Amado Hidalgo. 1 julio

Walter Centeno debe estar muy feliz con el título dado a su querido Saprissa. Pero no es como lo soñó y prometió cuando llegó a La Cueva, auto etiquetado como un revolucionario del futbol.

Esa revolución era una utopía. Siempre salida desde atrás, 500 pases por juego, nunca reventar, jamás línea de cinco en defensa, y baile, aunque se pierda. Un ideario cuyo espejo, decía, era el mismísimo Barcelona.

“Yo muero con la mía” “No voy a cambiar porque usted quiera”. Solía confrontarse con los periodistas. Hasta que los mismos saprissistas empezaron a mirarlo raro, con esa desconfianza que generaban los tropiezos y las conferencias, donde defendía lo que sus zagueros no eran capaces en la cancha.

Como Don Quijote, alucinando con sus molinos de viento. Repetimos, muchas veces, que no triunfaría en Saprissa aferrado a ese manual del único estilo perfecto. Otros, con más poder, se lo habrán dicho también. No fue casualidad que un día le quitaran a Andrés Arias, su “Sancho Panza”, por aquello de la incondicionalidad.

La llegada de Victor Cordero a la gerencia deportiva y de Marco Herrera como asistente, representan esa época de cuestionamientos internos, tras goleadas ante la Liga y Herediano. Walter aceptó, porque su espíritu ganador no le habría permitido irse por la puerta de atrás. La dirigencia lo mantuvo, porque anhelaba que su gran ídolo levantara la copa y no los dejara en entredicho por haberlo elegido.

Imagino que en esa segunda etapa el técnico se sentía incómodo, jugando a ganar sin poesía en algunos partidos, como el de su título en la Liga Concacaf, ante Motagua. A lo mejor, le fue tomando el gusto al juego práctico, a la línea de tres como recurso, al pelotazo dirigido para no arriesgar en salida, al fútbol que apenas meses atrás criticaba, como la noche en que negó mérito a San Carlos.

Para su bien, la calidad individual de las principales figuras moradas ha hecho que la esencia de su credo esté allí. A veces abundante. En otras apenas para marcar diferencia, con una genialidad o una dosis de experiencia.

Saprissa ha triunfado gracias y a pesar de Centeno. No hubo revolución. Pero a lo mejor, con el título en un bolsillo y una pócima de realidad en el otro, pueda volver sobre el camino andado. A rescatar su ideario, con los tachones que le han dejado los golpes.