Yuri Lorena Jiménez. 27 febrero
Ilustración/Dominick Proestakis
Ilustración/Dominick Proestakis

En cuestiones de pareja, todos –o casi todos– hemos pasado por donde asustan. Algunos optan por la zona de confort de rutina; otros terminan por sentirse en una camisa de fuerza de la que terminan por librarse y, unos cuantos, elegimos la solitud (que no es lo mismo que la soledad) en sinergia con la comodidad de nuestra independencia total que no es más, a fin de cuentas, que otra zona de confort. Esa que nos licencia para amoríos intensos pero cortos, con fecha de caducidad tácita, sin plazos ni ligámenes, que se acaban cuando se acaban, sin drama y, a lo sumo, con unos cuantos diíllas de duelo al suave.

En el temprano otoño de mi vida he descubierto que los únicos amores que conservan su verdadera esencia son los que se quedan de camino, esos que sentís que te despedazan por dentro, sobre todo cuando se trata de amores imposibles.

Pero el amor, como los rayos, la lotería o la muerte, no suelen anunciarse, y entonces, a veces, solo ocurre. Y de pronto, en cosa de días o semanas, uno amanece pensante y pendiente de otra persona que hasta hace poco simplemente estaba fuera de tu vida. Es ese fresquito en el corazón que uno no estaba buscando ni por asomo, pero que apareció un buen martes de febrero y que termina por descolocarte, pero ya no por las mariposas en el estómago, sino porque casi un mes después, se encienden todas las alertas. Los temores. Las estúpidas conjeturas. La terrible y suicida tendencia a pensar en el destino, sin disfrutar el paisaje. Sin saber siquiera si el tren llegará a la estación final. Pero ya ahorita volvemos a esta parte.

Confidente (a gran honra) de mucha gente, he escuchado 10 y 100 historias sobre terror a enamorarse. En realidad, lo que (creía yo) nos da horror a los solteros curtiditos ya en relaciones, es llevarnos un mecatazo emocional. Uno más para este terco corazón, diría Emmanuel…

Sin embargo, en el temprano otoño de mi vida (ojo la argucia para decir que ya crucé la década de los 50 años ¡como si se me notaran!), decía que tras tanto camino recorrido, tantos amores de verdad –cada cual en su momento-- he descubierto que los únicos amores que conservan su verdadera esencia son los que se quedan de camino, esos que sentís que te despedazan por dentro, sobre todo cuando se trata de amores imposibles.

Los otros, los amores cimentados en años, lustros y décadas de convivencia, son eso: amores quizá más fuertes que los aventureros, con resiliencia para la asfixiante rutina (#SoloParaValientes) y que descansan en tenerse el uno al otro, a la hora de las horas y por siempre jamás.

Y es acá donde retomo el tema lanza de esta reflexión, el de (des) acostumbrarse al amor.

Y de pronto, en cosa de días o semanas, uno amanece pensante y pendiente de otra persona que hasta hace poco simplemente estaba fuera de tu vida.

***

Nos conocemos desde hace más de 25 años. Yo era bartender, secretaria y tenía ya un bebé de meses. Pero por andar en cosas de grandes desde pequeña, me salté la niñez y en especial, la adolescencia. Entonces él y la gallada de más de 20 compas de diferentes barrios de San José, unidos por un azar maravilloso que al día de hoy –ya cuarentones, la mayoría– no logramos entender, conformamos una legión al ritmo de la música de Magneto, Mercurio y otras decenas de códigos y recuerdos que al día de hoy, nos siguen uniendo.

Éramos una suerte de Beverly Hills 90210 a la tica y a la criolla; nos enredábamos entre nosotros en apretes o noviazgos cortos (la mayoría eran menores que yo, apenas estaban por sacar la cédula) y así pasamos una de las épocas más hermosas de nuestras vidas. Él fue uno más. Yo también fui una más. Luego la vida real nos alcanzó, cada quién tomó su camino, el team se vio diezmado antes de que alcanzáramos los 30 por las tres trágicas muertes de algunos de nuestros compinches… la vida real nos alcanzó.

