Roberto García H.. 7 septiembre

Casi todo se ha dicho y escrito ya sobre la insólita dimisión de Gustavo Matosas de la Selección Nacional. Lo que viene es lo importante, para la Tricolor, para el fútbol en general y para nuestro país, donde no nos reponemos de una semana de espanto, lastimados en nuestro sentir ciudadano por el pernicioso efecto del nuevo deporte de las barricadas. En el episodio del martes, en las afueras de la Asamblea Legislativa, maestros azuzados por el estertor de un megáfono, transmutaron de educadores en turba y agredieron en manada a un fotógrafo que, a diferencia de ellos, estaba trabajando.

Volvamos al fútbol. La risible conferencia de prensa del aburrimiento echó al canasto de la basura la expectativa deportiva en torno al partido de anoche entre Costa Rica y Uruguay, cuyo resultado el suscrito ignoraba al momento de enviar esta columna al diario, ayer por la mañana. Según parece, el sainete de Matosas solo fue un nuevo eslabón de la cadena de desaciertos que se han producido por meses -y años, quizás- en la organización del fútbol nacional.

Decía José Figueres Ferrer que la crisis agudiza el ingenio. Valga entonces el trance para examinar a fondo la cúpula del fútbol y aplicar correctivos a presuntas irregularidades y erróneos procedimientos, como la reciente asamblea general de hace un par de semanas. Los comicios en el Proyecto Gol nos hicieron recordar los tiempos en los que la elección del Presidente de la República se efectuaba, puerta adentro, en la Casa Presidencial. Fue necesaria una revolución para poner las cosas en su sitio. La pólvora del máuser y el fragor de las trincheras del 48 sirvieron para reafirmar las conquistas sociales y garantizar la pureza en los comicios nacionales, al altísimo precio de la sangre entre hermanos.

Si la crisis agudiza el ingenio, como decía don Pepe, valga entonces el capítulo de Matosas en la Selección Nacional para revisar lo actuado, aplicar las correcciones pertinentes y enraizar la claridad, la honestidad y la democracia en el fútbol costarricense, una actividad privada, ciertamente, pero de trascendencia nacional e indudable interés público.