Amado Hidalgo. 1 abril

La mentira que el Tribunal atribuye a Eduardo Li, condena a casi toda la dirigencia de la Fedefútbol precedente y actual. Todavía está por verse su condición de falsedad. Tiene que pasar por el tamiz de una apelación e igual Li irá a un proceso para defender su versión.

Pero ni la verdad lo salva a él y a sus excompañeros de la ineptitud con que han llevado su ropaje de dirigentes. Esa mentira, ademas, ha convertido en casi un mártir a Jorge Luis Pinto, pues el miedo que provocó entre los federativos hizo que todos bajaran el pulgar y lo enviaran de regreso a Colombia.

Si Li ha dicho mentira, Rodolfo Villalobos llevaría consigo una especie de “mentira silenciosa”. No fue capaz de aclarar, ante sus compañeros, que ninguno de los capitanes de la Selección amenazó con perder juegos si se mantenía Pinto como técnico.

El juez Porter tuvo como cierto que los querellados declararon a la prensa una falsedad creyéndola verdad. Una supuesta amenaza, que según él fue mentira. En la reunión con los futbolistas y en la de federativos donde Li contó “la falsa versión”, estuvo presente el entonces tesorero Rodolfo Villalobos.

Su silencio lo convirtió en participe de la mentira. Si él y el expresidente necesitaron de una excusa disfrazada con ropas de falsedad para pedir el adiós de Pinto, no tenían el talante ni la autoridad para ejercer sus cargos responsablemente.

¿Con qué cara puede hoy Villalobos, presidente, mirar a Navas, Celso y Bryan, sin sonrojarse, cuando los ojos de los futbolistas pregunten que por qué dejó crecer la mentira a tal punto de convertirse en una verdad para los demás dirigentes? ¿Qué por qué no asumió junto a Li, valientemente, la decisión de echar a Pinto y no usarlos de carnada?

Repito. Si es que realmente todo fue una mentira. Seguramente solo conoceremos “la mentira o la verdad judicial”, una vez que el proceso termine y que Li afronte el suyo por falso testimonio.

Pero aun si la supuesta amenaza fuese verdad, ambos quedarían igual de retratados. Se dejaron imponer por los futbolistas una decisión que era resorte único de los dirigentes. Pase lo que pase con el fallo final, sus compañeros no tienen salvación histórica, ni siquiera los que salieron a la prensa y terminaron enjuiciados.

Todos quienes escucharon la versión de la amenaza, y la creyeron cierta, también ejercieron de marionetas. No se conoce uno solo que haya dicho: “No señor, aquí los jugadores no mandan”. O al menos: “Pinto se va, pero no por lo que digan los capitanes, sino por decisión nuestra y asumiremos la responsabilidad ante el país”.

Una buena parte de esos dirigentes, empezando por Rodolfo Villalobos, siguen en eso que alguna vez Iván Mraz llamó “La Casa de los sustos.