Amado Hidalgo. 5 marzo

Tenemos un fútbol bipolar. Intentamos enfrentar a los grandes adversarios de tú a tú. Pero cuando nos pasan por encima, sacamos un arsenal de justificaciones a raíz de las “enormes diferencias”.

Agrandados, nos creemos más de lo que somos. Mucho más. Ese error es perdonable a los fanáticos, pero no a los técnicos. Sin embargo, hay que meter en el mismo saco a casi todos.

No ver o no aceptar la realidad es pecado que pagamos caro. No es posible definir y ejecutar una estrategia de juego sin conocer las limitaciones del equipo. Lo contrario es sumarle puntos a la amplia ventaja del adversario.

La Concachampions se ha convertido en un dejavú para los ticos. Un año sí y otro también, nos afeitan el orgullo en las primeras de tanteo y entonces nos envolvemos con la cobija del pobrecito: “Es que tienen tanto dinero”, “sus extranjeros son buenísimos”, “nos superan en infraestructura”, etc, etc.

Todo eso ya lo sabían los técnicos antes de enfrentar a Tigres y Atlanta. Así ha sido siempre, incluso cuando Saprissa ganó el torneo y fue al Mundial de Clubes, o cuando la Liga de Óscar Ramírez arañó el pase a la final tras empatar a 4 con el Montreal Impact. ¿Y entonces?

Buenos planteamientos es lo que falta. Aunque en ellos vayan incluidos todos los autobuses de Tuasa, las busetas heredianas o la flotilla completa de Tibás. Jugar a partir de la realidad de cada equipo, de su inferioridad, tratando de limitar al rival y estrechar las diferencias con base a un trabajo táctico apropiado.

Pero no. Pregonamos la valentía como arma para derrotar al rival, el juego de tú a tú como la forma honrosa de perder, el arrojo ofensivo como el camino para sorprender al adversario. ¡Morir con las botas puestas!, dicen muchos.

Nos parece casi un acto de cobardía el juego defensivo, el bloque de retaguardia reforzado, jugando a la especulación, el contragolpe o al error del rival.

¡Que feo! Eso es sufrir 90 minutos. Lo dicen quienes cultivan la idea de que lo nuestro es el pie a pie, los 500 pases, la posesión, el chiqui chiqui. Perdemos, pero, ¡Qué lindo es perder así!

Es hora de que los técnicos se pongan serios. Que dejen de vender ilusiones rotas, apelando a las fórmulas que históricamente solo fracasos han deparado. Es momento de que vuelvan a los videos de Italia 90, Brasil 2014 y, por qué no, de Rusia 2018. Allí están las fórmulas para plantarle cara a rivales superiores, con armas inferiores. Les guste o no les guste.