Roberto García H.. 15 junio

Que se mira con los ojos del alma es más que una expresión poética en el fútbol para ciegos. Es la justa dimensión del campeonato mundial de esta disciplina que se celebra en Madrid, España, desde el 7 de junio hasta mañana domingo. Organizado por la Federación Española de Deportes para Ciegos, el torneo reviste para Costa Rica el hecho histórico de la primera participación de un país centroamericano en el mundial, del que se han realizado seis ediciones, ganadas cuatro por Brasil y dos por Argentina.

Se agrega al hito deportivo la transmisión exclusiva de la sétima edición del torneo por parte del Canal UCR, a través de su programa Nexos, con la conducción de los jóvenes María Fernanda Jiménez, Max Arce y Enrique Vega, además de la participación de Marielos Monge, profesora de Educación Física y especialista en la materia.

Tras derrotas ante Brasil (1-14), Mali (0-1) e Inglaterra (1-7), la Nacional alcanzó la victoria el jueves ante Corea del Sur (2-1). Sin embargo, sobre los resultados prevalece el valeroso afán de nuestros atletas que abrieron el camino histórico para Costa Rica, que deberá mejorar, necesariamente, en tanto progresen aquí esta modalidad futbolística y el deporte paralímpico.

Entre los implementos especiales que se utilizan en el fútbol para ciegos, como se le denomina oficialmente, destaca el balón. Lleva en su interior seis cascabeles, de manera que la pelota se vuelve un elemento auditivo que permite ser detectada por los jugadores mientras rueda en la cancha.

Oda al balón cantarín. Amarillo intenso sobre la gramilla verde, bajo el embrujo azul del cielo de Madrid. Ocho futbolistas de sangre (cuatro en cada equipo) despliegan intuición, tacto y talento en una lucha leal por embocarlo en las porterías, custodiadas por guardametas videntes. Gracias a la gentil invitación del Canal UCR, oficié de comentarista en dos de las transmisiones en vivo desde el canal universitario, donde conduje por 12 años el programa Lunes de Cinemateca.

Soy un romántico del fútbol. Escribí crónicas en este diario por tres décadas y confieso que reviví a flor de piel el placer de narrar, esta vez verbalmente, el fervor indeclinable de atletas que intuyen, con los ojos del alma, los senderos de un balón brillante y saltarín, que no cesa de cantar.