Amado Hidalgo. 5 febrero

Quienes admiramos el fútbol de Bryan Ruiz, de alguna forma estamos atrapados con él. Nos irrita verlo casi que cómodo en esa jaula de oro en la que decidió quedarse, privando a los demás de su talento con la pelota.

Nos incomoda saber que La Comadreja decidió acomodarse en su cueva dorada, esperando la buena noticia de cada pago quincenal, mientras los de afuera esperamos, sin fortuna, el día en que tome la llave y abra la jaula en la que decidió confinar su estatus de futbolista.

Porque si algo no puede alegar es que no lo dejan salir. Bryan es un mal negocio para el Santos, obligado a pagarle cada salario, a pesar de no ver minutos ni en la banca. El no participar en al menos 10% de los partidos de la temporada anterior le facultaba para pedir a FIFA ruptura de contrato. Pero no lo hizo.

Según sus propias palabras, quiere que le paguen lo estipulado en el contrato, cuyo vencimiento está para finales de este año. Alega que no le han cumplido cosas del contrato, pero en lugar de amarrarlo, ese debería ser suficiente motivo para demandar al club e irse a jugar a otro lado. La FIFA emite pases provisionales cuando hay conflictos de este tipo.

O sea, Bryan no sale de Santos porque quiere seguir devengando el salario jugoso que tiene. No se le puede crucificar por eso, pero igual tenemos derecho a sentir decepción quienes pensamos que el correteo detrás de la pelota es lo que define la esencia de un futbolista.

Por más que lo admiremos no podemos cerrar los ojos. Ya vivió un episodio similar en el Sporting portugués. Casi por decisión propia, enemistado con el técnico y la institución, no accedió a irse a otro club, alegando que las condiciones no le favorecían.

La chispa del Bryan cadencioso con la pelota, acertado con el pase entre líneas o definiendo con su privilegiada zurda. De todo eso nos hemos privado durante mucho tiempo. Peor aún, todo eso nos lo ha negado vistiendo la camiseta de la Selección, el equipo que más lo añora.

Puede que no volvamos a ver al Ruiz de aquel mágico mundial brasileño. A lo mejor la comodidad de sus jaulas de oro apaciguaron su brío futbolero, a lo mejor los años y la inactividad son un coctel que lo limita a un buen recuerdo. ¡Ojalá se decidiera a volar!