Roberto García H.. 1 junio

De fútbol se habla y se escribe todos los días. En la mayoría de los programas deportivos por la radio, las redes sociales, la televisión y el periodismo escrito, el asunto se vuelve monotemático, repetitivo y, sobre todo, polémico, según parece, un gancho infalible para ganar audiencia. Sin embargo, de pronto surge la declaración de alguna figura que se sale de lo cajonero, por la sinceridad y por la honestidad con que se expresa. Esa grata impresión me dejó, una vez más, Bryan Ruiz González, legendario capitán de la Selección Nacional.

Consultado hace unos días por sus expectativas tras el nuevo llamado a la Tricolor, Ruiz fue claro al afirmar que viene con plena disposición de aprovechar esta oportunidad, de cuyo rendimiento dependerá si continúa o no peleando un puesto rumbo al Mundial 2022; o sea, él, más que nadie, sabe que su extraordinario palmarés no le garantiza nada. Simples, en apariencia, esas palabras revelan que su taconear por las canchas internacionales, con actuaciones exitosas y pronunciados reveses, ha forjado el temple de un ser humano capaz de afrontar dignamente las circunstancias de la vida, sean estas favorables o no.

Saber hasta cuándo seguir en cualquier actividad es una decisión que la mayoría de los mortales adoptamos sin presión, tras discutirla y valorarla en el plano íntimo, familiar. Muy diferente es el caso de las grandes figuras, como Ruiz, bajo el asedio mediático de miles de “especialistas” que no solo pretenden decidir por él, sino que también se dan el tupé de dictar sentencia.

Es evidente que el cambio generacional todavía no opera en la Tricolor. Seguimos dependiendo de “las viejas glorias de Brasil 2014”, porque la estafeta no pasa tan fácilmente de una generación a otra. Tampoco los nuevos cracs nacen debajo de las piedras, como creía don Gustavo Matosas a su llegada. Urge el relevo generacional o el recambio, como se dice ahora. No obstante, lo anterior no impide que veteranos como Ruiz, Bolaños y el mismo Saborío, postulen sus cualidades a concurso. Si no hay valores mejores que ellos, pues que sigan. En esa tesitura, yo celebro que sea nuestro gallardo capitán quien decida, por sí mismo, más tarde o más temprano, su momento de decir adiós.