Revista Dominical

Carolina Cheng y la historia de cómo el maquillaje la salvó

Nació en Costa Rica, pero creció en China. Al regresar el choque cultural fue lo de menos frente al bullying pero hoy su vida es otra, gracias al amor propio y su ‘atelier’ de belleza natural

“La tortura que viví de adolescente hoy me permite ayudar a otras mujeres”, afirma Carolina Cheng, una mujer formada en negocios internacionales, con estudios en contabilidad con énfasis en economía y quien acumula experiencia en análisis financiero.

No es a partir de todos sus saberes universitarios y atestados laborales que ella ha podido contribuir en el fortalecimiento del amor propio de otras personas, sino de todo lo que padeció durante muchos años.

Para comprender la historia de esta mujer, de 37 años, hay que regresar a su infancia. Es hija de un costarricense y de una china. Ella nació en Golfito, sin embargo, cuando tenía cuatro años su mamá la llevó a reencontrarse con sus otras raíces.

Entre los 4 y los 13 años Carolina creció en China: aprendió todo sobre su cultura y allí estaba su vida. Un día, de repente, estaba a bordo de un avión. De su cuello colgaba una plaquita con sus datos. Regresaba, sola, a Costa Rica.

De su país natal no recordaba nada. En el viaje le ofrecieron un sándwich de jamón y queso y no comprendía porqué le daban una carne que estaba fría. Muchas horas después estaba en Costa Rica. Los brazos de su padre estaban extendidos en el aeropuerto: él abrazó a su hija, a la que no veía hace nueve años. Ella lo apartó. No recordaba ese tipo de muestras de afecto. Quería que se respetara su espacio personal “porque en la cultura que conocía el amor no se expresa tan afectuosamente”.

Carolina no recordaba demasiado de su papá… y menos de Costa Rica. Sus costumbres eran otras. Las únicas palabras que resonaban como recuerdo en su cabeza eran “queque y caca”. No había más.

El choque cultural fue severo. Carolina lloraba todas las noches y pensaba que “odiaba a su mamá” por hacerle esto. Había perdido su vida.

“Desde que nací mi mamá pensó que yo tenía que crecer en China. Ella necesitaba que yo aprendiera a comer como china y que no me olvidara de mis raíces. Me llevó y logró lo que ella quería. Ahora hablo muy bien español y mantengo un lado chino muy arraigado. Hoy agradezco lo que viví porque formó la persona que soy, pero al inicio odiaba a mi mamá porque sentí que había deshecho mi vida. Ella siempre ha sido visionaria y quería que yo fuera una persona globalizada”.

“Cuando regresé a Costa Rica tuve que empezar de cero con el español. Ese periodo fue la etapa más difícil de mi vida”.

Sin embargo, el choque cultural no fue lo más doloroso.

***

Carolina recuerda que le era imposible dejar de llorar. No tenía cerca nada de lo que conocía como vida. No sabía qué comer y tampoco lograba comunicarse con su padre ni con su abuela.

“Extrañaba hasta pelear con mi hermano menor. No podía expresar mi tristeza. Era difícil llamar hasta China. Escribía cartas pero pasaban meses para que volvieran. Lloré todas las noches durante tres meses. Me sentía deprimida. Mi papá es mitad chino y mitad tico. Mi abuelo era el chino, ya falleció. No tenía con quien expresarme”.

Lo complejo de su situación la llevó a buscar maneras de aprender español lo más pronto posible. Cuando regresaba del colegio traducía cada palabra escrita en el día. Lo hacía con un diccionario y a veces las oraciones no tenían sentido. Se frustraba.

Carolina ponía en práctica todo lo que aprendía, aunque naturalmente su acento era muy marcado. Sus compañeros de colegio la veían diferente. La xenofobia y el bullying se convirtieron “en tortura” para Carolina.

“El bullying para los asiáticos era más fuerte hace más de 20 años. La cultura china era menospreciada. Las personas chinas vistas como pobres que emigraban y estaban dispersas por todo el mundo. Que me dijeran china no era ofensivo, lo era el tono en el que me lo decían.