***

Así que, en el temprano otoño de nuestras vidas y tras haber sostenido nuestro affaire post-adolescente durante algunas cortas épocas, tras tiempo sin vernos, una luna llena de principios de este febrero, nos juntó otra vez. Disfruté las primeras semanas hasta que se me encendieron todas las alertas: estábamos ya grandes, cada quien con su pasado al hombro, con los inevitables quilombos que llevamos todos a cuestas. Pero, principalmente, estábamos solteros los dos.

Ya no había que ir a miradores en carros alterados, a contar chistes bajo la luna y a matarnos de risa –o de hormonas dislocadas– hasta el amanecer.

Ahora podemos contar chistes bajo la luna (o bajo el edredón) y darle rienda a las hormonas dislocadas hasta el amanecer… Ya no hay “tombos” rondando, ya no hay que entrar a la casa de madrugada a hurtadillas, sopena de los regaños del papá, ya no hay que pensar en el futuro porque ya estamos en él.

Y justo acá es donde nos percatamos de que los amores adolescentes, con toda la incertidumbre por delante, o los amores imposibles, esos que nunca podrán ser, empiezan a agigantarse.

Sobre todo para aquellos que ya hemos pasado por donde asustan y que tenemos miedo.

Pero ojo, en este proceso descubrí que no tenemos miedo a enamorarnos, sino a sacrificar nuestra independencia, nuestras chocheras, nuestras costumbres íntimas, como la manía absolutamente secreta de dormir con un brassier raído porque no soporto estar sin sostén ni en las noches, pero ese remedo de top, medio me contiene los pechos sin apretarme el sueño… o la fijación de cepillarme los dientes medio dormida las dos o tres veces que me levanto en las noches a orinar, sin que nadie te diga al día siguiente que posiblemente esté maltratando el esmalte de mis dientes.

Mi respuesta desabrida y automática, siempre a la defensiva, es “Yo veré”.

Pero el colmo, y es lo que me lleva a esta cavilación, ocurrió el fin de semana, mientras veíamos en Netflix una película que ya yo he visto 20 veces, y él ni una. En la euforia mía porque él viviera y sintiera lo que yo desde el primer día que vi la peli, me empecé a sofocar cada vez que él me interrumpía para contarme con gran entusiasmo algunos logros de su trabajo ese día.

Le advertí dos o tres veces… o cuatro o cinco. Con mi tono de hijueputa (como agresivo/pasivo, yo no lo percibo, me han contado), mientras me mesaba los cabellos le dije unas cuantas veces: “¡Ve la película! Ahora me contás”.

Ya como a la quinta, simplemente tomé el control y apagué el tele. Furiosa e irónica, me volví hacia él y le dije “Ahora sí, todo oídos, contame”.

Él me miró entre sorprendido y divertido. Tiene un carácter del carajo (o tenía, posiblemente él sí maduró) y me desarma cuando me dice: “Mi amor, tranquila, encienda el tele. Luego le cuento. Solo le digo: Netflix no se va a ir a ninguna parte. Pero termine, termine de ver la peli que ya me dijo, ha visto como 50 veces”.

Yo, obviamente, “tierra trágame”.

Los vaivenes de esta historia están por verse.

Solo que todo esto me ha llevado a mí a un testeo permanente, en los últimos días, sobre cuáles son los miedos reales a la hora de enfrentarse, de nuevo, con un potencial amor… ¿A qué le tengo horror, a volverme a enamorar –perdidamente, no sé hacerlo de otra forma–? ¿O a desenamorarme de mí ?–perdidamente, tampoco sé hacerlo de otra forma–.

No tengo la respuesta. Estoy en busca de. ¿Y ustedes?