Amado Hidalgo. 20 marzo
La relación de Esteban Alvarado y Alajuelense empezó mal desde la cláusula patética que al parecer hizo creer al arquero que nada lo podría apartar de la titularidadla. Foto: Fanny Tayver
La relación de Esteban Alvarado y Alajuelense empezó mal desde la cláusula patética que al parecer hizo creer al arquero que nada lo podría apartar de la titularidadla. Foto: Fanny Tayver

Nos ha mostrado varias caras. La del futbolista que ficha con el equipo de su corazón, la del inmaduro que abandona el club por un berrinche y la del resentido que denigra a la institución “que no le dio su valor”.

Nos revela un ser confundido y mal asesorado. Para colmo, la contraparte – Alajuelense- colabora a crear esa inestabilidad emocional. Primero, con una cláusula patética que le hace creer que nada lo puede apartar de la titularidad. Después, abriéndole la puerta de salida sin mayores objeciones, anunciando un acuerdo que terminaría en un finiquito y que ahora intenta desconocer, por falta de la firma de su presidente.

Tan mal manejado por las dos partes, que cualquiera puede ganar ese pleito. Lo que pudo haber sido un clarísimo incumplimiento de Alvarado, por no asistir a los entrenamientos, se convirtió en un sainete legal, que dio armas al jugador para pelear, escudado en el discurso original de la institución: Esteban y la Liga acordaban una rescisión en buenos términos.

Abrió la boca, confiado en que su rúbrica en el papel acababa el ligamen, y los dirigentes echaron para atrás, heridos por el nivel de grandeza en que el portero situó al club. Ahora serán los Tribunales, o la Cámara de Resolución de Disputas, la que diga si ese pacto, aceptado por ambos y publicitado por la Liga, tiene o no valor eximente de responsabilidad para el jugador.

Si yo fuese Alvarado, no iría a un pleito sin un acto previo de constricción. No por miedo, sino para encontrar paz interior. Iría al camerino manudo y a la junta directiva a ofrecer disculpas e incluso, aunque no me aceptaran, propondría volver sin condición alguna.

No diría más, como ha dicho, que las cosas que se hablan de él le entran por un oído y le salen por otro. Aunque un poco tarde, usaría este nuevo error como una lección de vida, tal vez la ultima para convertirse en un profesional de verdad y disfrutar de las enormes cualidades que esa vida le regaló.

Si yo fuese Alvarado me alejaría de los amigos que le susurran al oído, tal vez felicitándolo por haberse burlado del Centenario liguista, a lo mejor prometiéndole un próximo fichaje o ayudarle a abrir una nueva puerta en el exterior. Necesita un guía, alguien que le saque en vez de meterle humo en la cabeza.

Si yo fuese Fernando Ocampo, revisaría los protocolos seguidos en este caso, desde el momento en que negociaron “una titularidad por la que todos harían su máximo esfuerzo”. La Liga tenía que acreditar el abandono laboral pero no lo hizo y ahora, un mes después, contrata abogados para reencausar el caso y demostrar que nunca hubo consentimiento en la salida del portero.

Si yo fuese Rodolfo Villalobos convocaría a las dos partes a la reconciliación. De lo contrario, la FEDEFUTBOL pecaría si permite la convocatoria del guardameta a la Selección. Estaría premiando a un futbolista que se burló públicamente de uno de sus clubes asociados sin ninguna justificación.