Roberto García H.. 18 mayo

Con el marco esplendoroso de la Feria Internacional del Libro, asistí el martes a presenciar Literatura y Fútbol, un prometedor conversatorio en el que cuatro escritores disertarían acerca de la dimensión del fútbol y los valores literarios de un texto, un relato o una crónica deportiva, por ejemplo.

Los costarricenses Adriana Sánchez y Luis Chaves, el boliviano Edmundo Paz Soldán y, casi nada, el argentino Martín Caparrós, eran los connotados participantes. Adriana escribió un libro titulado Pasión, una visión femenina del fútbol, en relación con su padre; Chaves es poeta, Premio Nacional Aquileo Echeverría; Paz Soldán jugó fútbol en su juventud, ha escrito cuentos del balompié y, finalmente, el estelar Caparrós no necesitaba presentación. Con una respetable asistencia en el Teatro de La Aduana, no más de entrada, el tal conversatorio nos empezó a preocupar. La primera en autodescalificarse fue Sánchez. Dijo que estaba ahí porque había escrito un libro sobre fútbol, pero nada más. Siguió el poeta Chaves, quien se ufanó de que cuando era cronista de un medio digital, veía los partidos por televisión en un ambiente de pícnic. Paz intentó ser coherente con su perfil, y Caparrós la voló. Sin decir agua va, el argentino se mostró harto del fútbol y de que lo hubieran invitado; digo esto, eufemísticamente.

Lo que siguió fue un arroz con mango entre tres intelectuales que se desmarcaban del fútbol, salvo el vano esfuerzo de Paz por salvar la noche. Fue preocupante la imprecisión histórica de la escritora sobre el Femenino Costa Rica, cuando dijo que había llenado en una ocasión el Estadio Nacional por aficionados que iban a mofarse de las mujeres futbolistas. En realidad, ese equipo que formaron los hermanos Fernando y Manuel Emilio Bonilla en 1949, dictó cátedra en canchas de Centroamérica y América del Sur y se lució en el premilinar entre Saprissa y Real Madrid, el 15 de agosto de 1961. ¡Qué decepción! Cuatro figurones de la cultura menospreciaron al público. No sé, quizás este columnista no comprendió que lo que querían demostrar era cómo desmarcarse y esconder el balón, recursos tácticos nada despreciables. O, de pronto, pretendían evidenciar con tan burdo espectáculo que tanto en literatura como en fútbol, hasta los grandes se equivocan.