Roberto García H.. 8 junio

El domingo pasado fui como de costumbre al puesto de Los Montero en la Feria del Agricultor en Zapote, donde, además de la sonrisa con la que recibe a sus clientes, Victoria Montero Pereira denotaba un brillo especial en los ojos. Con la picardía de quien confiesa una “travesura”, me dijo: “¡Estuve ahí!”. “¡Vieras qué emoción!”. “¿Dónde estuviste?”, pregunté. “En el squash”. “Sabés bien que no podés volver a jugar”, la reprendí con el rigor y la confianza de nuestra larga amistad.

“No me metí a jugar. Ni pienso hacerlo. Simplemente, entré a la cancha, palpé las paredes, sentí el piso bajo mis pies, redescubrí el color, reconocí el entorno y las mariposas en el estómago, imágenes y sensaciones que creía olvidadas”… De súbito, el brillo de su mirada derivó en lágrimas. Porque en las personas sensibles, las palabras están de más.

Victoria se refería a la prevalencia de los lugares en la experiencia vital. Si una deportista de sangre como esta campeona de squash en dos décadas (1986-2006), visita un reducto donde labró sus jornadas épicas, la alquimia de la evocación y el vértigo bastan para reeditar su leyenda de raqueta, pelota y golpe, pues aunque se retiró hace mucho tiempo, ella sigue siendo la máxima referencia del squash nacional.

El desgaste de sus articulaciones tras la práctica de un deporte intenso, ameritó el reemplazo de sus rodillas, en dos exitosas cirugías que le practicaron en el hospital San Vicente de Paúl en Heredia. Un reportaje de la Revista Dominical del 2 de abril de 2017 (Golpes de campeona), narra los éxitos deportivos de la protagonista, así como el calvario que escaló en pos de una recuperación integral, insuficiente quizás para volver al alto rendimiento, pero necesaria y vital en la bendición cotidiana de caminar con libertad.

El exitoso proceso quirúrgico le devolvió la alegría. Por eso Victoria agradece al Creador, a la ciencia médica y a la seguridad social. Entonces, con solo que visitó fugazmente una cancha de squash, los trofeos de sus vitrinas recobraron vigencia. En otras palabras, esta dama elegante experimentó a flor de piel lo que, con exquisita sensibilidad, escribió una vez el artista Francisco Amighetti: La vida se va quedando en los lugares por donde nos ha tocado pasar.