Amado Hidalgo.   17 julio

Tiene menos habitantes que Costa Rica. Su liga carece de renombre. Ha ido a los mismos cinco mundiales que fuimos nosotros. Ergo, podemos aspirar a una hazaña como la de Croacia.

Un análisis simplista nos podría llevar a esa conclusión. Nada más una racha buena, una llave accesible, y hasta el sétimo partido en el Mundial. ¡Ojalá fuera tan fácil! Pero para nosotros es un sueño imposible.

Al menos por ahora y mientras no pasen muchas cosas. La principal: Que nuestros jugadores no solo salgan numerosamente al exterior, sino que además triunfen en los grandes equipos. Porque Croacia no es Luka Modric e Ivan Rakitic, los astros del Real Madrid y Barcelona. Solo un portero y jugador de campo militan en el torneo local, todos los demás están repartidos en las grandes ligas europeas.

Cuando eso pase en el fútbol tico podremos pensar que el sueño es posible. Por ahora, Keylor Navas es apenas una golondrina. Más bajo pueden volar Pipo González, Óscar Duarte y un Bryan Ruiz que ya va en picada, planeando la mejor forma de un adiós que haga justicia a su buena carrera por Europa.

El apodo de la Selección croata es Vatreni: “llenos de fuego”. No hay duda del por qué. La forma de remontar los marcadores, con prórroga incluida en tres juegos, el brío para disputar la pelota y la intensidad al buscar el marco contrario, nos dejó la sensación de estar frente a una película de esas hollywoodenses, donde no hay formar de acabar con la resistencia del superhéroe.

Pero ese vértigo e ida y vuelta no se logran a puras ganas, ni por provenir de un pueblo guerrero, acostumbrado a conquistar sus sueños a toda costa. Se necesita de futbolistas con la dinámica que solo se alcanza en los grandes equipos de Europa, donde cada juego es una batalla física, una lucha por proteger el campo propio con sigilo militar y por conseguir arremetidas vertiginosas para sorprender al adversario descubierto.

No se consigue habitando la banca, jugando en una MLS donde los grandes futbolistas son los pensionados europeos, a punto de jubilarse, o en una liga mediocre como la nuestra, incapaz de competir en la misma Concacaf sin llevarse sonrojantes palizas.

De repente una buena generación, un técnico con rango de militar y una dosis de inteligencia táctica del jugador tico (que sí la tiene), nos puede convocar a todos en la Fuente de la Hispanidad. Para festejar el paso a una segunda ronda mundialista o, ya en versión milagro, a unos cuartos de final. Lo primero será “cada muerte de obispo”. Lo segundo creo que, al menos yo, no volveré a ver.