Amado Hidalgo. Hace 1 día

Hace apenas un mes Rodolfo Villalobos ratificó a Ronald González al frente de la Selección, reintegró como su asistente a Douglas Sequeira, tras la eliminación olímpica, y dijo que es un hombre de asumir responsabilidades.

Hoy ya sabemos de qué manera. Un recuento de las decisiones federativas en torno al nombramiento de los técnicos de la Selección nos da una mejor idea acerca de esa actitud “tan loable” de enfrentar las balas a pecho abierto.

Según lo que el tribunal tuvo por cierto, en el juicio de los capitanes, Eduardo Li usó una mentira para convencer a sus compañeros del ejecutivo que Jorge Luis Pinto no debía seguir. En ese caso, Villalobos, el único que podía desmentir a Li, guardó silencio y con ello el colombiano tuvo que irse.

Llegó y se fue sin gloria Paulo Cesar Wanchope, a quien le encomendaron mejorar la versión de Pinto, “con un futbol más ofensivo”. Locura más grande no escucharé en mi vida. Cuando cayó en prisión Li, quien decidía todo en la Fedefutbol, Jorge Hidalgo nombró a Óscar Ramírez, con quien retomamos el “futbol defensivo” que decían no querer, pero que nos llevó a otro Mundial con facilidad.

El mismo día del retorno de Rusia, el ya entonces presidente Villalobos dijo sentirse satisfecho con el trabajo del “Macho”. Pero horas después anunció que no sería renovado y empezó este viacrucis futbolero que nos tiene en vilo de cara a la inminente eliminatoria para Catar.

Todo empezó con un manual de requisitos del “técnico ideal”. El principal era no llamarse Jorge Luis Pinto. La simpatía, el buen “filing”, y endulzar el oído de los dirigentes con mentiras como el brote de joyas futboleras bajo las piedras, le dio el puesto al aburrido de Matosas.

De no ser por el clamor popular, al bueno de Gustavo lo hubieran dejado dirigir frente a Uruguay, con acto de despedida incluido.

Entonces y solo entonces, Ronald González pasó a ser el indicado, aunque previo a la designación de Matosas tuvo un interinato prometedor, que terminó con victorias en Perú y Chile, insuficientes para al menos ser asistente de “Gus”. La misma suerte había corrido Luis Marín, cuyo aprendizaje de casi 9 años en el banquillo tricolor no sirvió ante la llegada del inseguro galán de La Sabana, quien necesitaba a alguien más apuntado a la vida nocturna.

Perdido todo ese tiempo y ya sin plata, la Federación le dio la papa caliente a González. La pandemia, la falta de fogueos, la ausencia de asistentes de peso, la edad de los que fueron gloria y la tibieza de quienes no ocupan su lugar, jugaron en contra del hombre a quien hoy le cae la guillotina, como salida fácil para explicar otro fracaso.

Tres años después del Mundial, empezamos de nuevo, otra vez. Sin cambio generacional, dependiendo de unos veteranos que no han querido jubilar, jóvenes intermitentes, con legionarios sin estrellas y un Navas con “estrellitis”. Lo único “bueno” es la dirigencia, que sí sabe asumir responsabilidades.