Jacques Sagot. 19 abril

Bueno, amigos, Saprissa ha demostrado de manera inapelable que no tiene el nivel para jugar el campeonatillo de la Concacaf, y tampoco está capacitado para disputar el campeonatititillo nacional. En rigor, debería bajar a la segunda división, y aún ahí me temo que su desempeño sería deficitario e insuficiente. Pues no sé qué decir… tal vez la empresa deba renunciar al fútbol. Sepultar la institución, debidamente confortada por los santos sacramentos, vender el estadio, convertirlo en un auditorio para conciertos rock, o en un campo ferial, dejar que los jugadores salgan en desbandada, y que en su desesperada diáspora encuentren formas honorables de ganarse la vida en los aciagos tiempos que atravesamos.

Los equipos no son entidades eternas: los hubo ilustres que murieron y hoy en día son apenas referencias históricas. La Libertad, Gimnástica Española, Orión… fantasmas errando en el crepuscular limbo del recuerdo. Igual que las especies animales, que las más rutilantes estrellas, que los volcanes otrora devastadores, los equipos languidecen, se extinguen, se apagan, mueren. Terrible palabra, pero no vamos a acudir a litotes, eufemismos o perífrasis: mueren, sí. Para siempre. No queda de ellos más que un puñado de imágenes en un puñado de mentes que a su vez no tardarán en bajar a la tierra. Entonces sobrevendrá esa terrible segunda muerte que es el olvido. La muerte social. La muerte con la que aún los muertos terminan de morirse.

Creo que es perfectamente legítimo preguntarse si Saprissa no cumplió ya su ciclo vital en el planeta. Si tal es el caso pónganle su lápida, porque nada hay tan macabro como ver a once cadáveres, a una momia de técnico y a un embalsamado presidente ejecutivo deambulando en un fantasmal terreno desierto. Tal vez esa sea la verdadera tragedia de Saprissa: ya murió y nadie le ha extendido un certificado de defunción. Que alguien, por piedad, se encargue de este triste trámite.