5 marzo, 2012

Kati Winnegrad se encontraba en Colorado cuando recibió una llamada de un amigo para invitarla de vacaciones a Costa Rica. Después de hacer un recorrido turístico por Arenal y Monteverde, decidieron pasar la última semana en Montezuma. “Cuando llegué a ese lugar me di cuenta de que había llegado a casa (') Montezuma estaba al final de tierra, era un lugar donde caminos realmente malos habían unido a gente buena”. 23 años después La doñita , como la conocen popularmente, ha hecho de los conciertos en suelo tico su hogar, de la música, su día a día.

La mayoría la ha visto bailando en conciertos de todo tipo, moviéndose en un trance para algunos inexplicable, con los pies descalzos y los brazos en alto. Su presencia casi religiosa en los chivos , la ha convertido en un personaje de la escena musical.

Primer acercamiento

La puerta de madera rosada, abre paso a un santuario en medio de la ciudad. Las plantas hacen música con los móviles que cuelgan del techo, y hay que quitarse los zapatos para entrar a su casa.

Pegados en la refri están afiches de conciertos, fotografías y una calcomanía de “Salvemos las ballenas”. En la repisa de la cocina, alineadas en torre, cajas de té. Es su pequeño refugio, su rinconcito, que lleva su nombre por todas partes.

Se mueve de lado a lado por la pieza, preparando té, buscando fotografías, rearmándome el rompecabezas de su vida. Los 70 años que tiene encima los tiene bien escondidos entre los trapos de colores que lleva puestos; la sonrisa se traga las arrugas que tiene en la cara y su pelo rubio cuelga listo para sacudirse con el baile.

“Yo salí del vientre de mi madre bailando”. En New Hartford, New York, sus padres tenían una tienda de música donde vendían instrumentos de todo tipo. Su padre era amante de la ópera y la música clásica y su madre apasionada por el teatro.

En su infancia, Kati aprendió a tocar piano y violín, pero lo suyo era el baile. “¿Sabes lo que es el jitter bug ?” El tiempo retrocede mientras tararea y se mueve por la sala bailando para enseñarme el ritmo; “mi hermano y yo éramos muy buenos bailando en el colegio. (') Una vez mi novio de la época me fue a visitar mientras estudiaba en la Universidad de Syracruse y ganamos el concurso de baile”.

Con el tiempo, moverse se convirtió en su pasión y el tiempo la trajo a nuestro país.

Pasadas sus vacaciones de tres semanas, Kati le dijo a su compañero que se iba a quedar en Costa Rica. Buscó un terreno en Montezuma, del que hizo un santuario de vida silvestre, y hasta conoció a su esposo mientras jugaba en la playa.

“Yo tenía 48, él 28, nos casamos en Guatemala en el 88 y nos separamos en el 2001”, en las fotos de la boda tiene el pelo más oscuro pero la misma sonrisa.

El tobogán

“Tobogán hizo que me quedara en la ciudad”. Hace seis años la trajeron a San José y la llevaron a bailar al extinto salón de baile, que durante 35 años fue un lugar emblemático para los amantes de mover las caderas al son de ritmos latinos.

Al hablar del difunto, su rostro se vuelve una añoranza y aprieta la taza de té con fuerza entre los regazos. “No podía creer la energía de ese sitio nunca había encontrado un espacio tan maravilloso para bailar, era inmenso y podía volar en medio del salón, entre los bailarines”.

Decidió quedarse en Escazú, en un apartamento, “mi pequeño oasis” le llama Kati. Al principio no conocía a nadie, empezó a ir a conciertos para escuchar bandas, buscando nuevos ritmos, lugares donde expresar su arte.

Arnoldo Castillo fue uno de los primeros músicos en darle pelota , “él me apoyaba porque decía que yo podía abrirle la mente a la gente”.

Javier Arce, vocalista de Cocofunka menciona: “Siento que Kati le ha enseñado algo invaluable a la gente, un mensaje de amor y libertad. Ella es un símbolo de que es posible sentirse libre con el sonido”.

Jose Carmona, integrante de Kingolovers dice que Kati es un personaje importante en la escena musical, porque a los ticos les cuesta a veces romper el hielo “y su presencia hace que tanto músicos como audiencia sientan una energía especial y diferente... hace que se animen a bailar y que pierdan el miedo”.

Una nueva familia

Toda canción tiene una parte oscura, algunas almas se quiebran y la de Kati hace un par de años no resistió. A pesar de su entrega con la música y el público,la estadounidense se empezó a sentir muy sola porque no recibía retroalimentación de los asistentes a los conciertos.

“Tenía 22 años de bailar, de entregarme a la gente y me sentí frustrada porque nadie me hablada, se acercaba ni se conectaba conmigo, estaba agonizando”. Mueve la cabeza de un lado a otro, sin comprender ese capítulo de su vida.

