Amado Hidalgo.   21 junio

Desde que asomó su nariz, el VAR me olió feo. Dije que el árbitro y sus asistentes se volverían unos esclavos del ojo electrónico, perdiendo autoridad y desnaturalizando un juego en el que el error, como en cualquier actividad, es parte de la trama.

¡Me equivoqué! Fue peor. La forma en que se aplica en este Mundial es un horror. Ahora el árbitro erra no solo al apreciar las jugadas, sino que torpemente reitera sus pecados al no acudir a la ayuda del video.

Goles logrados con falta de por medio, penales claros sin sancionar, fueras de juego inexistentes y otros mal señalados son algunos de los errores que los silbateros han cometido, sin echar ojo a la pantalla. O sea, les ha sobrado soberbia para dudar de sí mismos y les ha faltado inteligencia para lograr un arbitraje más preciso y justo.

No se han querido tomar la pastillita contra la ceguera y prefieren estrellarse contra su propia arrogancia que admitir, ante los ojos de todo el mundo, que no son tan seguros como para ver más y mejor que decenas de cámaras estratégicamente colocadas.

Seguramente la FIFA les pidió no abusar del recurso para no atentar contra la fluidez del juego. Pero ya eso se sabía que iba a pasar con el video de asistencia arbitral. Solo que al ponérselo como arma, allí al borde del área, le ha puesto en sus manos un “revolver chocho”.

Ahora no solo tiene que dar cuentas por sus errores de apreciación en la cancha, sino también por las pifias de su sentido común, que irreverentemente le impiden dudar, o estúpidamente lo llevan a confiar más en su visión 20-20, que en esa imagen rescatada del pasado que lo puede salvar del escarnio popular.

Sensato sería que cada capitán de equipo pudiese pedir la revisión de dos o tres jugadas determinantes por tiempo. O que los árbitros de video tengan la libertad de corregir al silbatero central y no solamente acudir en su auxilio cuando éste lo pida.

Solo en el juego de Suecia y Corea ocurrió, pero tan tarde que dio tiempo a que un gol se asomara en la portería contraria. Los auxiliares de video le advirtieron a Joel Aguilar del penal con que los suecos ganaron el partido, como 30 segundos después de la infracción.

Es el único caso. Por lo demás, los señores del cuarto de pantallas se han estado rascando “la panza”, esperando a que el árbitro confiese su duda, aunque ellos, gracias al ojo mágico, tengan la certeza en las narices, a color y con repetición.

Creí que el VAR era para evitar la injusticia, minimizando el error arbitral. Pero no. En un afán soberbio por preservar la autoridad del réferi, ha podido más su falta de humildad para admitir la duda, y la escasez de sentido común para no dejarse desnudar por la misma pantalla que lo pudo salvar.

¿Entonces, para que VAR? Mejor cuando solo se podía equivocar una vez.