Jacques Sagot. 17 febrero

Como la historia de los diez negritos, la vida nos va segando, talando, borrando uno a uno de su fiesta perpetua. Del equipo inglés campeón del mundo en 1966 el primero en irse fue el capitán Bobby Moore, en 1993 -“el hombre que mejor me marcó”, dijo Pelé-. Le siguió Alan Ball, en 2007. Y ahora se nos acaba de morir el colosal Gordon Banks, sí, el de la “atajada del siglo”: balón en profundidad de Carlos Alberto, desborde por la línea de fondo de Jairzinho, testarazo insidioso de Pelé -que de hecho celebró como gol-, y revolcón sensacional de Banks, que logra repeler el misil contra el travesaño.

“Yo marqué el gol, sucede tan solo que la bola no entró” -solía bromear Pelé-. Y Bobby Moore, en son de guasa, después de semejante proeza, se acercó a su portero y le dijo: ¿Qué fue eso, Banksi? ¡En el pasado acostumbrabas atajarlas mejor!”. Si Inglaterra fue eliminada por Alemania en el Mundial de México 1970, ello fue porque Banks, afecto de indigestión, no pudo jugar, y Alf Ramsey tuvo que convocar al mediocrísimo portero Peter Bonetti.

Pero la muerte no se ensaña con ningún equipo en particular: ella sigue haciendo su vendimia, guadaña en mano, bien empuñada. Ya del Brasil de 1970 -por amplísimo consenso de periodistas y técnicos, el mejor equipo de todos los tiempos- han evanescido tres luminarias: el lateral izquierdo Everaldo en 1974, el portero Félix en 2012, y el gran capitán Carlos Alberto en 2016, el hombre que con 50.000 megatones de potencia remató el gol colectivamente más bello de la historia de los mundiales, en las postrimerías del 4-1 que Brasil le infligió a Italia en la final de 1970.

Después de asistir, profundamente consternado, al sepelio de Beethoven, su admirador Schubert se reunió en una taberna con un grupo de amigos. Sufría de sífilis, y sabía que su muerte no estaba lejana. Alzó un vaso de cerveza y brindó “por aquel que ha de seguir”. Y fue él, apenas un año más tarde. Y eso es lo que nos preguntamos todos: en ese firmamento de deslumbradoras supernovas, en ese museo íntimo donde atesoramos el recuerdo de nuestros grandes héroes de infancia y juventud, ¿quién será el siguiente? Ahí irán cayendo, uno tras otro. Inexorablemente. Y entonces me escondo para llorar en silencio.