Pablo Gabas. 15 julio

Pinta para lluvia después de una mañana soleada y con mucha humedad. En época de invierno y los vendedores ambulantes deben moverse sin pausa. Los admiro y mucho. Están ahí entre los carros, juegan a esquivar y ser el mejor extremo por la banda, tienen una mirada más que panorámica para observar el carro que le hace una seña de luces o pega un bocinazo para gestionarle una venta.

Usan sus capas, que apenas dejan ver sus ojos. Llueve y llueve. Los carros irán despacio, muy despacio, y por ahí del Cariari hasta el hospital México se hará un parqueo, el más grande de Costa Rica... Plátano frito, dulces y demás... Ahí aparece Héctor, un padre de 56 años, se autodefine como un vendedor ambulante que al no conseguir trabajo en estas épocas expone su vida para llevar a casa el dinero que le permitirá comprar alimentos, útiles y los tacos del talento de la casa, llamado Luis.

Héctor es persistente e innovador. Se las ingenia. Busca la manera, toca el vidrio y camina lento para que los conductores le puedan adquirir parte de su arsenal. La razón por cual sale todos los días es porque alguien le contó que sus hijo de apenas 12 años promete ser un chico con un talento único; todos hablan de él, desde los técnicos que lo vieron en sus inicios a los 8 años hasta los actuales.

Héctor y su hijo toman el mismo bus, se sientan uno al lado el otro, cuando hay lugar, y si no, van de pie por varios minutos. Su final es distinto: uno bajará antes para dar su mejor esfuerzo y el otro seguirá porque le gusta estar detrás de la pelota y sueña con ser el Ruiz del futuro. Cuando Héctor está a metros de bajar del bus lo mira a los ojos y lo besa en la frente; ese beso consigo lleva el esfuerzo, las ganas y hasta la vida de un padre que haría hasta lo imposible por ver a su hijo llegar a ser un jugador reconocido y que por muchos años su nombre persista en la memoria del crítico del fútbol nacional e internacional.

Es una pequeña historia, a la cual echo mano como ilustración para referirme al debate sobre el aumento de la cantidad de extranjeros en el campeonato nacional. Yo fui uno y como tal durante muchos años mi obligación fue siempre rendir y ser útil para los equipos con los cuales jugué. Hoy, sin embargo, con esta nueva regla, hay un Luis que deberá muchas veces pelear con un extranjero que viene solo a llenar un cupo sin ver si su rendimiento es óptimo.

Creo que tres o cuatro estaban en lo indicado, pero ya cinco, independientemente si son sub-21, me parece mucho. En esto soy muy reservado; sé que hay muchos extranjeros buenos, pero otros solo le vienen a interrumpir el sueño a Luis y llevarse una parte de la vida de Héctor.

Después preguntaremos dónde están nuestros resultados en selecciones menores y hasta nuestro cambio generacional.

Quiero que Héctor conozca Europa o en vez de estar haciendo el día con posibilidades de fiebre, gripe o neumonía, camine por las calles de Milan, Londres o Japón.

Lo sueño por más Hector y sueños detrás del alambrado.