Amado Hidalgo. 15 octubre

Más entrega, más pundonor, más calma. No señores, lo que faltó fue condición futbolística.

Esa Selección de segunda o tercera categoría que presentó Costa Rica frente a Panamá fue un reflejo fiel del campeonato local.

Un torneito al que muchos técnicos y periodistas se pasan sobrevalorando. “Donde cualquiera le gana a cualquiera”. “Un campeonato muy competitivo”.

No se dan cuenta que ese nivel parejo es porque los llamados grandes están a la baja, desde hace tiempo, jugando al chiqui chiqui, al futbolito del toque y toque, sin vértigo, sin saber cómo abrir a los rivales que, por falta de recursos, se meten atrás sabiendo que muy poco o ningún daño les pueden hacer.

A nivel local alcanza con el chispazo de alguno de los jugadores que, por condiciones técnicas, puede marcar diferencia. En el plano internacional hace falta mucho más que eso para ganar. Panamá nos ha desnudado, aunque ya todos sabíamos que los legionarios, aún en sus peores horas, son mejores que los jugadores caseros que participan de un campeonato artesanal.

Tan artesanal que un delantero que se ha retirado varias veces y de 38 años es el goleador de tres de los últimos campeonatos y otro que suma casi los mismos almanaques y nunca hizo goles, terminó de líder en el último torneo.

El seleccionador, quien dijo después del primer juego que se había cumplido el objetivo, me imagino que tiene claro todo: los jugadores locales, salvo uno o dos, no están para la Sele. No hace falta que Ronald González hable bien o mal de ellos. Ya hablaron en la cancha.

Tampoco se trata de menospreciar el campeonato local al calor de dos partidos. Pero eso es lo que hay, y por eso mismo cuando vamos a CONCACAF nos dan palizas inolvidables. Los Mundiales épicos son recuerdos de equipos esclavos de la estrategia, respaldados por la heroicidad defensiva y de sus porteros, arropados por futbolistas receptivos a los secretos tácticos de la pizarra.

Esas camadas no se clonan y, cuando se agotan, queda la orfandad de unos chicos con mala escuela y pésimos profesores. No podemos sepultarlos porque son víctimas de su aprendizaje. Pero tampoco podemos engañarlos.