“La gente empezaba a burlarse de que yo fuera china, de mis ojos pequeños. Yo percibía que ser china es algo feo, me trataban como un animal raro y feo. Esa frustración era muy grande”, rememora.

La voz de Carolina se entrecorta. Sus ojos bonitos, pero tantas veces criticados, se humedecen al repasar lo vivido, aunque reitera que todo lo que experimentó es lo que le permite ser quien es y ayudar a otras mujeres.

“Recuerdo cómo me decían ‘china cochina’. Atacaban mi aspecto y era imposible cambiarlo. Cuando fui creciendo siempre pensé en cómo mejorar mi aspecto físico para no sentirme tan fea porque así me hacían sentir. Como a los 15 o 16 años empecé a darme cuenta de que existe el maquillaje y uno de los mayores complejos de las chinitas de mi época y tal vez aún, era tener ojos pequeños, para mí esos ojos pequeños eran feos. Ahora sé que los ojos monopárpado son algo bonito, bello”.

Fue entonces cuando siendo adolescente descubrió que si utilizaba un delineador sus ojos lucían más grandes. Carolina se aventuró con el maquillaje y su vida cambió. A través de productos y pinturas no ocultó quién era, sino que se revistió de amor propio y descubrió, de manera natural, cómo resaltar su esencia sin tener que cambiar.

“Eso me hizo sentir mejor”, dice.

Maquillaje que transforma

Pasaron los años y Carolina se fue a estudiar a Estados Unidos. Siempre continuó ligada al maquillaje, pero no se escondía tras él, sino que lo utilizaba como potenciador. Sus amigas universitarias notaron su habilidad y siempre le pedían que las maquillara. La veían como experta.

La china-costarricense culminó sus estudios y regresó a Costa Rica con los títulos en Negocios Internacionales y Contabilidad con Énfasis en Economía. En el país trabajó como analista financiera. Tras cinco años laborando pensó en hacer algo más. Su esposo le apoyó en la opción de estar en la casa y ocuparse del hogar, mientras llegaba la opción esperada.

Entre risas, esta madre de un pequeño de casi dos años, cuenta que “ser ama de casa” no es lo suyo. Se presentó una opción de regresar a las finanzas pero ella pensó en lo que significaba la felicidad: recordó el maquillaje, su compañero diario.

“Empezó una espinita dentro de mí. En eso me acordé que yo me arreglaba todos los días y las chicas me decían que qué base utilizaba, que cómo me quedaba tan bien. Me di cuenta de que a la gente le falta saber desde lo básico, que es cuidarse la piel, y saber cómo aplicarse la base”.

Sin buscarlo, Carolina halló un nuevo propósito.

“En el proceso de encontrar mi pasión dije: vuelvo al banco (a las finanzas) o hago algo que me apasione. Me metí a un curso de automaquillaje profesional con Gerardo Barrantes, uno de los mejores maquillistas. Cuando empecé dije que esto es lo que amo hacer, lo haría gratis pero ocupo ingresos. En ese momento dije: ‘no voy a regresar a la banca, voy a tomar el riesgo de empezar algo incierto”.

El profesor reconoció la habilidad de Carolina y halagó su motora fina. Él le recomendó empezar con una página de Facebook para que se diera a conocer. En el 2014 empezó a ofrecer talleres de maquillaje y descubrió que cada vez eran más las interesadas en aprender con ella.

“En el camino veía que la persona atendida se transformaba de forma positiva cuando yo la maquillaba. Eso me hizo sentir muy feliz y encontré mi propósito que es impulsar el maquillaje natural: no tenés que transformarte en otra persona para verte bien. Es conservar tu esencia para entender que eres bonita sin cambiar demasiado”.

Carolina empezó en su casa, pero cuando la demanda creció, se pasó a un apartamento que se convirtió en su primer atelier.

“Me empecé a dar cuenta de que muchas mujeres fueron como yo, solo que en diferentes situaciones. Empecé a transmitirles que merecen cuidarse, amarse a sí mismas y ya el maquillaje es la cereza en el pastel”, cuenta.

