Roberto García H.. 22 junio

Hay dolor, no frustración. Cuando se pierde como caímos este viernes, queda la sensación de que aunque se pudo plantear mejor el juego, con equilibrio entre líneas, filosofía del toque y alguna opción de metralla, la verdad es que los muchachos de la Tricolor se prodigaron y no se les podría reprochar nada, pues, como reza la canción de Italia 90, ayer lo dieron todo.

Ante un adversario de la jerarquía de Brasil, se vio que no basta con el concurso de un guardameta fuera de serie ni con el mayor esfuerzo grupal, si las capacidades son limitadas y la preparación física no alcanzó para terminar en pie los 95 minutos que se juegan ahora por reposición, lapso de sobrevida donde emergió Brasil y sucumbió Costa Rica.

Nada mejor que un fracaso para revertir dolor en oportunidad. Tras la triste eliminación de Rusia 2018, se impone una revisión exhaustiva de lo que se hizo bien, un análisis de lo que se dejó de hacer y, muy importante, todo lo que se desdeñó en el proceso, desde el éxito de la Tricolor en Brasil 2014.

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En la gramilla, el fútbol nacional necesita recobrar la identidad del toque y el equilibrio entre líneas, alejarse del patrón ultradefensivo con un íngrimo delantero, siempre de espaldas y a merced del hierro de gladiadores que le respiran en la nuca. Urge la contratación de un director de selecciones nacionales con supremos poderes, un maestro de vocación, capaz de otorgar esa identidad que unifique el esquema de las selecciones menores con la mayor y con el patrón de juego en el campeonato nacional.

En el plano de la dirigencia, hay que desterrar la opacidad de los escritorios. Salvaguardar la institucionalidad de la Fedefútbol y exigir cuentas claras respecto a irregularidades que se han detectado y de las que este diario ha informado con rigor ético y profesional.

El periodismo debe apuntar a lo futbolístico, sin maltratar a las personas. Dirigentes, estrategas y deportistas son seres humanos, cuyo entorno familiar sufre en carne viva si se les ataca indiscriminadamente. Y en nuestra sociedad, se tiene que desterrar la violencia interpersonal. Que el fútbol no sea más el causante de la agresión contra seres vulnerables, expuestos al fanatismo y a la brutalidad. En fin, si bien nos invade el dolor, hay aceptación. Sigamos adelante.