Antonio Alfaro. 10 febrero
Centeno vivió con intensidad un clásico en el que la pelota fue suya y las oportunidades de victoria, de ambos. Fotografía José Cordero
Centeno vivió con intensidad un clásico en el que la pelota fue suya y las oportunidades de victoria, de ambos. Fotografía José Cordero

Lo escribo con la seguridad de no ofender a nadie y, por el contrario, casi con el temor de excederme en el elogio: el Paté encarna al ‘agrandado’ que cada saprissista lleva adentro.

El saprissista se siente diferente, así salten algunos a decir “no generalice, yo no”. Bueno, está bien, usted no: solo los demás.

El de “pegué baile”, el de “todos temen a Saprissa”, el que creció escuchando el lema de “pasión y orgullo”, le encanta al morado y explica buena parte de la euforia por la contratación de Centeno.

De no ser por Óscar Arias, nadie le habría quitado la pelota al Paté en lo mediático durante esta semana.

Al saprissista le gusta el técnico de verbo atrevido, el que se jacta, el que pide 22 días para darle su estilo al equipo y al final lo consigue en solo dos. Por más que Juan Carlos Rojas y compañeros pretendían empoderar a timoles cautos, comedidos y respetuosos en sus declaraciones, al estilo de Carlos Watson (¡un señor!) y Vladimir Quesada (incapaz de majar una hormiga), el presidente morado tampoco podía disimular el pecho henchido con cada frase atrevida del Paté, el día de su presentación.

La osadía en las palabras se complementa con la promesa de un fútbol de toque, de pie a pie, avasallador, de posesión. ¿Acaso mejor que el de Vladimir Quesada? Nadie puede acusar al recién sustituido timonel de juego defensivo. Bajo su mando, Saprissa fue el equipo más goleador del 2018, anotador de 114 anotaciones —más de dos tantos por partido—, pese a que le desarmaron el ataque de un torneo a otro.

Bajo su mando, Saprissa logró arrebatarle el liderato a la Liga precisamente por diferencia de goles. El seguidor morado, sin embargo, cree que hay otro nivel, un más allá; si no más goles, más pases, más paredes, más jugadas al borde de la butaca, más tome y deme, más Barcelona a la tica, más “dancing with the stars”, más “dimos clase” (o alguna frase equivalente) en las conferencias de prensa.

Aunque admiro la confianza en sí mismo del Paté y la defensa a ultranza de sus ideas y el buen trato a la pelota, considero un tema de gustos eso de tener el balón de aquí para allá, de allá para acá, del centro a un costado, de un costado al centro, del centro hacia atrás, de atrás hacia el lado, hasta tener la opción clara de ir al frente.

La pelota fue suya ante la Liga en la mayor parte del tiempo y lo será en casi todos los partidos venideros, aunque con alguno que otro susto si, como Alajuelense, el rival atina en las únicas dos formas de inquietar al cuadro morado: presionarle la salida o apostarle al contraataque.

Mientras el dominio no se plasme en el marcador, el arte vivirá bajo amenaza, porque eso de los “500” pases como objetivo no deja de ser relativo. A mi entender, el pase es un camino, no un destino. Con Vladimir Quesada, por ejemplo, Saprissa hizo 581 ante Cartaginés y perdió; 404 ante San Carlos y ganó. Otras veces, sin duda ocurrió lo contrario.

Sospecho que con Centeno, el Saprissa será muchas días un deleite de “posesión” y en otras una desesperante “procesión” (sobre todo cuando el rival se le encierre y requiera tocar, tocar y tocar...). Para esas últimas ocasiones, la afición necesitará paciencia franciscana; para las otras bastará un ‘pegamos baile’, dejando salir el Paté que vive adentro.

Centeno vive los 90 minutos metido en el juego. Fotografía José Cordero
Centeno vive los 90 minutos metido en el juego. Fotografía José Cordero
Rara vez se le ve sentado, como en esta conversación con su asistente Andrés Arias. Fotografía Rafael Murillo
Rara vez se le ve sentado, como en esta conversación con su asistente Andrés Arias. Fotografía Rafael Murillo