Amado Hidalgo.   3 julio

En los tiempos de hoy es un pecado perder. Nos gustan los ganadores, aunque sus triunfos sean a toda costa, cimentados en el fraude, la corrupción o la traición a uno mismo.

Idolatramos a quien alza la copa, al que festeja, nos emociona o nos hace sentir parte de ese mundo de los vencedores, aunque en el día a día personal seamos unos perdedores.

Solo eso explica que un país entero se vuelque contra los ídolos que cuatro años atrás lo congregó en calles y avenidas para festejar un triunfo en el que nadie creyó antes de que subieran al avión, condenados por el clamor popular a un Mundial de pesadilla.

Ese afán por convivir al lado de los ganadores, es lo único que da sentido a este reclamo airado porque ahora no se pudo, como si ganar fuese un imperativo y no una simple posibilidad, en un juego donde hay rivales, pesan los años, las lesiones, las buenas energías y los aciertos y errores.

Sí. Los errores. Porque nosotros, los directores técnicos de las redes sociales, los que aprendimos estrategia y táctica por Internet o simplemente viendo Súper campeones, no seríamos “tan estúpidos” de alinear como lo hizo el técnico nacional.

Esa camiseta la llevaría mejor yo, usted, este y aquel, quienes con Campbell en punta y Colindres a un costado, más Waston volando cabezazos a diestra y siniestra, hubiésemos logrado una nueva cita con la epopeya futbolera.

Los jugadores que usurparon el campo de los elegidos por la voz del pueblo, merecen la condena eterna a la hoguera, el linchamiento público por su incapacidad, por no tener las agallas, el pundonor y la calidad para meter los goles que cualquiera otro hubiese metido.

Todo lo demás son argumentos de mediocre conformista. Que Holanda pasó de un tercer lugar a no clasificar, que el último campeón no llegó ni a la segunda ronda, que Argentina con Messi, Portugal con Ronaldo o España con Iniesta no pudieron trascender. ¡Nada!. Eso es consuelo de tontos, porque Costa Rica, la flamante octava del Mundo en el 2014, tenía la obligación de subir al menos a ese mismo escalón.

Miedoso ese Macho y su argolla, que no fue capaz de “empujarle un par de pepinos” a Brasil.

¿Que nadie le ha metido gol? Ahhh, pero a nosotros sí nos tuvo miedo. Al matagigantes sí. Los teníamos allí, “nada más de darles por la madre”. ¡Que cobarde ese Macho!

No queda más que olvidar ese trago amargo. Por dicha viene la superliga local y, podremos ir a vivir las victorias que aquellos “inútiles” no pudieron darnos y admirar el vértigo y la contundencia de nuestros nuevos ídolos, a quienes el testarudo de Ramírez no supo ver, a pesar de que brotan en cada piedra de nuestros coliseos de primer Mundo.

Afortunadamente en Europa no nos pasan factura. Florentino, Bartomeu y lo jeques árabes ya sacaron sus billeteras para batirse a duelo por nuestros legionarios, a quienes la mala actuación en el Mundial no empaña sus brillantes jornadas en los últimos cuatro años. ¡Hay que ser ciegos!