Por: José Pablo Alfaro Rojas.   22 junio

Se juega el minuto 89′ y abro mi cuenta de Facebook. El maldito muro salta sobre mis ojos con tres mensajes de tres distintos aficionados (amigos). El primero recita algo sobre “San Keylor”, el segundo alaba el “bloque perfecto” y el tercero recita una estrofa del Himno Nacional.

Cierro mi Facebook, lo vuelvo a abrir seis minutos más tarde y repito el ejercicio. El primer mensaje pide la renuncia inmediata de Óscar Ramírez. El segundo es casi una predicción de que "ya se sabía" que Costa Rica terminaría hincada “como siempre”. El tercero es un madrazo.

Keylor Navas se abraza con Bryan Ruiz, después de la debacle frente a Brasil. Fotografía: Damián Arroyo.
Keylor Navas se abraza con Bryan Ruiz, después de la debacle frente a Brasil. Fotografía: Damián Arroyo.

¿Cómo es que se le llama santo a un futbolista, se “elogia” el partido casi perfecto y se canta el Himno Nacional al 89′? Y en el tiempo de reposición cambia antagónicamente el muro para pedir que se vaya el Machillo y aparecen decenas de Nostradamus.

El madrazo es lo de siempre. El muro de Facebook es como la gradería de sol. El aficionado se siente a derecho de tratar mal a quien sea cuando hay una barrera que lo divide de la cancha. Igual es el muro, que simplemente separa al criticado del que cuestiona. Es lo normal.

Hoy Costa Rica perdió contra Brasil y Keylor no es un santo ni Machillo el peor del mundo. No se jugó el partido perfecto ni tampoco el peor del Mundial.

Se defendió bien y se atacó mal. Sencillo, el fútbol tiene dos facetas, la ofensiva y la defensiva. Y la Sele ya suma dos juegos con buen presente defensivo, pero nulo aporte en ataque.

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¿Quién es el culpable? (Porque parece que siempre existe la necesidad de buscar culpables). Aquí están todas las caras de la moneda, según los ojos con que lo quiera ver.

El primer culpable es Brasil. Muy superior en todo sentido. Tiene mejores jugadores, un entrenador con más argumentos tácticos en su libreto, una Federación con más dinero para formar talentos y un país gigante, en donde nace un futbolista bueno en cada calle.

¿Es culpable Óscar Ramírez de perder contra Brasil? No lo creo. Me parece que hizo lo que pudo con el material humano que tenía a su disposición. Más bien, la equivocación de Machillo se produjo hace unos cuando días, contra Serbia, un rival más equiparado.

No hay que engañarse, individualmente Serbia tiene más argumentos en ataque, con futbolistas que participan activamente en las mejores ligas del mundo cada fin de semana. Pero por lo visto en el juego, en el funcionamiento colectivo, Costa Rica equiparó y pudo ganar el duelo.

El primer tiempo fue la mejor medición para darse cuenta de que los balcánicos tenían serias deficiencias en el eje defensivo. Costa Rica no lo aprovechó, en parte por su libreto y en parte porque no tenía el arsenal ofensivo para hacer daño. Sí, hay responsabilidad del Machillo en la caída.

También se podría hacer un análisis más integral y decir que Ramírez se casó con su gente y limitó al máximo la presencia de nuevas caras durante el proceso, lo que al final disminuyó las posibilidades de que algún volante pudiera darle otras armas a Costa Rica.

Podría asegurar Machillo que sí dio un espacio en la Copa Uncaf, pero al final ningún ofensivo destacó más que los jugadores de la base, por lo que prefirió apostar a lo mismo.

El otro pecado del seleccionador fue que ante la ausencia de hombres de peso en la creación y la elaboración en ataque, nunca logró que Costa Rica fuese un equipo contragolpeador.

Si el éxito de Costa Rica pasaba por la necesidad de replegarse, había que saber contragolpear.

Neymar anotó el segundo tanto del duelo. Fotografía: AFP.
Neymar anotó el segundo tanto del duelo. Fotografía: AFP.

¿Cuánta culpa tienen los futbolistas? Se le llama equipo y en el discurso, cada jugador saldrá diciendo en conferencia de prensa que "fallaron como equipo". Pero la verdad es que hay una gran diferencia entre el momento futbolístico de los hombres de defensa y los de ataque.

Keylor Navas tiene mínima culpa, como tampoco se podría culpar a Giancarlo González, Óscar Duarte y Johnny Acosta, que cargaron con el peso de cada juego.

Es evidente que cuando una selección juega al límite, sucede que los zagueros están más expuestos atrás, lo que aumenta las posibilidades de recibir anotación. Aún así, el gol de Serbia cayó en táctica fija y los dos de Brasil se produjeron después del minuto 90.

Cristian Gamboa cumplió, principalmente ante Brasil, y por la izquierda hubo algunos problemas con Francisco Calvo en el primer duelo. Nada tan grave como para asegurar que ahí está la razón de la eliminación. Más aún cuando Bryan Oviedo hizo lo que tenía que hacer este viernes.

Después viene el problema. Del medio campo hacia arriba la Sele no pesó. Ni en funcionamiento colectivo ni individualmente. Siempre se dependió de Bryan Ruiz y apareció poco, lejos del jugador de hace cuatro años que movía los hilos del equipo.

Tampoco brilló Celso.

Óscar Ramírez durante el juego de este viernes frente a Brasil en Rusia 2018. Foto: AFP
Óscar Ramírez durante el juego de este viernes frente a Brasil en Rusia 2018. Foto: AFP

¿Corrieron? Sí, mucho. Pero no pesaron en la zona que más limitaciones arrastra. Es decir, a los problemas en las transiciones, le afecta el desempeño individual.

Sentido común.

El tan criticado Johan Venegas también se sacrificó. Esa es la palabra que sobró en Costa Rica. Sacrificio. El problema es que al Mundial llegan los mejores y no basta con sacrificio.

Hay que dejar de culpa y decir que “los futbolistas no se esforzaron”. Estoy seguro que los futbolistas se esforzaron. Hicieron todo lo posible, pero fueron superados.

Se debe correr mucho, pero también se necesita la cuota de imaginación táctica e individual para romper un libreto y, en nuestro caso, al definidor que aproveche las pocas opciones de gol. Tampoco es el mismo Joel Campbell. Recién salido de una lesión.

Costa Rica se despide del Mundial de Rusia. No de Brasil, de Rusia. Hace cuatro años había otro equipo, futbolistas en otro momento, otro técnico y, en general, otra historia.