Por: Johan Umaña V. 15 julio, 2014

La vergüenza de Brasil 2014 fue que llamara más la atención el mordisco de Luis Suárez que la revelada mafia que revende entradas y cuyos enlaces legan a lo más alto de las ya cuestionadas jefaturas de la FIFA.

Aficionados uruguayos protestaron con máscaras de Luis Suárez. | AFP
Aficionados uruguayos protestaron con máscaras de Luis Suárez. | AFP

Suárez fue el villano del torneo y pagó caro su agresión a Giorgio Chiellini.

La FIFA lo castigó como a un criminal, negándole incluso la enterada a un estadio. Al tiempo que guardó silencio cuando la policía desenmascaraba la red que revende entradas VIP destinadas a ONG’s y patrocinadores.

Ayer, Ray Whelan, ejecutivo del grupo británico Match –empresa con los derechos para comercializar paquetes corporativos del Mundial– se entregó a las autoridades sin que nadie en FIFA dijera nada ni aplicara castigo.

Los otros lunares de la Copa del Mundo recién finalizada fueron las altas temperaturas en el norte de Brasil y las protestas sociales, que no llegaron a ser tantas ni tan severas como se auguraba.

Dentro de la cancha la mayor mancha sigue siendo el arbitraje. Pero tampoco se discute cómo solucionar un problema global.