Consideró irse a vivir a otro país donde a la gente le gustara bailar, pensó en Jamaica, Cuba, Brasil, pero el hecho de aprender otro idioma y empezar de cero la hizo dar un pasito hacia atrás.

“¿Cómo puedo servir con este regalo que Dios me dio de expresarme? ¿Cómo puedo conectarme con la gente joven, quitarle la verguenza?”

La respuesta a sus plegarias llegó dos semanas después por Facebook , cuando un universitario le dedicó una página: La doñita que baila en los conciertos de la UCR . En tan sólo dos días tenía 1.100 personas escribiéndole mensajes de cariño, hoy tiene 11.269 seguidores.

Por medio de la página, ahora manejada por Kati, ella quiere conectarse con la gente joven: “no quiero atención, sino conexión”.

Su mensaje es simple: sé el cambio que quieres ver en el mundo, como lo dijo Gandhi. Según Kati, “en la vida tenemos dos opciones: vivir en el mundo del ego y la mente, o vivir en el espíritu, sin miedo ('). Filtramos nuestra vida a partir de nuestros juicios, ideas y conceptos, de lo que es ser una mujer, una tica, tener 70 años' pero cuando dejamos eso de lado, el espíritu de lo que somos se está expresando, es hacer lo que amamos, ya sea escribir, bailar, cocinar'”.

“Me encanta la gente joven, yo imploré por esa conexión, fue un regalo. No tengo familia aquí, esa es mi familia”.

La página significó un reto para Kati ya que el contacto virtual no era un ritmo al cual estaba acostumbrada. A lo largo de los años, ha visto cómo el nombre y la fama ha cambiado a varios músicos, que han pasado de hacer música por amor a hacerlo por dinero.

“La idea de que éramos 9.000 personas no era lo importante, prefiero tener tres personas verdaderamente conectadas conmigo que miles que sólo se acercan después de un concierto a pedir tomarse una foto. Yo digo mil fotos con La doñita no significan nada, eso es algo sin conciencia”.

Elvis Martínez, comentó en la página “Me gusta La doñita porque cuando baila, su mundo es la música y con ésta establece un estado de buena vibra y conexión con los demás”.

Y así como Elvis, la gente le deja comentarios, donde le agradecen a Kati la alegría y energía con la que inunda cada lugar al que va a moverse.

La gringa loca

No todos entienden a Kati cuando baila, ella ocupa su espacio, para que la energía fluya. “A veces les digo que se corran o que hagan silencio porque no dejan escuchar la música, si se quedan quietos de pie es energía muerta. Si van a fumar, que vayan afuera”.

Siempre ha tenido que lidiar con personas que la juzgan, que le arrugan la frente, “en Montezuma era la gringa loca”.

Ha tenido problemas en diferentes lugares porque no la dejan subirse a la tarima o porque el público se queja. Kati es intensa, no se queda callada cuando las cosas le molestan.

“Ser así hace que muchas veces uno este solo, porque hay gente que no entiende, pero uno se vuelve un imán que atrae justo lo que uno necesita”.

¡Y vaya imán! Ha resistido a un proceso largo desde que llegó a la capital, pero la gente ha respondido, ha entendido que el baile puede ser una celebración, una terapia, que podemos olvidar al mundo por un momento y conocernos a nosotros mismos.

Saca con orgullo la portada del primer disco de Sonámbulo, donde sale bailando, y una foto suya en el Tobogán la última noche que estuvo vivo.

Se acerca a la pantalla de la computadora “esta es la foto de cuando bailé en el Teatro Nacional, la mejor experiencia que he tenido”. Se pone de pie y se lleva las manos al pecho, cuenta que tuvo miedo cuando le hicieron la oferta de bailar en el teatro, “¡El Teatro Nacional! me dije, si no haces esto nunca te lo vas a perdonar”.

Lucha social

A Kati no le gusta la política, leer periódicos ni ver noticias, sin embargo se ha involucrado en diversas causas sociales como la lucha contra la explotación minera en Crucitas y la campaña de No militares en Costa Rica. Además dice que toda su vida ha sido ambientalista.

Además está a favor del no fumado en lugares públicos.

“Todas estas herramientas que tenemos, hay que aprender a usarlas para hacer el bien.” Para Kati nadie debe ser dueño de nada, debemos ser guardianes.

Celebrar la vida

“Me gusta mi vida tal como es. He encontrado millones de formas de expresar amor, con animales, niños, plantas, bailando, escribiendo. Nunca hagas nada excepto por amor, eso es el baile para mí, por eso me nutre y me hace sentir tan joven.”

Se levanta, toma un pañuelo que tiene colgando sobre una lámpara y se lo amarra al cuello. Se le está haciendo tarde para llegar al parque Morazán y comenzar su terapia sabatina.

“¿Qué zapatos se ven mejor?” Le digo que los blancos. Suelta una risa, “no sé ni para qué pregunto, igual me los voy a quitar” ¿Y por qué bailar descalza? Se ríe de nuevo, “porque me gusta sentir los dedos de los pies”.