos de los niños quienes frente a algunos estudiantes contaron sus historias de vida, mientras con orgullo el fotógrafo los veía.

Pero nuevamente llegó el momento de partir y el pasado viernes 15 de febrero regresó a casa, donde lo esperaba su novia, Monika.

Según explica Agüero el vínculo que se ha forjado entre aquellos niños y el fotógrafo ha sido impresionante, pues así como Thalheimer los ve como a sus hijos, ellos ven en él una figura paternal.

Ludwig Thalheimer vino a Costa Rica en 2016 en busca de un grupo de niños a los que retrató en 1986. Fotografía: Jorge Navarro.

“El respeto y la gratitud con la que él se acerca a las personas refleja esa calidez humana. Para ellos es como si fuera ‘papá Luis’ y se emocionaban cuando sabían que venía. Creo que al final se terminó formando una pequeña familia y todos quieren que vaya a sus casas, y se ha estrechado muchísimo ese lazo de una forma muy fraternal”, añade Agüero.

El fotógrafo espera que esta no sea la última vez que visite este pequeño país de cinco millones de habitantes que para él es hoy en día algo más que eso, es el lugar donde habitan sus niños, los que le robaron el corazón.

“Esto no es solo un libro que hice con pasión. Para mí es mucho más importante ver a esos niños 30 años después, encontrarlos de nuevo saber sus historias, lo que les ha pasado. Es decir, los contactos humanos para mí son lo más importante. Yo nunca pensé que iba a ser posible encontrarlos”, afirma.

Costa Rica Time Warp está dedicado a Miguel Nothdunfter, aquel amigo al que Don Luis nunca vio, pero que lo trajo sin previo aviso hasta el país del Pura Vida, donde conoció a esos pequeños (ahora adultos) a los que hoy llama hijos y que le sacan una sonrisa cada vez que los ve.

El libro ‘Costa Rica Time Warp’ que cuenta las historias de todos los niños ya se encuentra a la venta en el país y se puede conseguir por medio del WhatsApp +506 8394 3525. El costo es de ‎₡25.000.
Más fotos.
María de los Ángeles acompañaba a sus papás en el puesto de frutas que sus papás tenían. Ahora es maestra. Fotografía: Reproducción Albert Marín.
Jorge Jiménez vendía burbujas de jabón en la calle. Fotografía: Reproducción Albert Marín.
Christian Naranjo vivía en la calle y cantaba en los autobuses 'La mochila azul'. Fotografía: Reproducción Albert Marín.
Edwin Hernández ahora se dedica a pintar casas. Fotografía: Reproducción Albert Marín.
Fabián Ramírez vendía dulces en la calle que hacía su mamá. Fotografía: Reproducción Albert Marín.