Roberto García H.. 25 enero

Si nuestros dirigentes del fútbol fueran agricultores, echarían a perder sus cosechas en un dos por tres. Aunque tuvieran buena mano (algunos la tienen), pecarían por impacientes, pues se apresurarían a vender sus productos cuando todavía están celes. Además, si el crecimiento de sus matitas no avanzara con la celeridad que requieren, cambiarían de cultivo sin sonrojarse siquiera. Eso es lo que sucede con los dirigentes de la mayoría de los clubes de la Primera División. Si uno de sus nuevos pinos promete, lo mercadean como está, o sea, medio pintón, se embolsan algunos dólares y luego el proyecto de jugador se echa a perder.

Basta con revisar en los medios las informaciones futbolísticas para validar el símil de los agricultores. En general, a nuestros dirigentes los mata la ambición. Se movilizan nerviosamente en pos de nuevos y sorpresivos fichajes y, en consecuencia, el tema del mercado de piernas domina la corriente informativa, en detrimento de la difusión, discusión y análisis de los valores esenciales del fútbol; léase, estilo de juego, táctica y estrategia. Que Fulanito va para tal equipo; que Sutanito ya está hablado. Si Menganito debuta en la Primera y se jala un buen partido, el pobre novato no ha terminado de ducharse y ya se especula su venta a los dos o tres clubes “poderosos”, o bien al exterior.

La urgencia por lograr títulos obnubila las mentes y se olvidan de la planificación. Nada de proyectos a mediano plazo; mucho menos, a largo plazo. Los clubes se endeudan con tal de enrolar en sus filas a estrellas de relumbrón, a ver si acaso aplacan el clamor de la exigente hinchada. Por complacer a la grada, acaban esclavos de sus caprichos, como sucede a los padres inconscientes con sus chiquillos chineados. Además, el constante trasiego de figuras de uno a otro bando, afecta sensiblemente la tradición, la historia y la identidad de cada institución futbolística.

¡Señores!, en ese sentido (diría Hernán Medford), eduquen a sus fanáticos, háganles comprender que los procesos se respetan y que la lucha por obtener un título no consiste solo en exhibir la chequera porque acá, allá y acullá, está más que comprobado que la cuestión de la supremacía en la gramilla no es tan fácil como soplar y hacer botellas.