Por: Amado Hidalgo.   26 junio

Este miércoles se cierra la historia de los héroes de Brasil 2014. Ahora, a los ojos de muchos ciegos fanáticos, envenenados, son un montón de vagabundos, aburguesados, indisciplinados y flojos futbolistas, que no quisieron poner hormonas en Rusia 2018. El técnico, Óscar Ramírez, resulta ser una especie de antihéroe, el destructor de aquella gloriosa epopeya que acabó con cuanto gigante se atravesó en su camino. Un cobarde que no quiso arriesgar en ataque y prefirió morir con las naves incendiadas debajo del marco.

Ni uno ni otro. Los jugadores cumplieron con su ciclo normal en un país que en dos momentos históricos, en 1990 y el 2014, conjugó una gran generación de futbolistas, en su mejor momento, con un esquema táctico que los hizo brillar en forma insospechada por todos nosotros.

Ni aquellos de Italia 90 ni estos de Brasil 2014 lograron alargar la vivencia mundialista con éxitos similares. ¿Porque no quisieron? ¿Por vagabundos? ¿ Por indisciplinados? No. Sencillamente porque su gesta no correspondía a la realidad de un fútbol muy distante de la élite del mundo. Para convertirlo en una constante hacen falta muchas cosas, empezando por una gestión adecuada en ligas menores que genere relevos adecuados.

Muchos quieren vender la idea de que con un fútbol más ofensivo habríamos hecho un mejor Mundial. Le echan la culpa a Ramírez. Aunque el D. T. desechó a un par de futbolistas que tal vez aportaban algo más en ataque, ninguno tiene el estatus ni la calidad para siquiera suponer que el desenlace pudo ser mejor. Nos comparan con Uruguay, que tiene casi los mismos habitantes, más juega sin miedo, pero nadie nos dice dónde están nuestros Cavanni, Suárez, Forlán o Abreu, para no retroceder mucho.

Nos creímos el cuento de que podíamos repetir el octavo lugar, aunque nuestros legionarios no brillan desde hace mucho en Europa y muchos ni juegan –salvo Navas y a pinceladas Ruiz– mientras que los de casa participan sin pena ni gloria en un torneo de nivel tercermundista.

Muchos de quienes se subieron al autobús de la victoria hace cuatro años, después de despedazar a Pinto en la etapa previa al Mundial, hoy deciden quemar, en plena calle, el muñeco diabólico de Óscar Ramírez, por ser incapaz de emular al colombiano.

A mí los dirigentes me quedaron debiendo, cuando quitaron a Pinto y le montaron una campaña en su contra. Cuando decidieron no contratar a un entrenador de mundo y experiencia internacional que, tal vez, nos habría hecho pasar a octavos de final, pero nunca más allá. Pero no tengo nada que cobrarles a Ramírez y sus muchachos, porque mi abuela me enseñó desde niño que sin cacao no hay chocolate.