El propósito creció. La maquillista aprendió nuevas técnicas, siempre con la intención de aportar algo más que belleza externa.

“Empecé con micropigmentación. Eso funciona para personas con cáncer, una micropigmentación podía darles confianza y maquillaje nuevamente. También sirve para personas que pierden su visión y ya no se pueden maquillar. Cuando empecé ya tenía clientela esperándome”.

Con maquillaje, micropigmentación y los faciales que ayudan a cuidar la piel, Carolina sobrevivió a la pandemia en su negocio de 50 metros cuadrados, ubicado en Avenida Escazú (allí arrancó en el 2017). Hace unos años a su negocio se unió Marlene Fong, inicialmente ella era quien agendaba las citas y ganaba comisión por cada una, pero hoy día es la “mano derecha” de Carolina.

Al ver cómo impactaba la vida de muchas mujeres, incluso de adolescentes que igualmente pasaban por situaciones relacionadas con su apariencia, Carolina se animó a crecer más.

“En los talleres me di cuenta de que había adolescentes que pasaban momentos complicados, no por ser chinas, sino por tener, por ejemplo, espinillas. Las mamás las traían y yo les enseñaba a maquillarse naturalmente pero haciéndoles entender que son bellas. Descubrí esa habilidad de hacer sentir bien a las personas, todo gracias a mi sufrimiento cuando era adolescente.

Una labor “menor”

En el proceso, Carolina también sintió como sus seres cercanos no le apoyaban del todo con su nuevo oficio.

“Lo pensé muchísimo porque no tuve demasiado apoyo. Para mi familia era como bajar de nivel en la vida. Lo veían como algo no tan digno. Mi esposo me apoyaba, pero a veces me mencionaba que yo pasé de ser una ejecutiva que se reunía en las altas esferas de la banca a ser la persona que ahora iba a maquillar a las esposas de esos gerentes. Yo trabajaba con la élite de los bancos. Lo pensé mucho pero entendí que esto era lo que me hacía feliz. Me sentía bien de ver chicas sintiéndose realizadas siendo ellas mismas”, confía.

Ya decidida, Carolina se expandió en tiempos en los que lamentablemente la pandemia hizo que muchos negocios cerraran. Ella alquiló el local que estaba al lado del suyo y asumió una responsabilidad más en época de crisis. Sin embargo, sus pasos eran seguros.

“Estaba embarazada. Mi bebé nació el 29 de junio del 2020 y recuerdo que cerraron todo el país el 1.° de agosto. Yo en ese tiempo estaba trayendo los muebles de China. En febrero del 2021 inauguramos el nuevo local. Ahora atendemos la parte de cabello, pero no como un salón normal, siempre tenemos ese énfasis de cuidarnos y amarnos desde la salud.

Continuamos con el automaquillaje, la micropigmentación, los faciales y agregamos cabello, uñas y masajes”, dice.

En Caro Cheng Beauty Atelier (en Avenida Escazú), Carolina se siente realizada. Los precios de sus servicios van desde los $24 hasta los $300. El taller de automaquillaje cuesta $85.

Hoy emplea a 12 personas y, en medio de su alegría, busca un balance para ser la mejor madre para su bebé, ser una buena jefa y convertirse en su versión más sana. Además, hoy cuenta con el apoyo de su mamá, a quien considera su mejor amiga.

Carolina nunca más volvió a sentirse mal ni por sus raíces ni por su apariencia. Comprendió que su amor propio la hace hermosa en su propia piel y vive para transmitirlo a las demás.

Fernanda Matarrita Chaves

Fernanda Matarrita Chaves

Periodista y Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Latina de Costa Rica. “Redactora del año” de La Nación en el 2021. Ganó el premio nacional al mejor contenido divulgado sobre Niñez y Adolescencia 2021, otorgado por el Consejo Nacional de la Niñez y la Adolescencia y organizado por UNICEF, el PANI y Punto y Aparte

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